Era Sábado, 6:30 pm.
La penumbra de la noche caía sobre la vieja casona de mi padre ubicada en las afueras de Guasca, Cundinamarca. Las primeras gotas de lluvia empezaban a caer estrepitosamente sobre el techo de la casa, construido de la clásica teja rojiza, ya llena de moho, mostrando el implacable paso de los años, y avecinando que se avecinaba un fuerte aguacero. Ahí en la sala, sobre la mesa de centro, la foto que me tome con mi padre hacia tres años mostraba cómo los años nos pasan factura sin excepción ninguna. Sus arrugas y su mirada de hombre longevo y enfermo me daban a entender que el tiempo pasa inmisericorde y no debemos dejar nada pendiente por hacer antes de que nos llegue la hora final.
Acababa de finalizar la conversación telefónica con Raúl, mi esposo, quien inquieto, esquivo y nervioso, me explicaba con voz dubitativa que no podía llegar esa noche a la finca por compromisos de supuesto trabajo con uno de sus clientes en Bogota. Los hombres mienten más que las mujeres, pero las mujeres mentimos mejor, dicen por ahí.
Fue ahí cuando tome la decisión. Algo que nunca había hecho en mi vida y que la foto de mi padre explicaba tácitamente que yo no debía dejarlo para último momento. Me puse de pie, notablemente molesta tirando el celular sobre la mesa y empeze a caminar lenta y coquetamente por la amplia sala en dirección hacia la cocina, sabiendo que Carlos Arturo tenía su mirada fija en mi trasero.
La corta y ajustada falda verde que ese día lucia mostraba porque a mis 35 años, aun me veía sexy, femenina y con muy buen cuerpo. Me la había puesto exclusivamente para mi esposo, para que el, esa noche, me la viera lucir con la idea de que me desnudara y me consintiera con su verga como yo mas quería. Estaríamos los dos solos, sin nuestros dos hijos y esa sala seria testigo de una deliciosa escena de sexo con Raúl. Algo que hacia tiempo no ocurría. Su llamada telefónica y esa estupida, masculina y mentirosa excusa había cambiado los planes. Mientras caminaba sentí como los ojos de Carlos Arturo no se despejaron ni un segundo del movimiento de mis nalgas y de mis descubiertas y gruesas piernas, ya que la atrevida falda me llegaba bien arriba de la rodilla.
-“Ustedes los hombres son una mierda”, dije con voz alta.
-“ja ja ja…”, soltó la carcajada Carlos poniéndose de pie y caminando justo detrás mío, muy seguramente deleitándose al ver como la coqueta y sexy falda verde destacaba unas esas firmes y amplias nalgas cundinamarquesas.
-“Y eso porque lo dices?”, pregunto el entrando conmigo a la cocina.
Lo pensé dos veces, pero después de meditarlo pensé que 15 años de fidelidad en mi matrimonio eran suficientes. Era el momento de descubrir y vivir algo diferente. Era el momento de dejar a un lado los rígidos esquemas de mi vida.
-“Raúl me dijo que no podía venir esta noche… así que me quedare solita… y yo con hartas ganitas de una calurosa compañía masculina… ja ja ja…”, respondí riéndome coquetamente volteando mi cuerpo hacia Carlos, quien con su cabeza aun agachada, atrevidamente me daba a entender que sus ojos estaban puestos en mi bien moldeado y femenino trasero.
5 segundos de duda. 5 eternos segundos para los dos. 5 segundos para evaluar si valía la pena correr el riesgo. 10 años de sana amistad como uno de los amigables vecinos de esa casona, la sonrisa nerviosa de Carlos Arturo parecía no dejarlo pronunciar esas palabras. Finalmente su ego masculino de dejo ver:
-“uyyy… como así?... usted solita esta noche?… y Claudia con esa faldita tan sexy y provocativa?.... noooo… me le ofrezco a cuidarla hasta que amanezca”, respondió el.
-“Estas seguro? Y Elvira no te va a matar apenas sepas que te vas a quedar conmigo esta noche?”, le pregunte tomando la botella de vino rojo de la nevera y caminando de regreso hacia la sala, pasando por su lado y pellizcándolo coquetamente en el brazo.
-“noooo.. mi reina…ella nunca se va a enterar de que te hice compañía toda la noche Claudita… ni tampoco de que no sentiste frío…”, dijo el.
Me reí también y sentí ese corrientazo extraño por mi cuerpo. Sorpresivamente, el me tomo del brazo derecho, detuviendo mi andar, y colocando su mano izquierda bajo mi cadera, sentí perfecto como me manoseo el trasero. Me detuve y me voltee hacia el a mirarlo. Sus brillantes y veteranos ojos me daban la razón para no detenerlo.
-“Y usted cree Claudia que un caballero la va a dejar sola esta noche con esa faldita tan rica y ese culazo tan lindo que usted tiene?, me dijo Carlos Arturo acercando sus maduros labios a los míos y regalándome ese extraño beso, mientras sus manos me acariciaban generosamente mi cadera y mis paradas y orgullosas nalgas cundinamarquesas.
