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Me llamo Sofía, dentro de poco cumpliré 44 años, estoy divorciada y tengo una hermosa hija, Mariela, de 21 años. Nos llevamos muy bien, compartimos muchos gustos y secretos entre nosotras, aunque en ciertas cosas somos muy distintas. Por ejemplo, respecto de los hombres. Yo he reprimido durante años mis sentimientos y ganas de explotar de deseo, porque me casé con un imbécil que me arruinó la vida hasta que nos divorciamos y prácticamente 10 años sin tener un hombre en mi cama. Por suerte mi hija se toma las cosas de otra manera, sin prejuicios, y tiene una vida sexual mucho más intensa que la que yo he tenido jamás. Tenemos la confianza suficiente para que ella me cuente hasta a veces con detalles de sus aventuras. Lo cual reprimo hasta llegar a mi cama para satisfacerme. Trato de ser una madre moderna y, salvo advertirle que debe tomar ciertas precauciones, no le pongo límites.
El verano pasado, cuando sucedió lo que quiero contarles ahora, alquilamos un departamento en la playa para nosotras solas. Apenas nos habíamos instalado y a Mariela ya la estaba llamando su novio, Matías. Es un chico de 23 años, muy hermoso y amable, llevan 1 año de pololeo (noviazgo) los dos se llevan bien y forman una pareja simpática que se conocieron en la universidad.
Esa noche mi hija y su novio se fueron a bailar, y yo me fui a cenar con una amiga divorciada como yo y dos amigos, que nos habían invitado. Con uno de ellos, Alejandro un hombre de 47 años, yo tenía esperanzas de que sucediera algo. Estuvimos coqueteando toda la noche, insinuándonos cosas y diciéndonos frases con doble sentido; yo estaba segura que terminaríamos en la cama y estaba bastante excitada y a la vez nerviosa porque él me gusta mucho. Al final de la cena se ofreció a llevarme hasta el departamento en su automóvil, hablamos mucho, nos acariciamos un poco, pero cuando llegó el momento de pasar a algo más, yo estúpidamente me retracte como lo he hecho desde que me separé, sé que también lo deje excitado tanto como lo estaba yo, y al final se despidió de mí con un beso, entendiendo la situación dándome mi espacio y tiempo. Para entonces estaba yo muy caliente, y tuve que quedarme así ya con mi tanga humedecida.
Excitada y enojada conmigo misma por no permitirle a Alejandro continuar, entré al departamento y allí me esperaba una sorpresa. Entre con mi cabeza hirviendo de deseo por Alejandro, lo había dejado ir y perder la oportunidad de sentirlo como hombre, sibí al segundo piso y escucho ruidos desde la habitación de Mariela, me acerque despacio, pensando que dormía y solo era el sonido de afuera. La puerta estaba junta no cerrada, y al poner mi oído se escuchaba gemidos y quejidos… al abrir un poco y encontré a Mariela y a Matías en la cama, recostados desnudos. Mi hija tenía las piernas abiertas con las piernas cruzando su espalda y su novio estaba sobre ella moviendo sus caderas con fuerza sobre ella. De él tengo en mi memoria su espalda ancha, cubierta de sudor, con los músculos marcados por el esfuerzo, por el moviendo rítmico penetrando a mi hija por la vagina, notaba su pene grueso, brilloso por los fluidos que escapaban de la cavidad de mi hija . Ella gemía de placer, esos gemidos y grititos eran afrodisiaco para mis oídos.
Me quede observando por algunos minutos, quizás fueron mas de lo que mi mente asimilaba, Ella no podía más y le pedía que la penetrara fuerte, que ya no aguantaba, que estaba por venirse de un momento a otro, así Matias volvió con su mástil a bombear la entrada de la conchita de Mariela, pero esta vez no fue lento ni de refregar, de un envión se lo clavo hasta el fondo. Los ruidos de la cama junto a los gemidos que emitía ella, eran señal inequívoca de que aquel semental le estaba dando duro. La tomaba de las caderas se iba arremetiendo contra ella. La penetración era más acelerada y fuerte, lograba oír el golpe de sus testículos chocando contra las nalgas. Los movimientos eran cada vez más frenéticos y los suspiros de mi hija alertaban de un orgasmo inminente que no tardó en llegar, abandonándose en un sonoro gemido
-…”ahhh ohhh siiiii siii dámelo amor, dámelo, estoy acabando” balbuceaba mi hija desplomándose en la cama
Sin darme cuenta había ingresado a la habitación quedando casi frente a ellos, Me quedé helada, sin saber qué hacer. Mariela cerró los ojos y se aferró más a Matías, acariciándole la espalda con sus manos y enlazando sus piernas a la altura de los riñones de su novio. Él giró la cabeza y me miró; sentí que me desnudaba con sus ojos. Era hermoso, y verlo en esa situación resultaba por demás erótico. Toda su potencia de hombre al servicio del sexo.
