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Relatos y Experiencias

VACACIONES EN PAREJAS (PARA TODO HAY UNA PRIMERA VEZ)

Estábamos de vacaciones, lejos de casa, en un sitio con escenarios naturales maravillosos. Al llegar al hotel, le escribí a nuestros amigos, a quienes habíamos conocido un año atrás, por esta misma época, y acordamos vernos en un restaurante bar muy noventero.  

La vista de nuestras habitaciones era estupenda. 

Allí estuvimos conversando. Noté un entusiasmo extraño, puesto que era la primera vez que sosteníamos un encuentro como este y, por supuesto, nuestra expectativa era enorme.

Después de romper el hielo con un brindis y algunos sorbos de cerveza, siguieron las risas y los relatos propios de esos que van en búsqueda de aventura y tienen anécdotas de viajeros. Muy a gusto entramos en confianza y me fijé que Álvaro observaba sin discreción alguna a mi esposa, Sandra, quizá por su blusa algo escotada, que dejaba a la vista buena parte de su busto, por demás decir que sus tetas son del tamaño de un par de pomelos.

Eso, antes que molestarme, me dio gracia. Siempre tendrás lobos acechando a tu presa.

Y, a decir verdad, Laura también merecía esas mismas miradas, por lo que estábamos a mano. Dicho sea al paso, noté claramente que  ella consentía con mucha picardía el asunto, y ni qué hablar de Sandra, quien no se inhibió por eso y más bien se comportaba vanidosa. 

De repente noté que Álvaro en un descuido se acomodó algo allí abajo, donde el borde de la mesa no dejaba ver. Sería una erección, que luego no pudo ocultar cuando se levantó para ir al baño. Me sorprendió bastante que Sandra no dejó de chequearlo, como tratando de resolver su morbosa inquietud. ¿Acaso tenía más determinación que yo?

Después de unas cervezas y ya bien entrada la noche, la música y el alcohol pusieron en nuestra actitud la valentía que faltaba. Álvaro invitó a la pista a Sandra, con la mala suerte que cambiaron el tipo de música por una más lenta. Creí que volverían pronto, pero Sandra siguió sin ningún reparo, entonces comprendí que las cosas tomaban un rumbo que ciertamente liberarían mucha adrenalina.

Inevitablemente la charla con Laura surgió allí solos, esperando a nuestra pareja. Charlamos sobre  lo bien que se veían bailando, hasta que ella llamó la atención sobre lo cerca que estaban el uno del otro. 

Parecían uno solo. La oscuridad del lugar creó ese ámbito de misterio y privacidad. Pasados unos minutos pudimos ver que Álvaro estaba más que cerca a ella, brillaba la hebilla de su cinturón contra ella, o mejor dicho, restregaba su bulto a mi mujer, y ella parecía en una posición no muy cómoda pero sí a gusto, con sus piernas ligeramente más abiertas.

Quizás era mi impresión, no sé, pero reconozco  con cierta vergüenza que ver eso superó mi nerviosismo hasta incentivar mi excitación.

Esa misma que habrían tenido aquellos, quienes a pesar de acabarse la pieza musical seguían bailando y en vez de disimularlo se ponían al punto de besarse, como si sus labios anunciaran el beso, pero prefirieron echar su rostro sobre el cuello del otro.

Laura y yo nos vimos sin saber qué decir. Nos reímos de lo que pasaba para no tener que decir mucho y sortear nuestra propia timidez. Al menos la mía, de la que era consciente.

Luego le echamos un ojo de nuevo y ella ya tenía cruzados sus brazos detrás de su cuello y estarían cruzando su lengua con el intenso beso que ahora los unía.

Ella, Laura, en el mismo instante puso su mano en mi pierna, como llamándome a concentrarnos en lo propio. Me miró fijamente para sugerir lo que deseaba y nos besamos. Fue un beso que sacó de mi mente cualquier preocupación o celo y me trajo de vuelta a nuestra mesa, donde ella, una mujer muy guapa, y yo teníamos todo para pasarla bien.

La besé con ansias infinitas, encendidos por esa escena desafiante de aquellos dos, que nos iniciaba en eso para lo cual habíamos acordado la cita.

No sé cuánto duró, pero nos interrumpieron unas voces. Ellos regresaron a la mesa y no nos dimos cuenta.

Hicimos algunos comentarios, un tanto vacíos, sobre cualquier tema irrelevante, como quien no quiere prestar importancia al asunto que nos ocupaba previamente, y propusimos salir de allí e ir al hotel donde nos alojábamos, que no estaba muy lejos.