5 segundos de duda. 5 eternos segundos para los dos. 5 segundos para evaluar si valía la pena correr el riesgo. 5 segundos fundidos los dos en ese beso apasionado, el cual espero 10 años. Mientras sus manos recorrían dichosas mis paradas nalgas, la sana relación de amistad como uno de los amigables vecinos de esa casona, pasaba ahora a un segundo plano.
Era Sábado, 6:40 pm.
Apenada y dudosa como típica primípara infiel, abrí mis gruesas piernas completamente, estando recostada sobre el sofá, ya completamente desnuda.
Mi corta y sexy falda verde, mi blusa blanca, mi brasier y mi coqueta tanga blanca, tiradas ahí en el piso al lado del sofá donde había sido cuidadosa y diligentemente manoseada y desnudada por Carlos Arturo hacia escasos 5 minutos, así como sus pantalones y sus calzoncillos aparecían enredados en sus pies, daban entender que los dos habíamos dado rienda suelta a un deseo reprimido por mucho tiempo.
-“ayy virgencita… miren esta belleza de chochita…”, dijo el con sus ojos saltones y brillantes, expresándome su efusivo jolgorio por ser testigo directo de tan maravilloso espectáculo.
15 años llevaba mi clítoris y mi vagina dedicados solo a la lengua y la verga de Raúl, mi esposo. Que delicia sentir que eso había cambiado. Colocando su calva cabeza en medio de mis piernas, sentí como la ásperay rugosa lengua de Carlos empezó a masajear magistralmente mi hinchado clítoris, mientras mi vagina lentamente dejaba escapar esos dulces fluidos preparándose para, después de 15 años, conocer a un nuevo invitado. Chupandome los labios vaginales y recorriendo con sus dedos deliciosamente mi tesoro, Carlos descubría ese salvaje animal oculto y escondido por 15 años en medio de mis femeninas piernas.
Que delicia yo, ahí, tirada en ese sofá con mis piernas bien abiertas y mis ojos cerrados, escuchando el fuerte golpeteo de la lluvia sobre las tejas de la casona, los truenos lejanos de una tormenta que empezaba, mientras mi clítoris y mi vagina eran conquistados por la exquisita lengua de ese arriesgado aventurero.
Era Sábado. 6:50 pm.
-“No pares... sigue así... sigue así... ayyy que ricoooooooo…”, gemí con tono fuerte gritándole a Carlos Arturo.
Por momentos el delicioso roce de la erecta y dura verga de Carlos Arturo contra mi irritado y grueso clítoris me hacia tocar el cielo. Por momentos, esa sensación maravillosa se desvanecía, cuando el torpemente seguía sacudiendo su obeso abdomen contra mis nalgas, dejando que su madura verga de hombre casado, entrara y saliera rápidamente de mi sedienta vagina de mujer insatisfecha.
Volví y abrí mis ojos y me vi de nuevo en el gigante espejo de la amplia sala de la casona. Desnuda, acomodada en cuatro y arrodillada sobre el cómodo sofá, mi rostro reflejaba una mezcla de sentimientos encontrados de pasión, erotismo, total entrega, y a la vez sed de venganza, dolor y rabia conmigo misma y con Raúl, mi esposo.
Mi voluptuoso y desnudo cuerpo estaba ligeramente recostado contra el espaldar del sofá. Mis pesados senos se sacudían a la misma velocidad que Carlos me clavaba su verga y golpeaba mis moldeadas nalgas con su abdomen de típico hombre bebedor de cerveza. Aferrada al borde del sofá, sentía como las veteranas y sudorosas de manos de Carlos Arturo estaban puestas sobre mi amplia cadera asegurándose de que su verga no se detuviera ni un segundo en su erótico recorrido en mis femeninas entrañas.
Su cuerpo, semi desnudo, se mecía fuertemente justo detrás del mío y, cadenciosamente, se escuchaban en la sala, como trino de pasión, mis quejidos y los suyos. Yo, expresándole lo rico de sentir su duro y masculino miembro sacudiéndose adentro de mi vagina, y el, expresándome lo bien que se sentía taladrando con su dura verga mi tesoro, después de tanto tiempo deseando hacerlo.
Finalmente empecé a sentir los primeros corrientazos y espasmos de ese bien necesitado y ansiado orgasmo. Lento y deseado, recorrió mi cuerpo de punta a punta. Parecía que el tiempo se hubiese detenido para mi y las pulsaciones de mi corazón estuvieran en mi vagina. Me sentí flotar, me sentí tocar el cielo y así lo grite y le di gracias al Todopoderoso por tener en ese instante la exquisita verga de un hombre machacando sin compasión mi tesoro, mientras yo llegaba a ese glorioso éxtasis del orgasmo.
-“ayyyy.. Diooooooooooossssssss…..”, gemí a todo pulmón con rabia y deseo desbordado.
Deliciosamente sincronizados, como si fuéramos un par de veteranos amantes, la verga de Carlos Arturo no pudo contenerse mas, y el, pronunciando dificultosamente mi nombre, así me lo hacia saber:
-“Claudia... Claudia… me vengo….me ven… erggghhh jueputaaaaaa…”.
