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Relatos y Experiencias

De cómo un ángel ruge como la leona que caza en la pradera

No nos veíamos desde hace un par de semanas. Aún así había un vaivén de mensajes por WhatsApp, aunque poco frecuentes a decir verdad. Llegó el día. Ella, como de costumbre, llevaba sus bellos labios pintados de rojo que realzaban más la blancura de su piel y su melena rubia, su chaqueta de jean con su falda larga y yo, bueno, siempre vestido de negro con mi caballerosidad y tranquilidad distintivas al salir con una dama.

Veíamos la película y mientras más intensas las escenas con más fuerza nos agarrábamos de la mano. Salimos, conversamos un poco, cenamos y luego nos percatamos de que la sed era latente. Muy latente...

Tomamos un taxi que nos llevó hasta el primer lugar en donde ya no cabía un alma más y aparte de ello la actitud de los porteros no era la más adecuada. Emprendimos camino para buscar un nuevo sitio y durante el trayecto decidí recordarle lo bella que estaba mientras le apretaba una nalga con firmeza y morbo. Ella sólo respondió con una mirada pícara y una sonrisa sensual. Llegamos al nuevo lugar, pagamos nuestro cover y decidimos beber una cerveza mientras determinábamos si era allí en donde queríamos estar. Lo logramos. Nos pusimos cómodos y dejamos que la música nos absorbiera por completo para que nuestros cuerpos empezaran a sudar y a conectar.

Algunas canciones más tarde, ordené en la barra dos cócteles Sex on the Beach que fueron más que suficientes para seguir entregándonos al ritmo de la música y el ambiente. Ella decidió sentarse a descansar un poco pero yo no podía parar de moverme puesto que los DJs del lugar estaban en su salsa con una buena tanda de Darkwave y synth Pop de los 80, lo cual hacía que mi deseo por ella aumentase más y más. Acto seguido, mientras disfrutaba de su coctel, decidí coquetearle al pasar mi dedo corazón por en medio de su escote hasta la barbilla y así rematar con un beso apasionado mientras montaba mi pierna derecha sobre el sentadero, para realizar unos movimientos pélvicos ‘dignos’ de un striper, a pesar de no serlo. La gente, aunque divertida miraba atónita lo felices que estábamos y cómo estábamos por comernos vivos a causa del deseo. Repetimos los pasos un par de veces más de manera intercalada (una vez ella y yo la otra), hasta que ella me agarró de la camisa para acercarme y decirme al oído –estoy mojada, vámonos ya–. Sin pensarlo dos veces accedí. 

Por fortuna, el lugar en donde bailamos estaba bastante cerca de mi casa. Así que decidimos caminar mientras nos besábamos y nos tocábamos desaforadamente en cada calle que cruzábamos. Cada vez se me ponía más dura y a ella cada vez más le palpitaba. Paramos en una esquina solitaria y me agaché con el pretexto de amarrar mi zapato mientras le pedí acercarse un poco y ¡ÑAM…! Le mordí suavemente ese rico pan abultado. Sentí como ese botoncito clitoral era más notorio y de manera obvia aquello hizo que se me pusiera más dura y húmeda de lo que ya la traía.

Llegamos a casa, subimos la escalera y entramos en la habitación. Sin mediar palabra, prendas cayeron al suelo y al unísono nos besábamos desaforadamente mientras le tocaba sus senos con una mano y con la otra deslizaba mis dedos sobre su torso por el lado izquierdo para luego agarrarle el culo hasta que tocamos cama con nuestros torsos desnudos. No me dejó levantarle ni quitarle la falda, y mientras me miraba desde abajo con sus ojos candentes, sus labios rojos susurraron –acércate, pero no con tu boca–. Desabrochó mi cinturón, bajó la cremallera y al bajarme el bóxer mi verga color chocolate saltó como un trampolín. Se mordió los labios y sus ojos se movieron de la misma forma que los de un felino siguen a su objetivo. Me la besaba suavemente y se pasaba el glande por la boca como si fuese un lápiz labial, a lo cual respondí acariciando sus mejillas y su pelo.