Pronto estuvimos en el hotel. Al llegar al ascensor se sintió un silencio lapidario. Pensé que todo acabaría allí y terminaríamos con Sandra cogiendo muy cachondos después de semejante calentada con otra pareja.

Pero no… Álvaro y Laura pasaron a nuestra habitación y se tumbaron sobre la cama. Se comían a besos, sin vacilar, ni formalidades, muy crudamente. Mi esposa y yo nos miramos y con cierto recato los imitamos allí en pie. Quedó solo la luz del baño encendida, lo que nos daba un ambiente especial, yo diría que perfecto para nuestra actitud de primerizos.

Arrecho como estaba me arrojé al ruedo y empecé a levantar la blusa de mi esposa. Puse unos de sus pezones en mi boca y terminé de zafarle el sostén. Bajé su pantalón y quedó apenas con un diminuto bikini, que estaba notoriamente empapado con su lubricación vaginal.

Estaba mojadísima la muy zorrita. Pude comprobar que ese baile en el bar me la dejó como un helado derretido, tanto que parecía haberse hecho pis.

En un santiamén Álvaro y Laura ya se habían deshecho de su ropa. Estaban desnudos, con sus intimidades a la vista. Laurita parecía una tragasables, pues se tragó por completo el pene de su hombre, que sin lugar a dudas era más grande que el mío. ¡No sé cómo no se ahogaba!

Enseguida él se hizo al filo de la cama y extendió su brazo. Con la yema de sus dedos alcanzó  la almejita de mi esposa y corrió con dificultad su bikini para insertar parte de su dedo, que luego llevó a su boca para probar el jugo que hizo escurrir. Ya en eso me aparté.

Me senté en un sillón, en la esquina de la habitación donde podía contemplar la cama. Álvaro me miró con duda, atento a mi reacción, pero al ver que inicié a darme una buena paja comprendió mi consentimiento, de modo que muy voluntariosamente le quitó el bikini y dejó en cueros a Sandra.

Ella abrió sus piernas para estimular a aquel a hacer su trabajo y, vaya sorpresa, Laura resultó gustar de mi mujer, puesto que se sumó a complacerla como si se tratara de la ayudante de su marido.

Mientras este le lamía el coño, aquella le besaba las tetas y acariciaba su rostro como si se tratara de una paciente sometida a un cuidadoso tratamiento.

Sandra se retorcía y soltaba unos jadeos de placer puro y duro. Yo, que me sentía excitadísimo, pronto me sentí más cachondo cuando oí que Sandra no tuvo pudor en pedir que se lo pusiera a mamar

Pero ¡qué coños es esto! Este sin vacilar puso su menudo chorizote frente a su cara, a lo cual ella no se puso con penas sino, muy al contrario, empezó a chupar como desesperada, tal como si hubiera esperado toda una vida para comerse una polla enorme, a la que ahora haría muy suya. Por supuesto, aquel imbécil resoplaba como un potro y se retorcía como si cada chupón le soltara una descarga eléctrica en su alma.

Al ver a Laura a horcajadas, de espaldas a mí, me sentí como un rey en su trono, espectador un alucinante espectáculo. Me acomodé enseguida en la orilla de la cama y me deslicé como una serpiente para acariciar su coño. Ella se respingó al sentir las yemas de mis dedos invadiéndola. Me apresuré a recorrer su almeja con mi lengua, dando placer a su rojizo botoncito y los pliegues de su concha.

En eso oí que Álvaro le advertía a mi mujer que parara, que iba a acabar, pero ella, en vez de dejar que su leche cayera en otra parte, se aferró con más ganas a su vergota, mamando y frotándola en sus labios.

Este tío entendió perfectamente el mensaje y estalló en su boca. Un increíble chirrete se estrelló en las tetas y la barbilla de mi mujer y Laura dejó las tetas de Sandra para lamer  la leche que su marido había expulsado,, desapareciendo casi todo.

Fue la primera vez que vi a mi esposa besar a otra mujer. Al principio vi que se contuvo un poco, pero finalmente la lujuria se apoderó de ella y llevada por el morbo y su instinto se atrevió.

Aquel se recostó a un lado, exhausto. Esas hembras, con su calentura intacta, comenzaron a hacerme lo mismo, con una sincronía que solo puede resultar de una común perversión. Fue una mamada que subió el nivel de mi morbo. Sus lenguas lamían mi pene palpitante, lo relamían y succionaban de tal forma que yo parecía el más poderoso de todos. Me deleitaba al máximo cuando Sandra echó un vistazo atrás, donde estaba Álvaro, y le rogó que la penetrara. 

