¿Dudas sobre tu compra?
 01 8000 423 503

Relatos y Experiencias

El año estaba terminando y yo acababa de salir de una relación sentimental de poco más de dos años. Sólo faltaba un año para mi grado y pensando en ello se me iba la mayor parte del tiempo. Decidí entonces concentrarme en mí mismo. Pasé las vacaciones de navidad junto a mi familia y amigos y en ningún momento sentí deseos de involucrarme siquiera sexualmente con alguna mujer.

Después de las vacaciones iniciaba mi penúltimo semestre en la universidad y empecé clases con mucho empeño -como suelen hacerlo todos los primeros días-. Tenía que ver algunas materias de cursos libres así que tuve que interactuar con muchas personas con las que nunca había visto clase. En una de esas, el profesor nos mandó a hacer una actividad en grupo y me uní con otras dos chicas y un chico que parecían bastante aplicados. A medida que desarrollábamos la actividad me di cuenta de que una de las chicas, que tenía una cara “linda”, pues no la había tomado el tiempo de verla al detalle, me miraba más de la cuenta. Cuando terminamos la actividad y nos pusimos de pie, me dí cuenta de que esta chica tenía un lindo cuerpo, delgado, de piel blanca y suave, y, sobre todo, una cola que resaltaba en su delgadez. No podía creer que nunca me hubiera fijado en esa cola que se sentaba a solo unos puestos de mí.

Pasó otra semana y volvía a la misma clase, esta vez con otro objetivo: conocer un poco más a la chica en la que había estado pensando todos esos días. Le sonreí al entrar y ella me devolvió el gesto con una sonrisa que no buscaba ocultar su coquetería y su juego. Salimos de clase y la invité a tomar unas cervezas, a lo que ella accedió de inmediato. Nos entendimos muy bien y no tuvimos problema en despedirnos de beso esa noche.

Pasaron los días y seguíamos saliendo. Yo no desperdiciaba oportunidad de tocarle la cola con cualquier excusa y ella se daba cuenta de que esa parte de su cuerpo ejercía un control inexplicable sobre mi pensar y mi actuar; hasta que un día, para mi mayor sorpresa, parece haberse despertado con la única misión de saciar mi hambre.

Llegó a mi apartamento a las cuatro de la tarde; hacía mucho calor y ella llevaba un pantalón ajustado que resaltaba todas sus curvas y una blusa destapada. Nos acostamos en la cama y nos empezamos a besar desenfrenadamente. Se sentía en el cuarto un ambiente animal, salvaje, voraz. ¡Cuál respeto! ¡Cuál dulzura! Apenas me reconocía a mí mismo mientras le lamía la cara y ella respondía de igual manera; lo tenía en la cara, en la mente ¡Cuál princesa! ¡Cuál delicadeza! Me devoraba con la mirada y yo, evitando perderme por completo en ella, le metí la mano bajo el pantalón y toqué aquella cola que, cual niño encantado, me había obsesionado desde que la vi.

Después de lo que pasó esa tarde parecíamos cada vez más una pareja que un par de amantes, hasta tal punto que me invitó a pasar el fin de semana en casa de su hermana, quién vivía en una casa campestre en las afueras de la ciudad junto a su esposo. Llegamos el viernes en la noche y su hermana , de unos 34 años, nos recibió con una buena comida. Después de comer, nos tomamos unos tragos los tres ya que el esposo de ella estaba en un viaje laboral.

Decidimos pasar el sábado en la piscina, ¡y qué sorpresa me llevé! Mi obsesión ahora era doble. Su hermana tenía un cuerpo muy parecido, pero con senos más grandes y caderas más anchas producto de la edad. En un momento me quedé solo con ella en la piscina y se dio cuenta de que la estaba mirando más de la cuenta, pero no pareció molestarle, aunque tampoco me dio señal alguna para que lo siguiera haciendo. En la tarde llegó su esposo y pasamos el resto del día junto a la piscina tomando ron.

Un par de semanas después, ya de vuelta en la ciudad, nos estábamos tomando unos tragos antes de ir a la discoteca y me dijo que su hermana estaba en la ciudad con el esposo, y que les gustaría salir con nosotros, a lo cual no le vi ningún problema; por el contrario, en el fondo, me gustó la idea de poder verla otra vez, guardando la ilusión de poder sentirla y verla más a gusto en un ambiente donde fuera más difícil para ella darse cuenta de lo que yo hacía o miraba. Los estábamos esperando mientras ella su fumaba un cigarrillo y apareció su hermana, sola. Nos dijo que su esposo tuvo que salir de viaje y que no podía acompañarnos. Fuimos pues los tres a la discoteca donde no hubo reparos ni en el beber ni en el bailar. Serví de compañero de baile a ambas durante toda la noche y el ambiente entre los tres se sentía fraternal. El alcohol cumplía su función y la discoteca estaba por cerrar. Sugerí entonces comprar más ron e irnos a tomar a mi apartamento, a lo que las dos accedieron.

Llegamos al apartamento y lo primero que hice fue poner algo de música. Yo me senté en un sofá junto a ella y su hermana se sentó en la silla del lado. Empezamos a hablar de diversos temas y cada vez se nos sentíamos más borrachos, hasta que sentí como ella se dormía sobre mi hombro.

