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Relatos y Experiencias

Desde muy joven Carlo se entregó a estudiar, los tiempos libres a ejercitar el cuerpo en costosos gimnasios, con instructores que le guiaban en su perfeccionamiento corporal. Graduado como profesional, se dedicó a la docencia y la asesoría empresarial. También estableció un almacén de ropa para niños y sorpresivamente pasaba para revisar el inventario, pues sospechaba que sus empleadas lo robaban. Compró un apartamento grande, en un sitio elegante y costoso.

Carla compraba por internet en almacenes de lujo la lencería, el maquillaje y el calzado también. Minifaldas y blusas vaporosas, pantis, tangas brasileras, cacheteros hacían parte de su ajuar, lo mismo que las bellas sandalias para sus bien cuidados pies, depositados en un armario cuya puerta cerraba con llave, pues a veces, su hermano estudiante de odontología la visitaba. Pasaba el tiempo y se consiguió un marido, un comerciante con negocios en Miami y que sólo venía una vez al año a consentirla. Todo se volvió rutina. En el gimnasio desarrolló un bonito cuerpo, de la cintura para abajo, nalgas redondas y piernas bonitas y firmes, era toda una reina.

No se podía decir lo mismo de la cintura para arriba, sin tetas, con el pecho y los sobacos peludos, en la cara la sombra de la afeitada permitía saber que tenía pelo abundante, una nariz aguileña con pelos sobresaliendo por las fosas de la nariz, nada atractiva.

En la soledad de su apartamento, vestida con una camiseta y pantalón cortico, buscando en internet, encontró un hombre como ella quería: viejo y activo. Se excitaba pensando en el encuentro, en entregarse toda. Sentada al ordenador o computador, tomaba su dildo de 25 cm. de largo y 6 cm. de diámetro, le untaba crema para manos y se sentaba en él a morbosear por chat con el viejo.

Intentaron el encuentro como tres veces, pero siempre se presentaba un inconveniente. Por fin lo lograron, una mañana de sol. En la portería del edificio el viejo se identificó como un profesional que llegaba a prestar un servicio. Ella lo esperó con la puerta del apartamento entre abierta. Estaba maquillada en exceso, con una peluca negra que le caía por la cara y lucía enormes aros en sus orejas, con pelos sobresaliendo como los del hombre lobo.

Cuando entró el viejo le tocó agacharse para apretarla por la cintura y ella sintió de inmediato su pene erecto. Pasaron a la sala, el viejo comenzó a besarle la nuca y mientras, se iba zafando el cinturón para luego bajarse el pantalón, Carla excitada hizo lo mismo con su falda quedando en cacheteros negros y medias veladas hasta la mitad del muslo, con sus sandalias más finas que permitían ver sus hermosos pies, con la uñas pintadas de rojo encendido. El viejo con experiencia en hembras, trató de ensayar una lamida del ombligo de su hembra, pero ella abrió los ojos sorprendida, creyendo que el viejo se bajaba a mamar. El viejo no se arredró por la expresión de sorpresa y volvió al ataque, mucha lengua en el cuello, quería quitarle el sostén pero ella no aceptó, no le gustaba que le tocaran su sostén con relleno. Luego fue a su alcoba y regresó con el amigo que la acompañaba cuando chateaba, lo untó con crema de manos y lo puso en la mesa de centro, se sentó encima y se clavó, bien clavada. Ahora el sorprendido fue el viejo, que nunca había visto tal cosa. Después, en el sofá Carla en cuatro y el viejo dándole, pero con cierta vergüenza pues su pene era tamaño mediano, nada espectacular, comparado con el que usaba la nena en sus momentos de excitación. El viejo eyaculó en ella, descansaron un rato y otra vez el viejo se reanimó, la puso a mamar, la puso en cuatro otra vez y una vez más se derramó dentro de ella, quien sintió ganas de correrse y se masturbó para completar su mañana de sexo con su viejo.

Carla tenía una buena colección de libros esotéricos. Le regaló un libro a su viejo machucante y nunca más se volvieron a ver.


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