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Relatos y Experiencias

Delicioso Sacrilegio: Sexo En La Primera Cita

Culparía a la cerveza. Diría que fue cuestión de tragos y que, siguiendo el reguetón más barato ‘borré casette’. Afirmaría, con las mejillas sonrojadas, que me siento avergonzada por lo que hice y que nunca jamás lo repetiría. Podría decir también que me siento mal por ello… que siento culpa… pero no me gusta la mentira. Quizás de todas esas palabritas clichesudas que dicen las ‘niñas bien’ para no sentirse invadidas por la carne y las ganas y la vida, sólo hay una cierta: jamás lo había hecho.

Soy una convencida de la liberación femenina, de la igualdad de género y me jacto de ello. Pago la cuenta, doy la silla, invito a salir, tiro los perros y, si le tengo ganas a alguien y él también quiere, pues ¿para qué le ponemos misterio?

Creo que ese cuento de la princesa en peligro, del hombre proveedor y de la doncella frágil jamás me lo comí y, es posible, que jamás me lo contaran. En mi vida, mi cuerpo y mi cama (con deliciosas excepciones) mando yo. Solo yo.

Era la primera vez que salíamos, nos habíamos conocido una o dos semanas antes en un evento. Es de ese tipo de personas que no te hacen ‘click’ en los ojos, sino en el cerebro… esos que generan orgasmos intelectuales mientras hablan de cualquier cosa que les parece sencilla. Y a mí me gustó eso… percibir un cerebro detrás de esos maravillosos pectorales y esos brazos anchos y fuertes.

Era rudo, varonil y cargado de testosterona: una delicia al paladar de las niñas que, como yo, se disfrazan de princesa mientras encuentran con quien jugar a la puta (o a la profe ¿por qué no?).

Esa noche me divertí. Me causó más ternura que miedo y eso me gustó. Me hizo reir con ocurrencias sencillas y disfruté el tiempo con él. Me gustó la comida, la cerveza, la otra cerveza y… ¿la otra cerveza? Tenía ganas de verlo y por eso no discutí mucho con mi ‘lady’ interior cuando me dijo que nos viéramos un domingo a las 8pm. Tampoco discutí mucho con mi ‘señorita correcta’ cuando sugirió que fuéramos a su casa y, evidentemente tampoco escuché a la ‘damita’ cuando me invitó a su cuarto.

Juro solemnemente que cuando me estaba vistiendo para ir a su casa ese domingo a las 8pm no estaba entre mis planes que iba a acostarme con él ¿o quizás sí?

Levanto mi mano derecha afirmando que jamás pasó por mí cabeza terminar mi noche con la lengua en cualquier lugar diferente a sus labios (pero ¡cómo valió la pena!)

Afirmo, incluso bajo tortura, que jamás había sentido música de alas mientras alguien me besaba. Que nunca antes ningún hombre me había producido tanta ternura y ganas en un simple contacto de labios y que, nunca antes, unas manos habían llegado de manera tan adecuada, con presión exacta, con movimientos precisos, a las zonas (más y menos) eróticas de mi cuerpo.

Un beso. No hay manifestación de afecto más prostituida que esa, el beso. Y aun así, siendo fácil entregarlo a cualquier sin sentir terribles implicaciones morales, es una puerta misteriosa: esa noche fue la puerta a su cuerpo, a mis manos abriendo caminos entre su pecho y abdomen… al sur y más al sur.

Esa noche fue su olor: maderas, alcohol, ceniza. Esa noche un beso movió mi mano, y mi mano desaborchó un cinturón y bajó una cremallera. Un beso puso entre mis manos un miembro erecto que se arqueaba ligeramente por su tamaño y ellas, torpes, no lograron comprenderlo.

Ese beso bajó y siguió bajando. Y las manos tuvieron compañía de la boca, sorprendida, abierta, maravillada, impotente: boca que quería abarcarlo todo, poseerlo todo pero no lo lograba. La lengua, entonces, empezó a dibujar líneas y círculos: de la punta a la base y viceversa, de los testículos a la glande ida y vuelta, más círculos y líneas rectas que, a cada segundo, aumentaban su intencidad: por placer y por deseo ¡claro! pero, más que nada, por la impotencia de no poder llenar mi boca de él. No cabía.