Como si le hubieran puesto una plancha hirviente en su desnuda y sudorosa espalda, el grito desmesurado de Carlos se dejo escuchar en la vieja casona:
-“arggggggghhhhhhhhhhh……..”.
Sentí un poco de obvia frustración femenina por ver que Carlos Arturo dejaba que su verga explotara por primera vez en mis entrañas cuando tan solo llevaba 5 minutos taladrándome deliciosamente su miembro en mi sexo. Pero me causaba mucha emoción escuchar al mismísimo vecino, como me hacia saber lo que el sentía cuando su verga sin condón reventaba como un volcán de masculino deseo por primera vez enterrada en la estrecha vagina de la amigable esposa de Raúl, su amigo.
Cerré mis ojos y solo me concentre en apretar los músculos de mi vagina. Mientras Carlos Arturo gemía de lo lindo y gritaba sin pena ni vergüenza su efusivo y masculino orgasmo, yo deje que mi cuerpo se recostara un poco mas sobre el espaldar del sofá. Los agitados y rápidos movimientos musculares de el, sacudiéndome su miembro sin cansancio, fueron reemplazados por lentos y cadenciosos movimientos pélvicos, al mismo tiempo que su respiración entrecortada la sentía yo en mi espalda.
Que delicia escuchar quejarse a ese maduro hombre de 45 años de edad, en esos 60 eternos y maravillosos segundos mientras el disfrutaba de su masculino clímax y su erecta y dura verga escupía sin piedad ni compasión 10 años de masculino deseo no complacido.
Que delicia sentir esa sensación de intenso ardor y luego ese espasmico calor que su leche, espesa e hirviente, emanaba como un volcán de pasión, quemando las paredes de mi estrecho sexo.
Que delicia sentir como su dura verga inundaba con su caliente y envejecido esperma, mi tesoro de mujer insatisfecha.
Que delicia sentir como su abdomen tenia esas contracciones espasmicas y su maduro cuerpo difícilmente podía sostenerse de pie, detrás mío, mientras todas sus energías parecían estar concentradas en sus dos pesadas, velludas y arrugadas guevas, mientras ellas bombeaban cadenciosas y con dificultad una voluminosa carga de viscosa y madura leche en la profundidad de mis femeninas entrañas.
Y ahí, en la sala de la casona de mi padre, esa tarde de Sábado, Carlos Arturo, el vecino amigo de Raúl, con su madura verga enterrada en lo profundo de mi sexo, me expresaba con sus veteranos gritos lo bien que se sentía al disfrutar ese inmaculado momento por el cual había soñado en los pasados 10 años.
Pasaron esos 60 segundos, raudos y silenciosos, donde solo se escuchaban sus gemidos y los míos. Cada uno disfrutándolo a su manera. Yo, a mis aun juveniles 35 años, encantada de escuchar a Carlos Arturo, quejándose y glorificándose de tener su verga sin condón enterrada en mis entrañas de mujer, y de paso, sacándome ‘la tusa’ por la mentira y engaño de Raúl. Y que mejor forma, que dejándome consentir de un hombre que harto me deseara. Y el, a sus maduros 45 años, con su rostro empapado en sudor, su respiración entrecortada por la intensa satisfacción del momento, y sus manos firmemente aferradas a mi gruesa cadera como para asegurarse que los 17 o 18 cm de su envejecida y veterana verga, no se salieran ni un segundo del fondo de mi vagina mientras seguía vomitando su carga de lujuria y pasión desenfrenada.
Finalmente, su rostro, transformado por el momento de su increíble orgasmo, volvió a la normalidad, esa vez, dejando abrir sus ojos, como para ver si eso no era mas que un sueño.
Con mi mirada fija a través de ese cómplice espejo, vi de nuevo como Carlos Arturo bajo su cabeza hacia mi cadera, asegurándose que toda su verga estaba enterrada en mi sexo. Por ultimo, un corto espasmo y un nuevo gemido suyo me dieron a indicar que las ultimas gotas de su veterana leche aun eran vertidas en el fondo de mi estrecho tesoro.
Levantando su cabeza de nuevo, y viendo como yo lo observaba por el espejo, el me dijo lo que nunca en 10 años de sana amistad me había dicho:
-“Uyyy Claudia… que derramada tan rica la que me pegue en su chochita… que delicia venírsele alla adentrito... ese Raúl es mucho marica por dejarla a usted solita… con ese culito tan divino el suyo no se imagina cuanto tiempo llevaba yo soñando con este momento…”, dijo el con voz entrecortada por su excitación.
No me equivocaba. El me confirmaba que realmente esos cortos, pero bien estimulantes 20 min de sexo habían sido de su plena satisfacción.
Yo me sentía super-mojada. Sentir como la fresca y caliente miel de un hombre llenaba mi sediento tesoro era algo especial.
Que delicia saber que esa afortunada verga esa tarde era la de Carlos Arturo, mi vecino.
15 años después cerraba la pagina de la mujer fiel e infeliz. Ahora, a partir de esa noche era felizmente infiel, al fin y al cabo.








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1 comentario
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login EntrarQue delicia de relato, te imagine cada segundo de lectura.