. Ni una broma. Ni una mirada prolongada. El novio de mi amiga se vistió de espaldas a nosotros, en silencio, y cuando terminó se quedó un momento mirando el piso. Después salió primero.
Los otros dos y yo salimos un rato después. En el carro casi no hablamos. Me dejaron cerca de mi casa. Antes de bajarme, uno de ellos me tocó el brazo y dijo solo:
—Esto no salió de aquí.
Asentí. No hacía falta jurarlo.
Esa noche me duché largo rato. El agua caliente no quitaba del todo la sensación de haber cruzado algo que no tenía nombre. No me arrepentí. Tampoco me sentí orgullosa. Solo… llena de una verdad incómoda que ahora me pertenecía.
Pasaron los meses. Después los años.
Hoy están casados. Ella sube fotos de aniversario, de viajes, de desayunos juntos. En las reuniones me mira con esa sonrisa condescendiente de quien cree que todavía soy la misma de siempre. Me dice cosas como:
—Lorena, de verdad, ya avívate. Consíguete un novio decente. No vas a estar sola toda la vida. Tú eres muy noblecita para andarte con cualquiera.
Yo sonrío. Asiento. A veces hasta finjo un poco de pena.
Ella no sabe que una noche, en un motel de paso, su esposo me folló la boca mientras uno de sus propios amigos le metía los dedos en el culo. No sabe que se corrió dentro de mí y después ni siquiera pudo mirarme a la cara. No sabe que yo guardo esa imagen con una claridad casi cruel.
A veces, cuando ella me da consejos sobre cómo “conseguir un hombre serio”, siento una risa pequeña y oscura subirme por la garganta. La trago. Me tomo el trago que tenga en la mano y cambio de tema.
Porque hay verdades que no se dicen.
Y hay putas que se ven demasiado de niña buena.
Y esa, exactamente esa, soy yo.







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