meados y cerveza trasnochada, como a pola pasada, como a borracho de suelo, como a jabon rey y detergente blanco en pol0vo. En colombia me entienden mejor, pero para ti, mi querido costarricense (gracias por el regalito) una chaza común.
Ya íbamos medio ebrios cuando surgió el juego. No sé quién lo propuso primero. Solo sé que de repente estábamos riéndonos como idiotas y yo acepté. La regla era simple: yo me quedaba en el baño de hombres y los dos que no estuvieran tirando en la mesa de bolirrana, entraban conmigo. para el que no se familiariza, es un juego de seis bolas metalicas que deben entrar en una maquina con huequitos. Es un juego comun en colombia (googlealo ps)
El que llegaba recibía un beso… o una bluyiniada, o una mamada. Dependía de cómo me sintiera en el momento. Ellos se turnaban en la mesa de billar para que siempre hubiera uno afuera y dos adentro, o uno adentro y yo esperando.
La primera ronda fue casi tímida. Entré al baño, que olía a desinfectante barato y a orina vieja. NI LUCES HABIA, NO SABIA QUIEN ENTRABA Me paré frente al lavamanos y esperé. Al rato abrió la puerta el más alto de los dos. Se rió al verme ahí, se acercó y me besó con sabor a cerveza.
Le bajé el cierre, saqué su verga todavía medio blanda y la metí en mi boca sin mucha ceremonia.
Él soltó un gruñido y se apoyó en la pared. No duró mucho. Cuando se corrió, me limpié la boca con el dorso de la mano y le di una palmada en el culo para que saliera. El otro entró casi de inmediato. Ese ya venía más duro. Me agarró del pelo y me la metió más profundo. Me gustó. Me gustó el olor a hombre sudado, el sonido de la puerta entreabierta y el riesgo de que alguien más entrara.
Hubo cuatro rondas. En cada una el baño se volvía un poco más sucio, un poco más caliente. A veces solo los besaba y los dejaba con las ganas. Otras veces me arrodillaba completo y los dejaba correrme en la lengua. En una de las rondas, mientras tenía la verga de uno en la boca, el otro se puso detrás de mí y me subió la falda. Me metió dos dedos sin avisar. Yo gemí alrededor de la verga y eso los puso todavía más locos. Salíamos del baño riéndonos, con la ropa acomodada a medias, y volvíamos a la mesa como si nada hubiera pasado. Los tipos de las otras mesas nos miraban de reojo. Yo solo sonreía.
Para cuando terminamos la cuarta ronda ya estábamos todos demasiado borrachos y demasiado calientes. Fue entonces cuando uno de ellos dijo:
—Vamos a un motel.
Yo miré hacia la entrada. El tercer amigo acababa de llegar. No lo había visto bien todavía. Solo una silueta alta, de espaldas, hablando con el mesero. Asentí. La noche ya había cruzado una línea y no tenía ganas de volver atrás.
Salimos juntos. El aire de la calle me pegó en la cara y me dio un poco de lucidez. Pero no suficiente.








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