Tenía ya varios años de relación con mi novia cuando P. llegó a la unidad. Una flaquita morena de carita encantadora, de ésas paisas con rasgos indígenas y con delicadas y hermosas caritas que se ven mucho en San Javier. Allá vivía, y se pasó un diciembre, junto a su madre, y su hermano, al quinto piso del bloque, con unos 16 añitos, quizá menos.
Aunque la primera impresión fue de 'qué mamasita', fiel a mi esencia de tipo reservado y discreto, y también debido a el respeto a mi relación, nunca pasó nada más que miradas, que un hola, o que un verla pasar en ésas mallitas y ésos shorts a medio culo que le dibujaban ése cuerpecito esbelto que seguramente seguiría formándose y manteniéndose muchos años. Miradas que me costaba evitar, pensamientos que me costaba no tener.
Cuando éso yo iba mucho a piscina a nadar y ella, gomosa por nueva, traía que amiguitas, que a la primita, o qué se iba a broncear con la mamá. Así fue que empecé a acostumbrarme a verla en ropa interior, y con dicha tuve el placer de verla en cuatro, arrodilladita, bronceando a la mamá, mientras descansaba tras una rutina en el agua. Quedé perplejo. Se marcaba deliciosa su vagina en ése vestido de baño, y desde entonces, supe que si no la acostaba conmigo, no tendría paz.
La pelada se pasó a los bloques más lejanos, y dejé de verla tanto. Las cosas con mi ex se empezaron a tornar mal tras unos años, y eventualmente, rompimos. Recuerdo una vez que haciendo ejercicio en el parque, noté su mirada fija, su curiosidad. Ya en ése momento tendría unos 18 añitos. Las cosas con mi ex ya iban rumbo a la hecatombe, y tal vez éso me impulsó a hablarle.
Fue más difícil decirle hola que besarla. Le gusté y le gustó mi palabra. No costó mucho llegar al punto en que era inevitable que pasara algo, y a pesar de que su madre vivía encima, aproveché la cuarentena y el teletrabajo para invitarla a casa cuando ya iba terminando turno y la mamá salía por ahí con el novio, o no estaba encima por algún motivo. Así pues, siempre que se pudiera, quería tenerla al menos un rato; y ella, dócil y obediente, empezó a soltarse más y a corresponder con su mano en mis pantalones a los besos apasionados y cada vez más atrevidos que le daba. No me desesperé, tanto porque sabía que podía estropearlo, como porque también disfrutaba mucho el morbo de sólo besarla y hablarle una horita, tiempo suficiente para calentarla y para que deseara volver una vez más.
De manosearnos pasamos al sexo oral tras algunas otras conversaciones y foticos... ¡Ay, cómo lo chupaba esta flaquita! Era tan delicada y sus maneras tan dulces que provocaba sólo dejarla comérselo a su ritmo, a su gusto.
El día que por fin la probé, tenía unos Converse, con media de malla bajo un short de jean negro y una ombliguerita que le marcaba sus teticas pequeñas. Llegó como a las cuatro, y justo a las 4:20, ya en sintonía, fumamos y pusimos los temas. La acosté en un sofá y empezamos como debe ser: besándola, mientras con mi mano derecha le desabroché el short y metí mi mano tocándola aún por encima de la tela de su ropa interior. La música, la traba, el clima, y su olor me dan un recuerdo hermoso de ésa tarde. Le corrí las bragas hacia un lado y entonces sentí el calor que su vagina emanaba y con su lubricación en mis dedos rocé su clítoris y escuché sus gemidos, tan delicados y tiernos como sus gestos. Empezó a agarrármelo y se me salió lo salvaje. Yo tenía una sudadera que en par de minutos quedó a media pierna y en un movimiento un poquito brusco le metí sin miramientos mi pene en la boca. Su palmadita delicada en mi abdomen y su gemido me confirmó lo que me temía: Le gustaba durito. 'Hágame lo que quiera', leía yo en su carita cada vez que le sacaba la verga de la boca y se la restregaba en la cara y con ella le golpeaba los cachetes. Su mirada tras mi pausa y saber que volvería a tenerlo en la boca en breve, sencillamente me hacía retomar con mayor deseo, con mayor adrenalina.