Su hermana de inmediato dijo que se iba con ella para llevársela a dormir a casa pero yo insistí en que se quedara hasta terminar la botella -quedaba por lo menos un cuarto de ella-, y, después de una corta discusión que bien parecía de borrachos, accedió.

Empezamos a brindar y a hablar mientras me empezaba a preguntar cosas sobre su hermana: que hace cuanto salíamos, que si en verdad me gustaba, que si la quería, que qué me gustaba de ella, en fin; se notaba su curiosidad por nuestra relación y, sobre todo, por mi percepción sobre su hermana. También le pregunté, más por cortesía que por interés, sobre la relación con su esposo, y me dijo que todo andaba bien.

Con la intención de no aburrirla, pues lo último que quería era que se fuera, le dije que yo tenía dados y le propuse jugar el popular juego “verdad o penitencia”, que en otro escenario hubiera parecido algo pretencioso, o incluso estúpido, pero que para la noche como iba estaba perfecto para nosotros dos. El juego empezó con preguntas suaves. ¿A qué edad diste el primer beso? ¿Cuántos novios has tenido? Pero, como era de esperarse, el nivel de las preguntas empezó a subir: ¿Con cuántas personas te has acostado? ¿Le has sido infiel a tu esposo? ¿Le has sido fiel a mi hermana? ¿Te has acostado con gente de tu familia? Para entonces, con todas estas preguntas, y combinado con el alcohol, yo ya estaba bastante excitado, y supongo que ella también ¿Quién no lo estaría? Hasta que, dejándome llevar por el éxtasis del que me inundaba la situación, y siguiendo la corriente del juego, le pregunté: ¿Me darías un beso?

Hubo un corto silencio, sostuve mi mirada directo a sus ojos; se notaba un poco sonrojada pero en ningún momento me apartó la mirada. Sonrió mientras miraba hacia un lado, buscando una explicación, y respondió: sí. Nos sonreímos y seguimos jugando con el mismo nivel de preguntas hasta que, dejándome llevar por mis impulsos y por la aprobación que acababa de recibir, me aventuré a darle un beso. Nos besamos intensamente al lado de su hermana dormida. Pronto, la situación empezaba a perder el control. Los besos se convirtieron en lametazos, las caricias en apretones, los lametazos en mordiscos y los apretones se multiplicaban por todo su cuerpo, en especial en su cola que, como la de su hermana, no dejaba de admirar. Al igual que ella, pronto se dió cuenta de mi fascinación por esa parte del cuerpo. A los dos nos invadía un sentimiento de pasión, de culpa, de aventura, de hacer lo indebido, incluso nos reíamos al ver a su hermana dormir. Pensábamos no solo en su hermana, sino también en su esposo. ¡Doble culpa! ¡Doble prohibición! ¡Doble placer! Hasta que insistí que nos fuéramos a mi cuarto, y nos fuimos mientras nos comíamos de besos.

Se sentía en el cuarto un ambiente animal, salvaje, voraz. ¡Cuál respeto! ¡Cuál dulzura! Apenas me reconocía a mí mismo mientras le lamía la cara y ella respondía de igual manera; lo tenía en la cara, en la mente ¡Cuál princesa! ¡Cuál delicadeza! Me devoraba con la mirada y yo, evitando perderme por completo en ella, le metí la mano bajo el pantalón y toqué aquella cola que, cual niño encantado, me había obsesionado desde que la vi. Me apresuré a quitarle el pantalón y ella hizo lo propio conmigo. Usaba unas tangas negras que contrastaban perfecto con el color blanco de sus nalgas. Para complacerme, se puso de inmediato como los perros, mirando hacia el suelo; no dudé en azotarla tan fuerte como pude para luego correr su tanga y empezar saciar mi sed de ella, de su cola, de su ser, de su feminidad, de su sexo. Lo disfrutó hasta que no pudo resistir más y, al igual que yo, empezó a saciar su sed de mí. Ya era hora, ya quería conquistar, gobernar, dominar. Me adentré en ella de tal manera que tuvo que morder la almohada para no despertar a su hermana, y así fue hasta que no me pudo aguantar más y me hizo saber que estaba complacida; pero yo no. Yo quería más, yo quería su cola. Empecé a saciar mi sed de ella primero con mi boca, para hacerle saber mis intenciones y podía ver como lo disfrutaba, se estremecía. Ya no daba más espera y, lentamente, comencé a poner mi hombría sobre su cola, ¡mi cola!, y, como antes, empecé a conquistar, a gobernar, a dominar, esta vez en un lugar distinto. La almohada ya no era suficiente para sus gemidos, que bien parecían gritos, aunque no venían acompañados de resistencia. Tuve tiempo de pensar en su hermana, acostada en la sala, sin idea de lo que pasaba; en su esposo, viajando, pensando en que su esposa estaba con su hermana, y todos estos pensamientos me hicieron llegar al éxtasis, así, dentro de ella, por donde más quería llegar.

No hubo tiempo de descanso. De inmediato, con la culpa encima, que muchas veces llega después de un gran placer, se vistió, se organizó, se limpió en el baño, despertó a su hermana, le dijo que era hora de irse y se fueron. Al otro día recibí un mensaje de su hermana en el que se disculpaba por haberse quedado dormida y me decía que esperaba que la hubiéramos pasado bien. Me ganó la risa.


¿Dudas sobre tu compra?
 01 8000 423 503

Ingresa a tu cuenta

¿No tienes una cuenta? Crea una AQUÍ