Los Practicantes
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 5 min de lectura calendar_today Julio de 2017

Los Practicantes

Salimos del bar después de tomarnos unos cuantos shots de tequila y nos sentamos en un andén a conversar entre besos y miradas coquetas, en ese momento me dijo: Monito, quiero que me digas algo; quiero que me digas que me vas a llevar a un motel. Los dos éramos practicantes en una de las....

Monoretto

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Salimos del bar después de tomarnos unos cuantos shots de tequila y nos sentamos en un andén a conversar entre besos y miradas coquetas, en ese momento me dijo: Monito, quiero que me digas algo; quiero que me digas que me vas a llevar a un motel.

Los dos éramos practicantes en una de las empresas más emblemáticas de la ciudad. Ella, Maria Andrea, una mujer alta, con un rostro precioso y piel canela, había propuesto que todos los practicantes saliéramos ese viernes para tomarnos unas cervezas y relajarnos un poco. A la hora de la salida, solo aparecimos Maria Andrea, Julio y yo, de los casi quince practicantes que éramos, pero aún así decidimos salir por unas cervezas.

Íbamos los tres en el metro cuando fingí que llamaba a alguien por celular para luego decir que no iba a poder acompañarlos esa noche. Julio propuso entonces posponer la salida para la próxima semana en vista de que yo no iba a poder estar y María Andrea aceptó. Yo sabía que en condiciones normales Julio se bajaba una estación antes que María Andrea y cuando lo hizo aproveché para proponerle a ella que saliéramos solo nosotros dos. Con una sonrisa pícara y sin mostrarse confundida aceptó.

Fuimos a un bar en la calle 33 cerca de la 80 y entre tequila y tequila y entre mirada y sonrisas, no aguantamos más y nos besamos. Una boca deliciosa, unos labios suaves, lengua cálida y húmeda. Nos besamos con ganas, con deseo, como si nadie nos pudiera ver. Después de tantos shots y besos, Maria Andrea decidió pedir la cuenta, pagamos y nos sentamos en un andén.

Esa noche escuché de labios de Maria Andrea una frase que nunca olvidaré y que disfruto cada vez que la recuerdo: Quiero que me digas algo; quiero que me digas que me vas a llevar a un motel.

Ya en el motel comenzamos a besarnos y a acariciarnos con entusiasmo, por fin iba a poder ver los senos con los que hacía semanas soñaba, por fin iba a poder agarrar su culo bien formado que todos los días miraba discretamente y que gracias a sus pantalones entallados me provocaba erecciones. Le quité la camisa blanca mientras le besaba el cuello y le decía al oído todo lo que deseaba verla desnuda. Desabroché su brassiere y no pude evitar zambullirme en sus hermosas tetas, grandes, con pezones pequeños, frescas, deliciosas.

Me quité la camisa y llevé a Maria Andrea a la cama, la recosté y tomé sus manos para llevarlas sobre su cabeza mientras yo embelesado besaba su boca, su cuello, sus senos, su abdomen moreno y estilizado. Desabotoné su pantalón escabullí mi mano para poder acariciar su pubis depilado perfectamente. Cuando iba a bajar su pantalón y desnudarla completamente, me detuvo, bajó mi pantalón y me agarró el bulto que con facilidad de podía ver en mis boxers mientras se mordía el labio y me miraba de la forma más excitante.

Sacó mi pene y se lo llevó a la boca mirándome a los ojos y masajeando mis testículos como nadie lo había hecho. Una delicia de mamada, sentía como su lengua jugeteaba por todos los rincones de mi verga, intentaba tragársela toda, me masturbaba por momentos y me besaba las bolas. Para no acabar tan rápido decidí que era mi turno. Volví a recostarla y la desnudé, me detuve por unos segundos a contemplar la mujer tan preciosa que estaba comiéndome.

Mientras mis manos acariciaban sus senos, ¡Cómo no! Le besé los muslos dándole pequeños mordiscos hasta llegar a su clítoris, sus labios estaban deliciosamente húmedos casi empapados, metí mi lengua en su vagina por un instante para luego dedicarme a su clítoris con devoción. Sus gemidos cada vez más fuertes, me decían que lo que estaba haciendo, lo estaba haciendo bien y sé que la nota de mi calificación subió cuando introduje dos dedos en su vagina por el gemido mezclado con grito.

Cuando se vino por mi labor con mi lengua y mis dedos la dejé descansar unos segundos, la besaba mientras le agarraba las nalgas cuando me dijo: monito, métamelo, métamelo ya por favor. Puse sus piernas en mis hombros, le puse una almohada debajo de la cadera y deslicé mi pene dentro de ella con suavidad, el calor delicioso de su vagina le dio la bienvenida a mi verga, empecé a empujar hacia delante y a retroceder cada vez con más vehemencia.

Me acostó en la cama justo en el borde y con una pierna en la cama y la otra en el suelo comenzó a cabalgar sobre mí, se tocaba su protuberante y delicioso clítoris mientras gemía y yo miraba como se movían sus tetas al compás de su cadera.

La puse en cuatro y la embestí mientras veía su cara de placer reflejada en el espejo intentando ver como yo le metía mi verga en su húmeda vagina, Maria Andrea se pellizcaba los pezones y yo le daba palmadas en su culo redondo, a cada nalgada que le daba ella respondía con un "sí" agudo y prolongado.

Recostada y con sus piernas rodeando mi tronco la penetré agarrándole sus deliciosas tetas y metiéndole un dedo a la boca. Me pidió que le diera más y más duro, su respiración aumentaba de ritmo, su manos empuñaron las sábanas y su espalda se curvó, sus ojos se blanquearon, y de repente un silencio de unos segundos que se interrumpió por un grito que me hizo venir sobre Maria Andrea, su abdomen y sus tetas quedaron bañadas en mi semen.

Extasiados, nos besamos y nos recostamos empapados en sudor y semen. Al volver nuestros cuerpos en sí, nos bañamos juntos y cada uno para su casa.

El lunes siguiente, en la oficina, nos saludamos como todos los lunes, como si nada hubiera pasado. Como si no hubiéramos tenido el sexo más delicioso solo dos días antes. Sin embargo, no sería esa la última vez que nos comimos.

Nombres obviamente cambiados.

— Monoretto

12 de julio de 2017

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