Después me incliné hacia la mesita y tomé el frasco de aceite que había visto antes, cuando rebuscaba. No era lubricante de verdad, solo aceite de cocina que él usaba para freír, pero serviría.
—Date la vuelta —le dije.
Él me miró confuso.
—¿Cómo…?
—Date la vuelta. De rodillas. Apóyate en el respaldo.
Obedeció torpe, como si no entendiera del todo qué venía. Se arrodilló en el sofá, de espaldas a mí, con el culo hacia arriba y la cara escondida entre los brazos. Le bajé un poco más el pantalón. Sus nalgas eran pálidas, suaves, de hombre que no se ejercita. Le abrí las mejillas con las dos manos y escupí directo en el centro.
Él se tensó.
—Señorita…
—Calla.
Unté mis dedos con el aceite y empecé a rodearle el agujero despacio. Primero solo rozando. Después con un poco más de presión. Metí un dedo. Él soltó un gemido ahogado y apretó los cojines. Esperé a que se acostumbrara. Después metí el segundo. Lo abrí con cuidado, girando los dedos, sintiendo cómo se resistía y al mismo tiempo cedía.
—Nadie… nunca me había… —alcanzó a decir.
—Lo sé.
De la maleta saque mi strapon,
(solo uno de esta comunidad lo conoce jejeje)
Saqué los dedos, me unté la verga de caucho con más aceite (aunque no era mía, me hice a la idea de guiarla) y acomodé la cabeza gruesa contra su entrada. Empujé despacio. Al principio no entró. Él apretó con fuerza. Le acaricié la espalda y volví a empujar, más firme. La cabeza se abrió paso. Él soltó un sonido grave, casi un llanto, y clavó los dedos en el sofá.
Seguí empujando. Centímetro a centímetro. Sentía cómo su culo me apretaba, caliente y tembloroso. Cuando por fin la tuve casi completa adentro, me detuve. Él respiraba entrecortado, con la frente apoyada en el respaldo.
—¿Duele? —pregunté.
Negó con la cabeza, pero cuando habló la voz se le quebró:
—No… es que… nunca pensé que alguien… me fuera a hacer esto.
Empecé a moverme. Despacio al principio. Entraba y salía con cuidado, dejándolo sentir cada centímetro. Él gemía sin control. En un momento miré hacia un lado y vi que tenía los ojos húmedos. No estaba llorando del todo, pero las lágrimas se le habían asomado. Era una mezcla de dolor, placer y una emoción tan grande que no sabía cómo contenerla.
Aceleré un poco. El sonido de mi cadera golpeando su culo llenó la sala. Él empujaba hacia atrás a tropezones, buscando más aunque le costara. Le agarré el pelo entrecano y lo obligué a arquearse.
—Dilo —le ordené.
—Me está… me está cogiendo el culo… —soltó entre jadeos, y la frase le salió tan rota que casi se le escapa un sollozo.
Seguí follándolo así un buen rato. Su verga, todavía dura por la pastilla, colgaba entre sus piernas y goteaba pre-semen sobre el sofá. Cada vez que empujaba profundo, él soltaba un quejido nuevo. No era solo sexo. Era como si le estuviera sacando años de soledad a empujones.
Cuando sentí que estaba al límite, me detuve del todo, todavía dentro de él, y le susurré al oído:
—Todavía no te corras.
Él asintió, temblando, con la cara mojada y la voz hecha un hilo.
Acababa de tomarle algo que nadie más le había tomado.
Y él casi llora de la emoción.






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