Solo el sonido de la tela cayendo y su respiración cada vez más pesada. Él me miraba como si estuviera viendo algo que no le pertenecía, algo que podía desaparecer si parpadeaba demasiado.
Me subí encima.
Acomodé una rodilla a cada lado de sus muslos y tomé su verga con una mano. Seguía gruesa, caliente, completamente dura después de lo que le había hecho con la boca y la lengua. La froté un poco contra mi coño, dejándola resbalar entre los labios, sintiendo cómo me abría apenas. Él soltó un gemido bajo y agarró mis caderas con las dos manos, torpe, como si no recordara cómo se tocaba a una mujer.
Me bajé despacio.
Entré centímetro a centímetro. Era grueso y me costó un poco al principio. Apreté los dientes y respiré hondo hasta que lo tuve completo adentro. Me quedé quieta un segundo, sintiendo cómo me llenaba, cómo latía dentro de mí. Él tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y la boca entreabierta. Parecía a punto de romperse.
Empecé a moverme.
Lento primero. Subía casi hasta sacármela y después me dejaba caer con todo el peso. Cada vez que lo hacía, él soltaba un sonido ahogado, como si le doliera de lo bueno que le resultaba. Aceleré poco a poco. Mis tetas rebotaban frente a su cara y él, al fin, se atrevió a tocarlas. Las apretó con manos grandes, un poco ásperas, y se incorporó para chuparme un pezón. Su bigote me rozó la piel y me provocó un escalofrío raro, casi tierno.
Me agarré de sus hombros y cabalgué con más fuerza. El sofá crujía debajo de nosotros. El sonido de mi culo golpeando contra sus muslos llenaba la sala. Yo gemía sin cuidado, mirándolo a la cara, disfrutando de verlo perdido. Ese hombre que apenas se atrevía a saludarme en la calle ahora estaba debajo de mí, temblando, jadeando, dejándose usar.
En un momento me inclinó hacia adelante y me abrazó con fuerza, escondiendo la cara entre mis tetas. Se movía hacia arriba a tropezones, buscando más profundidad. Yo le agarré el pelo entrecano y lo obligué a mirarme.
—Así… justo así —le dije.
Él asintió, sin voz, y siguió embistiéndome desde abajo mientras yo me dejaba caer una y otra vez. El placer era denso, pesado, distinto. No era el sexo limpio y atlético de los tipos jóvenes. Era algo más crudo, más necesitado. Cada embestida parecía sacarle años de contención.
Sentí que él estaba cerca. Se le tensaron las manos en mis caderas y su respiración se volvió irregular. Yo no me detuve. Seguí montándolo con ganas, apretándolo por dentro, mirándolo mientras se deshacía debajo de mí.
Todavía no lo dejé corrérsele.
Todavía no.
Pero esa montada lo dejó temblando y a mí empapada, con las piernas flojas y una sonrisa satisfecha.
La noche seguía teniendo varios capítulos por delante.






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