LA HISTORIA DE UN CONSUMADO MASOQUISTA
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 7 min de lectura calendar_today Mayo de 2014

LA HISTORIA DE UN CONSUMADO MASOQUISTA

Luego de cuatro años de maravilloso noviazgo, finalmente me decidí a proponerle matrimonio a Susana. No podía correr el riesgo de perderla, y sentí que me estaba demorando demasiado en sentar cabeza. No encontraría sin duda mujer más joven y bonita que ella, y definitivamente estaba....

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Luego de cuatro años de maravilloso noviazgo, finalmente me decidí a proponerle matrimonio a Susana. No podía correr el riesgo de perderla, y sentí que me estaba demorando demasiado en sentar cabeza. No encontraría sin duda mujer más joven y bonita que ella, y definitivamente estaba perdidamente enamorado de ella.

Como cualquier pareja en vísperas de casarse, tanto a ella como a mí nos invadía esa extraña mezcla de ansiedad y gozo por lo que sería el resto de nuestros días. Faltaban pocas semanas para el acontecimiento y aunque no podía ser el hombre más feliz del mundo, un pensamiento sombrío empezó a llenarme de dudas sobre el futuro que me esperaba al lado de mi hermosa prometida.

Ella, veintitrés años, complexión delgada y piel trigueña, todavía provista de la inquietante apariencia de colegiala, culminó sus estudios universitarios con gran éxito en medio de sus contemporáneos quienes no lograban comprender qué había visto ella en mí, un profesional en su etapa de madurez y sin el suficiente atractivo físico que suele ser altamente apreciado por la juventud.

En efecto, frisaba yo los cuarenta, y aunque la diferencia de edades no era en exceso notoria pues debo decir sin falsa modestia que me había conservado bien, había un tema que no dejaba de preocuparme: mi desempeño en la intimidad.

Con los años se pierde parte del firme desempeño en la cama, o por lo menos es notable una disminución en cuanto a la frecuencia con que se puede consumar el acto, aspecto que me atormentaba con cada día que se acercaba nuestro matrimonio.

Sumado a lo anterior, era evidente que Susana no había tenido muchos novios durante su adolescencia, y lo que era todavía más perturbador para mí es que perdió la virginidad conmigo casi tres años después de que había empezado nuestra relación. Su candidez y pudor durante nuestros sosegados y más o menos espaciados encuentros sexuales, eran la señal inequívoca de su falta de experiencia, y la confirmación de que no conocía carnalmente a otro varón.

Como una joven reservada y discreta, no frecuentaba bares ni discotecas por extraño que parezca, y su círculo de amigas íntimas lo conformaba su hermana menor y una prima de su edad, querendona pero bastante protectora. Era la más ferviente opositora de nuestra relación y no ocultaba su escepticismo sobre el hecho que una pareja como nosotros realmente funcione. Los papás de Susana habían fallecido prematuramente en un accidente así que la prima Diana era lo más cercano a una hermana mayor así que se entendía que yo no le cayera bien.

Y no porque este servidor fuera un mal sujeto: tenía un buen empleo, practicaba ciclismo con alguna frecuencia y lo más importante: no había otro hombre en el mundo que adorara más a su novia como yo lo hacía, todas mis atenciones a ella y solo a ella se las prodigaba sin medida, casi como un enajenado.

Pero los mordaces comentarios de Diana, bromas de mis amigos y un detenido examen de la situación, hicieron que el diablo entrara en mi cabeza y contemplara la posibilidad de que las cosas no marchen bien con la que sería mi esposa en un corto plazo, y terminemos divorciados antes de poder tener un hijo.

Una idea demente, un razonamiento extravagante, un insólito juicio me llevaron a la conclusión de que era necesario que antes de dar un paso tan definitivo como el casorio, mi futura consorte experimentara una única y última vez lo que se siente ser deseada y poseída por hombre distinto de su enamorado.

Matar la curiosidad, permitirle explorar otro cuerpo antes de ella entregarme el suyo para siempre, se me antojaron como el mejor antídoto de una futura infidelidad. El ser cómplices de un acto tan pagano, tan sórdido, nos daría la fuerza para alejar cualquier asomo de duda frente al gran paso que estábamos a punto de dar, además de ofrecernos el chance de compartir una confianza entre nosotros francamente difícil de encontrar en otra relación.

Clavado en mi mente ese absurdo pensamiento, y cegado por una mezcla rara de celos, temor y a la vez una masoquista emoción, empecé a buscar el momento más oportuno para compartir con Susana esa aventura consentida.

ACTO SEGUNDO

El primer y más grande problema fue plantearle a mi prometida este pensamiento, sin que intuya que se trata de una argucia o alguna clase de prueba para validar la seguridad de nuestra relación. Por eso debía ser muy delicado y encontrar el momento más acertado para abordarla.

