Después de media hora de intercambiar con él miradas desde el balcón de mi piso, me decido. Corro a mi habitación, guardo las cosas de Sergio, organizo un poco y coloco un poco de música. Es sábado en la mañana, los sábados no trabajo, mi esposo sí y el obrero que ha respondido a mis miradas lascivas está tan bueno que lo único que quiero ahora es que me penetre. Ha estado subiendo materiales o partes de cosas al apartamento del tercer piso al que están remodelando. Así que, cada tanto suben y pasan por mi puerta y yo lo atisbo por el ojo mágico. Sus brazos fuertes, musculosos y velludos están sosteniendo con mucha fuerza una caja de baldozas. Su jean apretado deja ver un culo bien trabajado, duro, redondo. Por momentos me vuelvo loca cuando me dirige una mirada desde la calle cuando ha salido por más cosas. Él sabe que lo deseo. Tiene un amigo, con el que habla mucho. Al contratio que él, este es blanco, mono, oji claro, buen cuerpo, también aguanta. Pero el que me ha contestado la mirada ha sido Mario, de piel trigeña, risos negros y labios gruesos. Cuando sé que suben otra vez, abro mi puerta y lo espero. Tengo un short y una camiseta. Se sorprende, intercambia mirada con su amigo, yo le sonrío y le llamo con un dedo. Su amigo ríe, le dice algo al oído y le recibe una herramienta. Adentro, le quito la timidez con un beso profundo que me descubre el sabor de su boca. Sus manos no están muy limpias pero no me importa, al contrario, me exita. Son suaves y grandes suben por mi espalda debajo de mi camiseta y hace que se me erice la piel. Su olor me embriaga y solo deseo que me haga suya. Me separo de él y le ordeno que se desnude frente a mí. Lo hace sin atisbo de duda. Su camiseta sudada vuela por la sala, sus jeans bajan hasta la rodilla y yo solo veo un enorme bulto en unos bóxer negros que parecen que van a reventar. Al final, un enorme falo, recto, venoso, grueso apunta a mi cara. Es el pene más grande que me he comido en la vida, y son muchos los que me he comido, pero ninguno como ese. Estoy asustada, un poco, solo ruego que sea delicado porque no pienso echarme para atrás. Lo huelo y luego lo saboreo. Le doy un oral como si fuera el último. El placer de sentir un verga en la boca es único. Sentirla gruesa, trémula, palpitante, húmeda, saborear sus jugos, sentir al hombre detrás de semejante trozo de carne. No les miento, la más grande. Siento sus nalgas duras, sus piernas duras y velludas, sus guevas grandes, colgando, todo con mis manos que pasan de un lado a otro de su cuerpo mientras mi boca recorre su virilidad oscura, más oscura que el resto de su cuerpo. La piel de su prepucio es excepcionalmente gruesa. Por momentos con mi mano, muevo la piel de su verga para cubrir su glande y la piel gruesa que sobra, la beso, la chupo y la mordisqueo como si fueran unos labios carnosos. Sergio la tiene grande pero la de Mario es dos veces la de mi esposo, cuándo se lo cuente no me lo va a creer. Me levanta de los brazos y su lengua recorre toda mi boca, casi hasta mi garganta; mi boca sabe a su pene y parece que eso le gusta. Llazo completamente desnuda sobre mi cama. Estoy tan mojada que la sábana ya está húmeda. Mario me toma de las piernas, me hala al borde de la cama y se arrodilla junto a mi concha. Lo que me hace con la boca solo es descriptuble por las ráfagas de placer que recorren mis múslos hasta la punta de mis pies. Gimo a los gritos y el vecino del primero sabrá que no es por mi marido. No me importa, quizá así empiece a dedicarme miradas menos corteses y educadas. También está como quiere. Mientras Mario juega con su lengua y sus labios en mi vagina de manera frenética, pienso en muchos hombres. En algunos que ya han estado en el lugar donde Mario está ahora y en otros que me gustaría que pasaran por ahí. Pienso en Sergio, en un amigo suyo que llevó al apto donde estuvimos los tres. Pienso en Mauricio el gerente de mi empresa. En mi instructor del gimnasio. En el vecino del primero y el amigo de Mario. Me vengo. Me vengo. Me vengo. Mario se limpia la cara y no me da tregua aunque me penetra muy despacio. Es conciente de sus dimensiones. Mis labios abrazan toda la gordura de su pene y mi cuerpo tiembla. Duele, pero solo un momento. Está dentro de mí pero espera a que me acostumbre a su grandeza. Acaricia mis senos y pellizca mis pezones suavemente mientras me dedica una mirada profunda, tan profunda como el falo que llevo dentro. Me siento literalmente llena, como la vez que Sergio y su amigo me hicieron una doble. Más aún. Mario es verdaderamente grande. Me embistió. Me dio como si me fuera a partir en dos. Su pene delicioso en mí. Sus músculos tensionados. Su pecho. Todo, todo me gustó de Mario. Hasta la manera en que se vino. Gimió tanto o más que yo. Un hombre que gime de placer es música para mis oídos. Antes de cerrar la puerta tras de él le dije: "Dile a tu amigo que si se anima, aquí estaré, esperándolo". Se quedó mirándome fijamente a los ojos. No dijo nada. Ninguna expresión. Me dio un último beso y me acarició una teta. A los diez minutos, tocaban mi puerta.

Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 5 min de lectura calendar_today Julio de 2015
DE OBREROS DOTADOS Y OTRAS INFIDELIDADES
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login Entrarufffffffffffff, delicioso, continua con los hechos posteriores