Lo saqué despacio.
Su agujero quedó entreabierto un segundo, brillante de aceite y de mí, antes de cerrarse un poco. Él seguía de rodillas en el sofá, temblando, con la frente apoyada en el respaldo y la respiración rota. Le acaricié una nalga y le dije:
—Date la vuelta.
Obedeció como pudo. Se giró y se dejó caer sentado, con las piernas abiertas y la verga todavía dura, goteando. Yo me arrodillé entre sus muslos. Tomé su verga con una mano… pero no fue lo primero que llevé a mi boca.
Me agaché más.
Le levanté un poco los huevos y le pasé la lengua por el culo que acababa de follar. Él se sobresaltó completo.
—¡No…! Eso… eso no se…
No terminó la frase. Yo ya tenía la lengua adentro otra vez, lamiendo el mismo lugar donde mi verga había estado segundos antes. El sabor era a aceite, a sexo y a él. Sucio y caliente. Lo chupé con ganas, sin asco, sin prisa. Después subí, le lamí los huevos y por fin me tragué la verga de un solo movimiento.
Él soltó un gemido tan alto que casi se convierte en grito.
Me agarró el pelo con las dos manos, sin saber si empujarme más profundo o apartarme. Yo no le di opción. Subía y bajaba con la boca llena, sabiendo exactamente de dónde venía el sabor que tenía en la lengua. Cada vez que lo miraba a los ojos, él negaba con la cabeza en un gesto incrédulo, casi infantil.
—Eso… se puede hacer…? —alcanzó a preguntar entre jadeos.
Saqué la verga de mi boca solo lo suficiente para contestarle, con un hilo de saliva conectándome todavía a él:
—Sí. Se puede. Y te gusta.
Volví a engullírsela. Esta vez más profundo. Sentí cómo le temblaban los muslos a ambos lados de mi cabeza. Él estaba en shock. No solo por el placer: por la idea misma. Nunca había imaginado que alguien pudiera follarle el culo y después chuparle la verga con la misma boca, como si todo formara parte del mismo acto. La sorpresa se le notaba en la cara, en la forma en que abría y cerraba la boca sin encontrar palabras.
Seguí chupándolo con ritmo constante, a veces bajando otra vez a lamerle el culo solo para escucharlo quejarse de puro nerviosismo excitado. Su verga latía fuerte contra mi lengua. Estaba al borde. Yo lo sabía. Pero todavía no lo dejaba cruzar la línea.
Lo miré desde abajo, con la boca llena de él, y sonreí con los ojos.
Todavía faltaba el final.






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