Sucedió durante un fin de semana. Salimos a un lugar de veraneo cerca de la ciudad, y luego de una estupenda cena y el mejor vino que pude encontrar, inicié una conversación franca sobre mis expectativas frente al matrimonio, y gracias al muy favorable ambiente ella también se sintió libre de expresar sus dudas, ilusiones y planes concretos para ambos. Los dos coincidimos que nuestra diferencia de edades seguiría siendo objeto de varios cuestionamientos de ciertos amigos y familiares, pero los dos concluimos que tales dudas no alcanzaban para disuadirnos de nuestro propósito. Por ese lado no había mucha posibilidad de un descalabro en la relación.

Poco a poco nos deslizamos a temas mucho más delicados hasta llegar al temido momento de hablar de temas de alcoba. Con sorprendente pericia pude llevarla a dos conclusiones que parecían razonables, sobre todo porque en verdad que son ciertas: tarde o temprano ella llegaría a sentirse atraída por otro hombre quizás más joven, quizás más guapo. Es un hecho indiscutiblemente verídico porque es parte de la naturaleza del ser humano, sin importar el género. El segundo y más crucial remate de este raciocinio, era que cuando llegue ese momento inevitable de tentación, solo hay dos posibles desenlaces: ceder para matar la curiosidad, o bien resistir el impulso y quizás lidiar el resto de la vida con la gigantesca pregunta de "¿qué habría ocurrido si...?"

Por su puesto que sin el menor titubeo, ella aseveró que jamás pondría en peligro nuestro vínculo por una simple aventura, y llegó al límite del enojo cuando sugerí que era natural que no contemple en ese momento la segunda alternativa, pero que transcurridos diez o quince años después de nuestro enlace, pensaría dos y tres veces en ello cuando hipotético se materialice.

Luego que aceptó mi planteamiento con infinito esfuerzo, sentí que había llegado la hora de ofrecerle mi retorcida solución a esta aparente paradoja. Con todo el ingenio del que pude hacer gala, y empleando mis más incuestionables lógica y verbo, le hice comprender que esto no era tanto por ella sino por mí. Que era cien veces mejor lidiar con esta bomba de tiempo antes de casarnos, que después, cuando yo fuera más viejo y ella aún lo suficientemente joven y atractiva como para enfrentar las tentaciones de la carne. Si ella se rendía, solo cosas malas seguirían. Pérdida de la confianza, merma de autoestima, abandono del hogar con la consecuencia más temible para mí: que ella a diferencia mía, podía rehacer su vida sin dificultad.

Hablamos hasta el cansancio de esto, fue toda una montaña rusa de emociones que pasaron por las estaciones de la incredulidad, el asombro, la desesperación, la confusión, el dolor, y luego el llanto conmovedor de ella. Cuando Andrea rompió en sollozos pensé que me había equivocado, que la había perdido, y que toda esta enajenada idea me había costado el amor ella.

No estaba seguro si fue mi verborrea, o si solo lo hacía para seguirme. Lo increíble sucedió entonces. Luego de un silencio casi eterno, y apaciguados los ánimos, contra todo pronóstico parece que logré que viera las cosas desde mi alocado punto de vista, y supe que la había convencido que esto que le pedía que hiciera, era una forma de mostrarle que la amaba tanto como para poner semejante prueba de fuego antes de la unión -hasta que la muerte nos separe-, en lugar de dejar que sea el destino y el implacable paso del tiempo, los que terminen aplastándonos con el fantasma que moraba en mi afiebrada cabezota.

Vencida mentalmente, e incapaz de resistirse más, dejó en mis manos los detalles de este inaudito proyecto no sin antes advertirme que lo haría únicamente por mí. Para complacerme. Estaba totalmente desconcertada y me suplicó que meditara cuidadosamente todo esto, con la esperanza de que yo reaccione a tiempo. Me dijo con lágrimas en los ojos, que esperaría hasta el último momento con la ilusión de que la releve de tamaña prueba, porque me amaba demasiado.

"Esta es la verdadera prueba de amor", le contesté. Y luego rematé añadiendo:

-"Entregar tu cuerpo al que amas, aunque hermoso, no es el mayor de los sacrificios... Pero ofrecerlo a otro por amor a tu pareja, eso sí que es un desafío a la cordura. Eso en verdad que pone a prueba la relación, pues bien sabes que el amor verdadero es la más insana de las locuras. Luego, si me amas tanto como para entregarte a alguien más joven y posiblemente mejor, y a pesar de eso regresas a mí, entonces sabré que nuestra relación va a perdurar no importa quién se interponga."

Con ese falaz discurso, ya estaba decidido. Solo era cuestión de con quién, cuándo y dónde.

_______________________________________________

* Si no abuso de su amabilidad, y le interesa saber cómo prosigue este mórbido relato, basta con copiar y pegar en su navegador este enlace:

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— demolitionman

5 de mayo de 2014

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demolitionman

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Soy hombre heterosexual

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