Tras unas arcadas y verle sus ojitos llorosos, le quité el brazier desde adentro y le subí la blusita. Aunque los había apretado suavemente, no se los conocía. Tenía unos senos de pezón pequeño y marrón. Paraditos y pequeños. Un espectáculo fue chuparlos bajo su blusa y que me agarrara el cuello y me apretara contra sus pechos mientras alternaba mis movimientos en torno a ellos. Hasta que no le quedó el pecho inundando de mis babas, y no noté su primer orgasmo, no me moví. Se notaba que era insoportable que las tocaran mientras ella misma las sostenía, como para que no se le cayeran, mientras se revolcaba en el sofá, gimiendo un poco más fuerte que la música. Hubo una pausa. Reímos, fui por polas y fumamos el resto del porro.
'Nunca me habían hecho venir sin quitarme la ropa', fueron algunas de sus palabras que recuerdo de ése momento, jajaja.
Ya había oscurecido breve, nos fuimos pa mi cuarto y ahí sí prendí el TV a full volumen, perreo intenso, y le quité todito. Su cuerpo es demasiado para ser verdad. Es pefecto. No le cambiaría nada. Extasiado, la besé y me desnudé como pude, mientras seguíamos besándonos intensamente y la tiré al colchón. Le tomé cada pie con una mano y se los impulsé hacia el frente, de tal forma que sus rodillas quedaron a la altura de sus hombros, y me dispuse a comer su coñito. Una delicia. Sencillamente, P. era una diosita. Sabía delicioso, su vagina era perfecta, sus repuestas a mis estímulos eran tales que la barba me quedó inundada de su interior. Me gustaba que al meterle la lengua, su vagina me sabía a gloria y sus dedos jalaban mis cabellos y se movían con violencia en mi cabeza. La volteé, se acostó boca abajo e inclinó su culito un poco. Terminé de bajarle, le di unas lamidas a ése culazo y me puse el condón.
Se lo metí tras jugar un poco con sus labios, de a poquito. Primero la dejé a ella, a ver qué podía dar. Pero, la verdad, me ganaron las ganas. La tomé de la cadera y con mis rodillas dispuse el ángulo de apertura de sus piernas, y empecé a aumentar el ritmo. Era hermoso ver como rebotaba su culito y cuando se lo empecé a meter a fondo giró su cabeza, y con una de sus manos en el posterior de pierna supe interpretar que quería más. Realmente esta flaquita quería que la rompiera.
Hacía mucho calor, porque, mi cuarto es pequeño, a pesar del ventilador, sudaba muchísimo. De misionero, me dijo. Tenerla así, comiéndomela por fin y sudando conmigo, verla con ésas ganas, con ése salvajismo, eran mi propulsor. Se notaba por qué le gustaba de misionero: Se vino nuevamente y me pidió un tapo.
'Coges riquísimo', exclamó con respiración entrecortada. Hablamos por primera vez del amor. 'En circunstancias diferentes, en una realidad paralela, usted y yo hubiésemos sido una buena pareja', le dije. Asintió y sonrió. 'Con razón duró cinco años con su novia', fue su respuesta.
Tras la pausa, la puse contra la pared, y entonces, pude darle lo mejor de mí (por la facilidad de darle duro y sin mucho ruido) y tras unos minutos de cogérmela desde atrás, tomándola del cabello y de la cadera, se vino por última vez... 'Cógeme lo más duro que puedas', fue lo último que dijo antes de que sus piernas temblaran y su impulso natural fuera estremecerse. Yo estaba cerca de venirme, por lo que la acomodé en la cama y terminé en su abdomen, tras unos segundos de verla así, mientras aún temblaba tras su propio orgasmo.
Dio sus últimos gemidos al ritmo de los últimos movimientos de mi pene, expulsando hasta la última gota en su abdomen delicioso... Se lo frotó con un dedo que luego llevó a un pezón y sonrió nuevamente.
Nos bañamos y acordamos repetir en un motel... Quizá me anime a contarlo.
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'Lo fácil pierde su encanto, nena, es así.
Pero cuando veo tus fotos,
Debo admitir que
Me consiento cuando pienso en ti.'







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