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Relatos y Experiencias

Seguramente muchos saben de la existencia de unas islas en el Golfo de Morrosquillo, hermosísimas por cierto. Se puede llegar desde Cartagena o desde Tolú o Coveñas. Igualmente desde pequeños pueblos pesqueros menos turísticos. Para no molestar a nadie me referiré a La Isla, sitio donde se desarrolla esta experiencia.

De playas de arena blanca y hermosos manglares, se trata de una isla hotel, que fue de mafiosos en una época, y de bucaneros y piratas mucho antes. Allí viajamos con Xime con frecuencia pues ella la conocía antes de que fuéramos pareja. Estuvo en su momento con su grupo de trabajo y se disiparon de una manera tal que “quedaron cosas pendientes”, decía, sobre todo para ella que en esa época era más inexperta y menos atrevida.

Estábamos instalados en una suite normal, disfrutando de las comodidades de La Isla…y en plena luna de miel, como se imaginarán, pues no hay sitio más romántico que este. El hotel solo tiene 40 habitaciones y en ese momento una ocupación de 30%. Total las playas estaban casi vacías y apenas se veían personas por ahí aisladas. Mi propósito era tomarle a Xime muchas fotos pues ella tiene una figura exuberante y una juventud muy agresiva. Sus pequeñas tangas, salidas de baño y vestiditos de fiesta eran muy llamativos y atrevidos, y siempre las miradas estaban puestas en ella.

Buscando locaciones para mis fotos, encontré una gran habitación; una suite imperial si se quiere, que estaban terminando de adecuar. Tenía por lo menos 300 metros cuadrados de extensión y una decoración muy interesante. La cama principal era tan grande que podían caber en ella 10 personas cómodamente acostadas. Como para una orgía. Toda la decoración estaba orientada a simular el cuarto de un sultán y por eso deberían caber todas sus mujeres principales. Tenía una cama auxiliar en forma de canasta, varias hamacas, un bar, un yacusi grandísimo y varias salas. El techo era muy alto y con grandes lámparas colgadas desde muy arriba. El baño y el yacusi también eran inmensos. Las ventanas estaban decoradas con bellos vitrales con figuras de flamencos rosados, muy comunes en La Isla.

Solo había un obrero, moreno, alto y fornido, sin camisa y con un jean recortado a manera de bermuda, quien nos saludó con una sonrisa amplia, de dientes muy blancos y grandes. Le conté que quería tomarle unas fotos a Xime, que si nos dejaba entrar, que no lo íbamos a incomodar en su trabajo. Lo dudó un poco, pero después de observar a Xime por un instante, quien lo miró con picardía, nos dio vía libre.

Después de tomarle unas fotos de prueba, le pedí a Xime que se quitara el short y la blusita ombliguera que llevaba. De hecho tenía varias prendas en un bolsito. Quedó con una tanguita amarilla de anudar a los lados con su parte superior muy pequeña, que apenas le tapaba los pezones. Sus curvas y su piel dorada destacaban al contrastar con el amarillo claro.

Nos fuimos hacia el fondo de la habitación, donde había una hamaca y allí le tomé unas fotos muy sensuales; igualmente sobre la barra del bar y sentada en una silla antigua de patas altas, con una máscara indígena entre las piernas, que curiosamente tenía forma de vagina; al subir las piernas se la acomodó a la altura del ombligo. Lucía muy erótica la escena. Lástima que por este medio no pueda mostrarles fotos…

No nos habíamos dado cuenta que el obrero ya estaba muy interesado en lo que hacíamos y había abandonado su trabajo para seguirnos. Estaba observando a pocos metros. ¡Qué hembra decía! Xime no se incomodó; por lo contrario sonreía y se puso más sugestiva en las poses. El moreno nos fue siguiendo cada vez con más confianza en sus comentarios, como haciéndonos barra y sugiriéndome que te tomara ciertas fotos que a él le parecían buenas. Y a ella poses que le parecían. Como un director de fotografía. Yo notaba que el bulto se le comenzaba a notar y Xime también. El negro estaba excitadísimo

Llegamos a un sofá muy grande y Xime se montó en el espaldar como quien monta a caballo, haciendo varias poses muy eróticas y sensuales. El negro la animaba a ser más atrevida. ¡Así negra, ábrete más! ¡Ponte de esta manera o de aquella! …y aprovechaba para tocarla disimuladamente. Entonces ella se acostó en el inmenso sofá y abriendo las piernas comenzó a hacer movimientos pélvicos; se soltó uno de los nudos de la tanga y comenzó a tocarse la cuquita de una manera tal que yo ya estaba con mi verga imposible de controlar. Sus ojos le brillaban y hacía gestos con los dientes, los labios y la lengua que invitaban a comérsela de inmediato.

El negro me miraba como diciendo “o te la comes tu o me la como yo”. Yo le hice un gesto y él se quitó el pantalón y comenzó a masturbarse. Tenía una verga inmensa y curva. Se untó saliva en sus manos y dale que dale mientras Xime lo miraba morbosamente, sin saber qué iba a pasar, excitadísima también y ya completamente desnuda.

La leche espesa y abundante corrió por encima del cuerpo de Xime pero ella lo detuvo cuando vio que yo ponía la cámara a un lado y me desnudaba rápidamente. El negro me miró como perro regañado y se hizo a un lado, pero ahí se quedó. Le limpié a Xime todo ese semen blanco y espeso y la monté con fuerza y con pasión hasta venirnos juntos gritando y gimiendo de placer, sabiendo que el negro nos tenía la mirada encima. Cuando terminamos ya el moreno se había puesto el pantalón y se alejaba de regreso a su trabajo murmurando entre los dientes… Cuando salimos no nos quiso mirar…


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