Hasta el momento he disfrutado de muchos actos de diversa índole en este delicioso mundo de los intercambios, donde he probado de todo: mujeres excitantes que dan sus vidas por pegar sus bocas a una o más vergas o para saborear una exquisita vulva; damas que disfrutan de la doble penetración anal-vaginal y de la doble penetración vaginal; aquellas que adoran que las penetren analmente y les inunden el culo de espesa leche; otras que prefieren la miné o el 69; quienes se dejan meter el dedo o los dedos en el culo, gustan de los aparatos (bolas chinas, consoladores, esposas), mujeres que se excitan orinándose en la boca de su amante o lo hacen mientras una dura verga las invade; voyeuristas, exhibicionistas, fetichistas, sádicas, masoquistas, quienes se masturban a través del sexo telefónico, en fin, una amplia gama de "gatitas" calientes, mujeres con una vida social y familiar normal, con trabajos como los de cualquiera de nosotros, a quienes sus maridos, novios o amantes satisfacen y complacen a la hora de cumplir las más intensas fantasías.
Ya les había contado que mi primera experiencia de este tipo fue con una pareja de Palmira a quienes llamé Cristina y Libardo. Siempre se ponen nombres ficticios para proteger a las damas o parejas. Ella había puesto un aviso en una revista porno donde se declaraba una mujer ardiente, madura, con buen ano y buenas tetas, dispuesta a satisfacer a uno o varios hombres y a que éstos también la satisfacieran. Y ese primer trío resultó muy satisfactorio. Ella, una dama de más de 30 años, de estatura mediana, voluptuosa, de piel clara, con el cabello algo ensortijado recogido, agradable, esta vez portaba una blusa transparente de color rosado que dejaba ver sus enormes tetas, las cuales terminaban en unos hermosos pezones oscuros y largos, que llamaban a ser lamidos y mordisqueados; abajo, la cubría una lycra que resaltaba sus formas, insinuándose espectacular el triángulo de amor que me esperaba, y unas nalgas grandes y sugerentes. Calzaba unas sandalias.
Amablemente me invitó a entrar. Me estampó un beso rico, con lengua incluida. Y me preguntó al oído si venía preparado. Era de noche. La tomé entre mis brazos y le dije que lo ansiaba mucho, que la primera vez me había fascinado. Ella sonrió, tomó mi mano y se dirigió a la sala, bamboleando ese hermoso culo, provocando todos mis sentidos. La casa era muy grande y espaciosa. Ella, coqueta, se sentó en uno de los sofás pequeños y yo en el grande, quedando frente a frente. Le pregunté por Libardo y ella me dijo: "no se encuentra esta vez, de pronto en el transcurso llega, no te preocupes". Acto seguido, se acercó y ofreció sus brazos y los enrolló a los míos y pasó sus labios provocativos, sin maquillaje, por los míos, yo la tomé y la besé larga y apasionadamente. Nuestras lenguas se juntaron, mientras mis manos inquietas hurgaban bajo su blusa para acariciar sus tetas y bajaban morbosas buscando su cuca, que se adivinaba preciosa bajo su lycra. Mi verga creció de repente, se puso como un mástil. Ella la sintió y la acarició por encima del pantalón. Posteriormente, se quitó rápidamente la blusa y saltaron sus hermosas tetas. Yo las junté y pasé mi devoradora lengua por una y otra, alternadamente, mientras ella entrecerraba los ojos y musitaba: "riiicooo". Me tomé mi tiempo. Para un hombre es maravilloso sentir bajo sus labios la dulzura de unos senos bellos y unos pezones exquisitos. Y sobre todo, si la dueña de tan provocativos encantos disfruta la caricia.
Luego, ella comenzó a buscar mi bragueta. Abrió la cremallera y saltó mi verga, enhiesta como un poste. Ella lo tomó entre sus manos, la acarició, pasó su lengua por sus labios, relamiéndose, se arrodilló en la alfombra, entre mis piernas, bajó mis pantalones, yo me quité rápidamente la camisa y su suave boca comenzó a succionar, reteniéndola por un tiempo dentro con lo que lograba que yo convulsionara como un poseso. Luego la sacaba, recorría con su lengua todo el palo desde los huevos hasta la cabeza, dejando en su recorrido un hilillo de saliva cremosa y al llegar al glande, lo besaba, lo relamía todo, recorriendo todo su diámetro y volvía a chupar, manteniendo los ojos entrecerrados. Se notaba que lo disfrutaba verdaderamente. Yo retenía su cabeza y la obligaba a chupar y chupar, me sentía en las nubes. Esa mamada larga y profunda nos calentó enormemente.