Tomé su mano, la puse sobre mi muslo y ahora con mis manos libres dibujaba la forma de su nariz y sus cejas para sujetarle después el cráneo, y luego balancear suavemente mi pelvis hacia delante y hacia atrás, de la misma forma que lo hacía al bailarle en la disco, con la diferencia de que ahora deslizaba mis testículos sobre su cara desde la frente hasta la barbilla, haciendo que su lengua me rozara todo el cuerpo cavernoso hasta el frenillo. Luego, hice que mi glande entrara lentamente hasta el fondo de su boca a la vez que soltaba un leve gemido de disfrute. Cosa más deliciosa… –Acuéstate bocarriba–. Me dijo, para lamer y chupar mis huevos de abajo hacia arriba, besarme la ingle mientras que con una de sus manos me masturbaba la verga con firmeza y maestría. Se la metió todita en la boca hasta que mi punta sintió su garganta, cosa que me hizo retorcer los ojos de la emoción y del placer…

No aguanté más y le pedí que sin dejar de masturbarme se diera la vuelta y se sentara sobre mi pecho. Levanté su falda, le bajé los calzones y empecé a besarle las nalgas blancas, redondas y tersas; después los muslos hasta llegar a ese coño simétrico y perfumado de bellos pliegues, que sumado a otras cualidades, me recordaban el por qué la deseaba tanto. Dibujamos el sagrado 69.

Inhalé profundamente su perfume mientras que con mis pulgares oponibles separaba su labia minora para pasar la lengua desde el clítoris cada vez más grande hasta su canal vaginal; explorando una y otra vez cada pliegue, cada textura y el incomparable sabor de sus fluidos… de abajo hacia arriba y en movimientos circulares con mordidas suaves acompañadas de penetración con los dedos hasta que su cadera empezó a menearse lenta y deliciosamente. Todo un manjar de la naturaleza y los bajos instintos.

Transcurrieron los instantes que parecían eternos. Llegué primero a la meta disparando torpedos de semen cargados de placer y regocijo, pero afirmé no haber terminado aún. Hice que se acostara bocarriba, le quité la falda y comencé a deslizar mi lengua desde sus tobillos internos hasta ese clítoris rosado con movimientos ondulantes y circulares de la misma forma que un pincel esparce delicadamente los detalles de pintura sobre el lienzo de un cuadro, para luego continuar besando cada parte de su entrepierna y su vulva simétrica, excesivamente húmeda y perfumada, no sin antes pegar una mirada fugaz a los gestos de su cara que pululaba placer y disfrute al tiempo que se apretaba los senos sin compasión. Jugué un rato allí abajo con mi lengua y mis dedos. Empecé a subir lentamente hasta su boca haciendo parada primero sobre su ombligo cóncavo y circular que embellecía aún más el paisaje de su abdomen. Posteriormente me detuve en sus bellos senos pequeños de pezones firmes y rosados. Los apreté de abajo hacia arriba y de forma circular, para luego llegar hasta su boca y besarla apasionadamente como si quisiera arrancársela a mordiscos.

Más besos y estimulación clitoral complementados con penetración a dos dedos, como si tratase de enganchar un arnés mientras le decía al oído que me pidiera más, y entre más pedía, más aumentaba la intensidad de sus gemidos. Algo exquisito para el oído de un hombre que adora estimular a su mujer.

El placer era amplísimo. Tanto que conforme chupaba sin clemencia ese delicioso coño y ese delicioso cuerpo pensaba en la canción “Sueño contigo” de Draco Rosa. Pues hay un fragmento que dice “Llueve en mi frente tu saliva ardiente, sopla en la brisa tu risa. Entre tus piernas una fuente, quiero beber eternamente…”.

Se chorreó a cántaros, de la misma manera que se escapa el agua de una tubería averiada. Más le metía los dedos de forma veloz y sin compasión, y a cambio ella los apretaba con más fuerza al interior de su vagina, como queriendo romperlos y no dejarlos salir. Más chorreaba y más le temblaba su cadera mientras sus rodillas se juntaban y sus ojos se retorcían de placer, como si estuviese poseída por el espíritu de una leona que ruge en la pradera al momento de cazar a su presa. En ese instante sentí que había logrado mi tarea porque su boca apretaba con fuerza y su cuerpo se retorcía aún más sin dejar de temblar. Me acosté a su lado, intercambiamos besos, caricias y miradas vidriosas y cómplices con risas pícaras.

Comienza el segundo round…


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