Volví en sí al sentir el empujón. Sandra, que no paraba de mamármelo, ahora era cogida por aquel, quien se la metió de un solo golpe. Entonces Laura inmediatamente la relevó, despojándola de mi verga y se acomodó encima mío, justo para clavarse mi verga en sus entrañas.

Mi mujer, en cuatro, era culiada fuertemente por aquel. Sus tetas se sacudían como campanas y sus nalgas sonaban contra la pelvis del que le hundía a fondo su polla. Laura, por su parte, cabalgaba sobre mí, con sus ojos cerrados, fantaseando quién sabe qué cosa, contoneándose y aplastando con fuerza mis huevos, como si quisiera que la cabeza de mi verga traspasara su útero.

Entonces miré fijamente a mi mujer, hasta que logré captar su atención… Le pregunté discretamente, entre señas y vocalizando, si quería aquello que algunas veces me confesó que fantaseaba hacer.

Al diablo todo, yo ya estaba muy cachondo.

Pasaron unos segundos antes que Sandra estuviera convencida de qué era lo que trataba de decirle. Me miró con lujuria, no dijo ni una sola palabra, para no sentirse incriminada, pero a la vez su expresión era de confesa necesidad, urgía mi complicidad. Así que le pedí a él y a Laura que se apartaran. 

Enseguida estos cedieron y yo tomé el control. Me puse debajo de mi mujer, quien estaba aún en cuatro, y así, ni más ni menos, se lo metí por ese coño empantanado hasta el fondo. 

Estaba deliciosamente dilatada, empapada por su jugo vaginal. Sujeté sus nalgas, las abrí, y en esa perspectiva aquel tuvo que observar con lujo de detalle ese culo grande y firme, también mi verga empalmada en el trajín de metesaca metesaca por su coño. Y, claro, cómo no, ese otro orificio, vacante, que aunque fuese pequeño estaba hambriento de verga.

Álvaro comprendió inmediatamente lo que ella estaba necesitando y cuál era su correspondiente tarea. Laura se sentó en la cama, mientras se frotaba la vulva con sus dedos, y aquel flexiono sus piernas para estar a la altura adecuada, puso la cabeza de su gran verga en el culito y al instante noté el sobresalto de Sandra.

Percibí que ya había sido penetrada. En mi pene sentí más presión, como si la masa que ocupó su tracto rectal desplazara las paredes vaginales, ajustando mi polla allí adentro. Qué sensación… Y se hizo más perceptible su presencia en aquel orificio de mi mujer cuando metía y sacaba ese bolillo tieso de carne como si fuera una sonda.

No sé cómo tuve el valor de tanto, pero las muecas de Sandra y sus gemidos me despojaron de cualquier sentido de la vergüenza.. Me sentía un hijo de la gran puta en esa maniobra perversa.

Para completar, Laura se colocó sobre mí, la muy puta puso su almeja en mi boca y yo, que estaba en la cúspide de la lujuria, le propiné una lamida que ni el gato más sediento, besando, lamiendo y chupando su vulva.

Ahí estábamos, él y yo penetrando los dos dos hoyazos de mi mujer, que en ese momento no era solo mía, con lo que ella tuvo que haberse sentido follada como nunca jamás. Y Laura, que tenía su chocho en mi cara, recibía también lo suyo. De un momento a otro Sandra empezó a jadear fuerte. Balbuceando nos pidió que no paráramos, que lo hiciéramos como hombres, tuvo el descaro de decir, y pronto experimentó un orgasmo que dejó sus piernas temblando.

Yo no pude contenerme más. Esa escena pronto me colmó, tanto así que me corrí dentro suyo, empujando hasta el último momento como una bestia.

Álvaro habría pasado por lo mismo, pues pronto se apartó y su polla ya se vio desgonzada, de la cual escurrían las últimas gotas de semen. 

Todos quedamos rendidos. Alguien miró el reloj y advirtió que ya eran las cinco y media de la mañana. Laura y su esposo tuvieron que marcharse porque habían dejado su vehículo afuera del hotel y podía haber sido recogido por la grúa, pero antes de marcharse Laura se volvió y nos dijo: no se vayan sin despedirse. Recuerden que me falta a mí tomar el lugar de Sandra.

No sabemos de dónde sacamos fuerza, pero a la mañana siguiente Sandra y yo nos cogimos como en la época de noviazgo, solo de pensar lo que habíamos hecho… y lo que vendría esa noche.


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