¿Segundos, minutos, horas? ¿Cuánto se demoró ese beso extenso que me tenía a la altura de sus caderas mirándolo con ojos curiosos? Y él, perdido, suspirando, más inmóvil de lo esperado se dedicó a sentir. Yo no quería nada más, nada diferente a eso, justo en ese instante con sus ojos perdidos en algún espacio de la habitación estaba mi placer más grande: verlo disfrutar.

Y yo ¿qué puedo pedir? Además de hombre brillante y cuerpo delicioso también resultó ser un caballero… me recostó a su lado y metió su mano en mi pantalón. Humedad, más humedad. Placer y muchísimo más placer.

Lamento no poder describir con detalle los movimientos circulares de su mano sobre mí clítoris, o poner en palabras con cuánta fuerza metía sus dedos en mi vagina. Tampoco puedo describir su rostro, lo siento, ahora era yo la que miraba puntos aleatorios únicamente en sintiendo. Sentir sin pensar, sin racionalizar, sentir sin ver… sabiendo que su mano se ponía cada vez más húmeda y que yo, mujer que todo lo supone bajo control, estaba perdida en un laberinto de espasmos incontrolables en la pelvis y en las piernas que subieron hasta mi garganta transformados en un grito de placer infinito que se contuvo mordiendo una almohada: ahora yo debía pagar un orgasmo. Es la ley, mi ley.

No lo dudé, volver a la inmensidad de su miembro no implicaba un sacrificio. Entonces me imaginé el momento en que él llegara. Me imaginé mis labios y mi pecho llenos de semen tibio. Vino a mi boca, invocados por los que ya conocía, los sabores salados y amargos que vendrían con su orgasmo. Traté de escuchar en mi cabeza el ligero quejido que saldría de su boca cuando, por fin, terminara sobre mí… ¡Y fue tan fantástica la idea, tan vívida! Que el temblor y el rastro de placer que había dejado el orgasmo obsequiado por sus manos me resultó poco: quería otro, y lo quería con él.

En ese momento pensé en todas las implicaciones que la acción de quitarme el pantalón podían traer a mi vida, todo eso que se habla de lo ético, de lo correcto, de cómo se debe construir una relación sana. Sabía que podía implicar perder al hombre del cerebro jugoso, de la dulzura oculta en capas de rudeza, del sentido del humor ocurrente… del alma bonita. Sabía que quizás esa acción implicaría hacer de esa noche la primera, y la última. Y aun así, lo hice.

Sobre él, un segundo para arrepentirme. Un segundo para salir corriendo. Un único segundo que usé en acomodar su pene para que entrara sin problemas. Bajé mi cadera: la sensación de que todo estaba completo me llenó. Bajé y subí cuantas veces quise, a mí ritmo, a mi modo, tal cual como yo quería ¡a la mierda se fue la idea de pagarle el orgasmo! Quería uno para mí, diseñado a mi antojo.

Si el precio de ese polvo, de esa única noche juntos sería era tan alto quería, que valiera la pena.

Lo miré un segundo antes de recostarme sobre él y morderle el hombro. Su rostro no decía nada, quizás él tampoco se había vestido esa noche pensando que yo terminaría en su cama. Pasé mi lengua por su cuello y él, por fin, se movió. Un pequeño gemido de placer salió de mi boca cuando él, de manera sutil, empezó a imponer el ritmo (solo ahí, en ese momento, me gusta ser la más frágil de las mujeres).

Pensé susurrarle al oído cómo me gustaba y pedirle que no tuviera miedo, que quizás sería la única vez que estaríamos juntos… pero un nuevo orgasmo llegó y con él las ideas se borraron. Instantes después llegó él: su semen no terminó en mis labios como esperaba, sino repartido entre mis piernas y su abdomen.

Silencio incómodo. Dos segundos a su lado esperando algo… mi teléfono sonó y chao magia. Las señoritas correctas de mí cabeza que había ignorado toda la noche empezaron a dar gritos histéricos y correspondió escucharlas. Temblé, temí, él no entendió y yo tampoco. Me acompañó a mi casa y no se habló más del tema: desde ese día no lo veo.

Culparía a la cerveza. Diría que fue cuestión de tragos y que, siguiendo el reguetón más barato ‘borré casette’. Afirmaría, con las mejillas sonrojadas, que me siento avergonzada por lo que hice y que nunca jamás lo repetiría. Podría decir también que me siento mal por ello… que siento culpa… pero mentiría.

¡¿Y qué me importa que me llamen puta?! Si sobre mi vida, mi cuerpo y mi cama, sólo decido yo.


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