Él soltó un sonido ahogado, mitad sorpresa, mitad miedo. Le puse las manos en los muslos y sentí cómo se le tensaban. Desabroché el pantalón con calma, bajé el cierre y saqué su verga. Era gruesa. Más gruesa de lo que esperaba. Pesada, de piel oscura y venas marcadas, pero estaba apenas a medio endurecer. Flácida todavía, tibia, un poco húmeda en la punta.
Lo miré a los ojos mientras la sostenía.
—No tienes que hacer nada —le dije—. Solo déjame.
Acerqué la cara y la olí primero. Olor a jabón y a hombre limpio. Pasé la lengua despacio por debajo, desde la base hasta la cabeza. Él tembló completo. Volví a lamer, esta vez más lento, rodeando el glande con la punta de la lengua. Después la metí en mi boca.
Era gruesa y todavía blanda, así que pude empujarla profundo sin problema. Sentí cómo se iba llenando poco a poco dentro de mi garganta. Chupé con ganas, con ritmo, con ruido. Usé la mano para subir y bajar la piel mientras mi boca hacía el resto. Él soltaba gemidos cortos, agudos, como si no pudiera creer que esto le estuviera pasando. Me agarró el pelo con torpeza, sin apretar, solo para tener algo de qué sostenerse.
Después lo empujé un poco hacia adelante en el sofá. Le bajé más el pantalón y le levanté las piernas. Él se resistió un segundo, confuso. Yo no le di tiempo a preguntar. Le abrí las nalgas y le pasé la lengua por el culo.
Se tensó entero.
—Ay… no… —susurró, pero no se apartó.
Volví a lamer. Despacio al principio, después con más presión. Le escupí y metí la lengua un poco más adentro. El sonido que hizo fue casi un sollozo. Su verga, que todavía estaba en mi mano, se puso completamente dura de golpe. Gruesa, caliente, palpitando. Seguí comiéndole el culo mientras lo masturbaba. Él temblaba, apretaba los cojines del sofá y soltaba sonidos que no parecían de un hombre de su edad.
Cuando sentí que estaba a punto de corrérsele, me detuve. Subí la cara, le miré los ojos vidriosos y le dije:
—Todavía no.
Él asintió, sin aliento, como un niño al que le acaban de enseñar algo prohibido.
Me sequé la boca con el dorso de la mano y me quedé arrodillada entre sus piernas, mirándolo. Su verga seguía dura, brillante de saliva, apuntando hacia mí. La casa estaba en silencio. Solo se escuchaba su respiración agitada.
Yo sonreí.
La noche apenas empezaba.






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