Su respiración se volvió corta, irregular, casi un sollozo contenido. Yo no me detuve. Seguí chupándolo con el mismo ritmo constante, profundo, sabiendo exactamente lo que estaba a punto de pasar.
—Señorita… ya no… ya no aguanto…
Lo miré desde abajo y asentí con la cabeza, sin sacar la verga de mi boca. Esa fue su señal.
Se corrió con un gemido largo, grave, que pareció sacarle todo el aire del cuerpo. La primera descarga me golpeó fuerte contra la lengua, caliente y espesa. Tragué. La segunda y la tercera llegaron justo después, llenándome la boca hasta que se me escapó un poco por la comisura de los labios y me bajó hasta el mentón. Seguí chupando despacio, exprimiendo cada gota, mientras él se estremecía y soltaba sonidos rotos, casi de llanto.
Cuando por fin dejé de salir nada, saqué su verga con cuidado. Quedó blanda, sensible, brillante de saliva y semen. Me limpié la boca con el dorso de la mano y me quedé arrodillada entre sus piernas, mirándolo.
Él tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos húmedos y el pecho subiendo y bajando con fuerza. Parecía vaciado por dentro. No solo del orgasmo: de años de no tocar a nadie, de no ser tocado, de no atreverse a pedir nada. Me miró como si no entendiera del todo cómo había terminado así, con una muchacha de la cuadra arrodillada frente a él y el sabor de su propio culo todavía en mi lengua.
Me levanté despacio. Recogí mi ropa y me vestí sin prisa. Él seguía sentado en el sofá, con el pantalón bajado y la expresión perdida. Cuando ya estaba lista, me acerqué, le limpié un resto de semen que le había caído en el muslo y le di un beso corto en la frente.
—Descansa —le dije.
Salí de la casa en silencio. Crucé la calle. El aire de la noche me pegó en la cara y me devolvió un poco al mundo real. Detrás de mí, la reja oxidada se cerró con un chasquido suave.
Esa noche el Cucho de la cuadra se corrió en mi boca después de dejarse follar el culo por primera vez.
Y yo me fui a casa con el sabor de él todavía pegado a la lengua y una sonrisa pequeña, oscura, que nadie más iba a entender.
Porque a veces lo que más prende no es la belleza.
Es la necesidad. Y la que no es puta… no disfruta.






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