Después de la montada me quedé un rato encima de él, recuperando el aliento. Su verga seguía dentro, pero ya empezaba a ablandarse. Lo sentí perder firmeza poco a poco. Él tenía los ojos cerrados y una expresión casi dolida, como si supiera que el momento se le estaba escapando.
Me levanté despacio.
Su verga salió de mí ya medio flácida, brillante de mis fluidos. Me limpié un poco entre las piernas con mi propia camiseta y empecé a recoger la ropa del piso. Él me miraba desde el sofá, todavía con el pantalón bajado y la respiración agitada.
—Ya me voy —dije con calma.
Él se incorporó de golpe.
—Espere… por favor.
Se agachó hacia la mesita de noche y abrió un cajón. Sacó una pastilla azul pequeña, la miró un segundo y se la metió a la boca sin agua. La tragó con dificultad. Después me miró con una mezcla de vergüenza y esperanza.
—Es… para esto —murmuró, señalando su verga ya casi completamente blanda—. A veces… no se sostiene.
Asentí sin decir nada. Me quedé de pie, semidesnuda, observándolo. Los minutos se alargaron. Él estaba nervioso, mirando su propio cuerpo como si esperara un milagro. Yo me crucé de brazos y esperé.
Al principio no pasó nada.
Después, despacio, su verga empezó a llenarse otra vez. Primero un poco. Luego más. Las venas se marcaron. La cabeza se puso más oscura. En menos de quince minutos estaba otra vez gruesa, dura, apuntando hacia arriba con una firmeza que no había tenido ni siquiera cuando lo chupé.
Él soltó un suspiro tembloroso, casi de alivio.
—Funcionó…
Me acerqué de nuevo. Me arrodillé entre sus piernas y la tomé con la mano. Estaba caliente, pesada, completamente recuperada. Lo miré desde abajo y sonreí.
—Entonces no me voy todavía.
Él negó con la cabeza, rápido, como si temiera que yo cambiara de opinión. Yo lo acaricié despacio, sintiendo cómo latía contra mi palma. La pasta azul le había devuelto algo que él creía perdido por esa noche. Y yo iba a aprovecharlo.
Me subí otra vez a sus piernas, pero esta vez no me la metí de inmediato. La froté contra mi coño, dejándola resbalar, marcándola con mi humedad. Él me agarró las caderas con más seguridad que antes. La pastilla no solo le había endurecido la verga: le había devuelto un poco de confianza.
Lo miré a los ojos y le dije bajito:
—Ahora sí vamos a usarla bien.
Él asintió, sin voz, y me dejó hacer.
La noche acababa de ganar una segunda parte mucho más larga.






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