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Relatos y Experiencias

Y bien, llegaba la hora del encuentro, nada raro, una noche fría y hermosa, algo de protocolo para que ella saliera de casa bien vista, un saludo profundo y algo adelantado a lo que se venía esa noche… Caminaron un rato, platicaron del lugar en el cual iban a conocer el animal que despertaron mediante conversaciones, pero ¿qué iban a obtener? Al menos ella se lo preguntaba cada minuto que pasaba junto a él en las frías calles de la cuidad; lo que sabían ambos ya era claro, cosas en común tales como la pasión de escribir, el peligro, el sexo la adrenalina, la vida al extremo, y también diferencias que no importaron mucho, él llevaba una vida a su gusto, con un estado físico casi perfecto de ejercitarse con su amada bicicleta que lo seguía a todos lados y ella, siempre cansada de sólo caminar por las calles buscando algún tipo de satisfacción en el desorden. Y al fin estaban allí esperando con ansias el lugar que les mostrarían para hacer de las suyas, pero antes, antes había que caminar un poco más, había que empaparse de la lluvia que no lograba enfriar el deseo entre ellos, había que sentarse en una calle solitaria y darse unas buenas fumadas, pobre chica, tan desordenada y confiada de la vida, y él, un simple desconocido que cumplía sus caprichos con sólo una mirada; ya la noche se iba consumiendo igual que su buen porro, así que volvieron a ese lugar clandestino y nuevo para ambos, entraron, observaron un espejo grande y bien puesto en la pared, observaron la cama con poco detalle, pues no les importó nada más que besarse, mirarse, desvestirse de una sola vez, ¿era lo que querían, no? Pues él empezó con el juego, hizo de ella lo que quería, tal vez más, tal vez menos, pero se rendía ante su figura y ella con tantas ganas de dejarse disfrutar no podía olvidar su papel, no podía dejar de ser ella, no podía ser dominada así que luchaba con las pocas fuerzas que el insomnio le había dejado, pudo hacer de ese extraño lo que quiso, pudo mirarlo como ella quería, desnudo de mente, abierto de alma, excitado, casi que sufriendo ante el momento. Ella, ella sabía que lo tenía, más se dejaba por momentos caer en el deseo, en el hambre con la que él, convertido en todo menos hombre, le besaba todo su cuerpo, le tocaba con maldad, con fuerza, la miraba con algo de ternura atrapado en su mente, en la mente de esa desconocida que no podía creer tener en sus garras, tenerla desnuda, tenerla rendida en la cama. La lluvia era el perfecto acompañante, la luz no se vio, el espejo nos envidiaba, pero éramos nosotros quienes seguíamos luchando, entre palabras entrecortadas y miradas vagas de la fatiga; él quien estaba lleno de energía, lleno de hambre, quien quería comerla de pies a cabeza la tuvo allí, rendida de cansancio, en sus brazos ¡maldita sea! En sus brazos… Ella no podía perder su papel, no podía dejar de ser quien era, pero se sintió tan única de cierta manera descansando en su brazo, que no tuvo más remedio que dejarse observar unos instantes, grave error señorita, jamás se puede dejar ver extasiada, es casi un delito causar tanto placer, y lo digo para aquellos que saben el placer de contemplar una mirada, un sueño, una fatiga… ¡Qué más da! Ya todo valía mierda, no quedaba más que un vacío lleno de cansancio y muchas dudas en la cabeza de esta chica caótica, pero en él, ¿qué había en él? Él sólo sabía hacerla sentir bien, sólo sabía complacerla, sólo sabía atenderla… con besos cálidos y manos firmes pudo convencerla de ir a la ducha, no sin antes tenerla suplicando por algo de agua, como siempre le sucedía, era todo menos agua. Así que entraron en la ducha, con tan sólo manillas y los lentes de ella, que por cierto siempre le dan ese toque propio, ¿qué sentían? Seguro no era frío, ni tampoco tristeza, seguramente sentían deseos, sentían cansancio pero ganas de más, en el baño él fue quien ganó, fue quien pudo hacer de ella lo que quiso, pues ella disfrutaba el agua que bajaba por todo su cuerpo, ¿a la mierda el cabello? Sí! Despéinate, relájate; buenos consejos de su desconocido hambriento… ¿Qué seguía? Cuando ya ella a duras penas si podía caminar desnuda en la habitación, y empapada, estaba empapada completamente, pero él no pensaba dejarla tullir de frío ni envolverse en una toalla, así que le abrazó muy calurosamente, tanto que ni el frío del agua se sentía, y se lanzó a la cama junto a ella, besándola y cuidándola tanto que ambos se secaron en el otro,  él sin duda se aprovechó de su cansancio, pudo hasta vengarse todo lo que quiso, pero el punto está en que la disfrutó sin molestarla, sin obligarla, sin fastidiarla, al contrario, la tenía tan bien que ella ni quería irse de su lado, otro grave error que cometía, pues no debía quedarse con él, no podía entregarle más, le daba sólo lo justo, lo que debía entregarle… Pero no es fácil con alguien que jamás te impuso límites, con alguien que tiene casi el mismo descontrol mental, no fue nada fácil para ella escuchar sus palabras y quedarse sólo mirándole, sin decirle una sola palabra, dejarlo con la intriga, tal vez con decepción, pero eso sí, lo había dejado con el doble de deseos que antes y algo extraño sucedió después de algunas preguntas, él quien la desvistió con una sola pasada, paso a paso la vistió de nuevo con mucha calma y con besos suaves, cosa que introducía a la noche algo de sentimiento que no debían si quiera sentir… Ay mujer, no tenía más que hacer, sino marchar del lugar, pero antes debía dejarle claro una vez más a quién había conocido, a quién había despertado y a quien había invitado a ese cuarto, lo tomó de sorpresa y en un beso lleno de éxtasis le expresó el gusto que había sido conocerlo y lo miró por última vez pudiendo confirmar que jamás se arrepentiría de nada de lo que hizo, y así se les fue la noche, en mordidas, caricias, palmadas llenas de placer, besos secos, llenos de ganas de vivir, joven, joven  al fin se le pudo presentar a su dama, casi que rendido a sus pies y ella, con la mente vuelta mierda, pudo dejarle claro que jamás podría olvidar su nombre.


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