En una pausa suya para tomar aliento, aproveché para bajarle la lycra, comprobando son sorpresa que no tenía pantys. A mi disposición quedaron su chocha profundísima y sus enormes nalgas. La senté en el sofá, le abrí las piernas, le besé los pies, sus dedos finos y arreglados; ella tiró su cuerpo hacia atrás. Mi lengua se dirigió hacia tan preciado tesoro. Primero la olí, embriagándome con su esencia. Luego la invadí con mis dedos, hurgando su humedad y por fin, mi lengua se posó en tan exquisito manjar. Ella lanzaba gemidos de placer que se confundían con el sonido que provocaba mi lengua golosa sobre su clíctoris erecto o sobre sus labios rosaditos o dentro de su vulva rasurada y con el sonido de mis dedos intrusos al entrar y salir rápidamente de su encharcada raja. Ella se revolcaba de goce. Luego de un tiempo prudente durante el cual le brindé el más delicioso arte del cunnilinguis, la puse en cuatro, de rodillas sobre el mismo sofá, abrí sus nalgas, las acaricié, las besé y palmotee y descubrí su ojete del culo. Se adivinaba un culito estrecho pero experto. Sin pensarlo lo sobé, y metí mi lengua morbosa en él, haciendo círculos, sacándola, oliéndolo, volviéndola a meter, besando y mordisqueando sus nalgas e introduciendo, por fin, un inquieto dedo en su chiquito y tres dedos en su enlagunado chocho. Era frenético: lengua y dedo en el culo y dedos en la concha, entrando y saliendo al unísono. Ella sólo atinaba a decir: "Oh, esa lengua en el culo, oh esa rica lengua en el culo", en una interminable letanía que me animaba a saborear aún más su estrechez y a pasar con frecuencia a su crica palpitante y húmeda, para hacerla sentir las delicias del sexo oral. En ese vaivén obtuvo un estridente orgasmo. Al acabar me dijo: "ufff, malparido, qué rico me la sacaste, ufffff".
Después de alcanzar el orgasmo, me pidió que la penetrara: "vamos, quiero esa cosa aquí en mi cosita". Yo me recosté bocarriba, me puse el condón y ella se montó sobre mí de un solo tirón. Mi mandarria la desgarró, sus húmedas paredes vaginales se iban dilatando al paso del intruso. Ella cerró los ojos, buscó ávida mi lengua, entrelazando la suya, mis manos acariciaban sus nalgas y las palmeaban. Luego le apretujé las tetas y se las besé. Eran un manjar. Ella comenzó a girar sus caderas y pelvis en una danza frenética y sensual. Me decía: "que rico pichas amor, quiero más, dame más, dame duro, así, así, así, que ricoooo, uummm". El meneo duró un buen rato. De pronto me dijo: "quiero que me des por el culo". Yo afirmé morboso. Se incorporó, se puso en cuatro, irguiendo su precioso trasero y me ofreció sugerente su orificio, aquel que mi lengua y mi dedo ya habían mancillado. Sin saliva, sin ninguna crema o aceite, a palo seco, le introduje mi verga en su ano pecador. Ella se estremeció, dobló la cabeza hacia abajo, luego giró su rostro hacia mí. Este expresaba una mezcla infinita de dolor y placer, su boca entreabierta. Resistió mis embates, que se hicieron más fuertes en la medida que sentía mi corrida.
En un momento sentí que toda la leche que tenía se venía a borbotones. Me vine en ese culo precioso y arrecho que supuse, con morbo, muchos hombres al verlo contonearse en la calle, desearían poseer. Y en esos momentos había sido todo mío. Mis manos lo habían acariciado, mis dedos lo habían penetrado, mi lengua lo había succionado y mi verga lo había humillado, partiéndolo en dos e inundándolo de espesa y jugosa leche. Estuve unos segundos más, acabando, parecía que no iba a tener fin mi venida, me estremecí todo. Ella satisfecha, se incorporó, buscó mi boca, la besó; después dirigió una caricia hacia mi tolete que estaba abandonando su erección y salió. Yo reposé un rato, sonriendo y pensando en la soberbia cogida de culo y cuca que le había brindado a Cristina.
Luego regresó, se había puesto un pijama. Y comentó pícaramente: “Eres un minetero de primera”. Me besó agradecida y dijo: “No llegó temprano mi marido, se perdió la culeada”. Y dijo, “Libardo te llamará la próxima semana, vamos a hacer un trío. ¿Te gustaría?” Le dije que sí y nos despedimos. Desde ese momento, sólo ansiaba que volviese a ser llamado para el placer!








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