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Relatos y Experiencias

La hembra de mi infancia se llama Laura Mendoza. Un monumento viviente. ¡A los 19 años, caminaba con una arrogancia por esa calle sin pavimentar!!! Tenía más patas que un consomé. Un culo como la catedral primada. Tetas chiquitas.  Un cuerpo decimonónico de esos que ya no existen, cruces genéticos donde la naturaleza escoge lo mejor de cada aportante. El papá era un tombo alto y rubio , apaisado. La mamá era una mulata del pacifico, llegada de “El charco”  ( Nariño) quien, cuenta la leyenda, dejaba regado a cuanto negro la alborotaba. El charco era un sin fin de amantes que caían rendidos, exprimidos por la cadencia, por el ritmo del culo de Doña Fulgencia. Y ahora Laura…una versión renovada y mejorada.

Ni siquiera se repellaba la cara como sus amigas. Bien bañadita, se ponía minifalda, blusa de tiritas tipo Herpo sin nada debajo, de manera que los pezones asomaban afilados, sandalias baratas y el cabello agarrado con un kilométrico, el bolígrafo simpático.

A mis 7 años de edad, Laura representaba la hembra soñada. Literalmente, yo le daba por el culo y con mi rostro a la altura de las circunstancias, sentía ese olor a coño recién lavado, fresquito. Esa sensación me ha acompañado toda la vida y siento que no hay nada más sabroso que una cuca recién bañada, no me refiero a perfumes ni nada de eso. Me refiero al olor a ducha reciente, cuando aún sobreviven en la piel algunas gotitas tercas.

Yo contaba los días para que llegara el sábado. Laura no perdonaba guateque y podían suceder dos cosas: si llegaba antes de la una de la mañana podía ingresar a su propia casa, pero si llegaba después el viejo polocho la dejaba afuera. Si se daba la segunda opción yo hacía fiesta porque Laura terminaba durmiendo en mi casa, en mi cama. “Le tocó dormir con el niño”.

 Se acomodaba despacio y lento para no despertar al pibe. Y yo conteniendo la respiración, con mi perinola de querubín ya izada, dando las primeras levantadas. Se acostaba en el sentido contrario al mío de manera que las pantorrillas me quedaban a tiro de lengua. Años más tarde, yo me enamoraría de las pantorrillas de Megan Fox, pero hombre, las de Laura eran otra cosa podrían sostener el mundo. Eran dos pilares macizos y yo fantaseaba en viajar por esos rieles, perderme como Hansel y Gretel y coronar, por supuesto, a una casota de chocolate. “Si así es la carrilera como será la estación”- le decían y ella se contoneaba. Meneaba el culote para que los albañiles en los andamios se calentaran más: “Mi amor si yo fuera Dios le regalaría el sol, el cielo y las estrellas pero como soy un humilde carpintero…clavo, clavo y clavo”

Ella fue la primera mujer en mi cama. Yo sacaba pecho con mis parceritos: “Anoche dormí con Laura” . Los pelaos formaban alboroto, a ver pues como fue la vuelta y yo me despachaba. Les contaba como metía mi pie derecho en medio de los postes de Atenas y coronaba el monte de Venus, una maraña de vello bellísimo. Un African Look que solo mi pie derecho podía tocar, explorar en la oscuridad. Bon Bril, la esponjilla que todo lo brilla. Una barba que yo no podía ver pero qué diablos, quien se da el lujo en este barrio de sobarle el coño a la hermosa Laura así sea con el pie.

Quizás esa experiencia maravillosa me llevó a admirar a  barbudos inteligentes como  Platón, Aristóteles…  Más tarde vendría Kojak a imponer la moda de tierra arrasada, a dejar la sonrisa vertical como un skin head, más pelada que verga de cacorro. Pero no me adelanto a los hechos.

La cosa es que crecí con el olor al coño de Laura, soñando recostar mi cabeza en una almohada de aquel mismo material: el vello hirsuto, cuca peluda como araña libidinosa.

Nadie entendía porque a mí nunca me daba miedo de la mano peluda. La que acechaba a medianoche y te podía ahorcar sino rezabas 7 padrenuestros seguidos.  Para mí, la mano peluda representaba una tentación. Que venga esa hijueputa que acá la despeluco como a la entrepierna de Laura y si quiere le hago un bigote hacia arriba a lo Salvador Dalí o hacia abajo como Oscar D’León.

Nunca más volví a verla, el sueño de mi pie derecho. La masturbación de mi dedo gordo. Por eso cada vez que voy descalzo por la casa y pumm mi dedo chiquito tropieza con la pata de un asiento no veo estrellas como todo el mundo, no me fajo un madrazo como algunas personas. No señor. Pienso que es una maldición que tiene que soportar el petit finger: el único que no disfrutó plenamente del pelambre más deseado de mi infancia


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