Por fin reaccioné y me fui a mi habitación haciendo un ligero gesto con mi mano dirigido a ellos, como que estaba todo bien. Las piernas me temblaban un poco, jamás había visto a otra pareja teniendo sexo delante de mí, y menos a mi hija. Pero me pareció que lo mejor era no apartarme de mi rol de madre moderna y dejarlos hacer. Después de todo, muchas veces le había dicho a Mariela que prefería que lo hiciera en mi casa, con un conocido, y no en cualquier lugar con un desconocido.
En mi cuarto me quité el vestido que había llevado a la cena, también el sostén, y me puse mi camiseta de dormir que es blanca, sin mangas, y apenas me cubre el trasero. Me acosté pero no podía dormir; se me venía a la mente la imagen de Alejandro y enseguida la de mi hija que a pocos metros de donde estaba yo tenía sexo con su novio.
En eso la escuché gritar muy fuerte, y luego quejidos y un llanto. Pensé que podía pasarle algo de modo que salí silenciosa de la habitación y me aproximé nuevamente a su habitación a espiar. Mariela estaba ahora en posición de perrito, desde atrás Matías la sujetaba por las caderas y le decía "aguanta, aguanta un poco más", pero mi hija gritaba como si la estuvieran desgarrando. Su rostro estaba transfigurado por el dolor pero su novio no se detenía, e impulsado hacia delante apoyaba el pecho en la espalda de mi hija montándola por completo.
La posición en cuatro que estaba Mariela me excitaba de sobremanera y ver como esa tremenda verga intentaba entrar en su cavidad anal. De pronto Matias se detenía bajaba su cara para meter la lengua dentro del agujero, lamiendo queriendo lubricarlo aún más, así mismo lo hacía con sus dedos, penetrando la entrada para ensanchar las paredes, le pedía abrir más las piernas de manera de penetrar la mayor cantidad de dedos. Ella paro más el culo, a lo que el abrió las nalgas con sus manos quedando totalmente expuesta esa pequeña entrada, era maravilloso ver como la lengua daba círculos alrededor del esfínter así como a lo menos un par de dedos intentaban penetras y traspasar la barrera, que con lo lubricado que estaba no costo trabajo penetrar, un gemido salió de mi hija que seguramente si lo estaba gozando.
Volví a mi cuarto y me metí bajo las sábanas. Los gritos seguían y mi calentura iba en ascenso. Me quité las bragas y empecé a masturbarme. Con una mano acariciaba mis pezones por debajo de la camiseta y con la otra me froté el clítoris. Lancé un suspiro. Tenía la concha húmeda, me metí el dedo índice y mayor, mientras con el pulgar seguí frotando mi clítoris.
En el dormitorio continuo los ruidos continuaban. Ahora los dos gritaban, decían cosas propias del acto sexual, podía imaginarme todo lo que estaban haciendo y alimentaba mi excitación. Aceleré el movimiento de mis dedos, los hundí muy rápido, furiosamente, sentí venir mi orgasmo y lo liberé con un grito en el que explotó toda mi calentura y me hizo arquear el cuerpo sobre la cama. En ese momento me di cuenta de que la casa estaba en silencio, y que mi alarido final debió escucharse en todas partes.
Me quedé quieta largo rato, relajándome, hasta comprobar que los ruidos no regresaron. Mi hija y su novio debían estar durmiendo. Entonces me levanté a buscar un poco de jugo, porque tenía la garganta seca.
Estaba yo de pie en el comedor a oscuras sirviéndome un vaso de jugo cuando Matías apareció a mi lado. Estaba completamente desnudo. No pude evitar admirar su cuerpo enorme recortado en las sombras, atlético y velludo. Y aunque tenía el miembro relajado, me pareció de un largo y un grosor impresionante. Le colgaba entre las piernas como un trozo de manguera. Además, tenía toda la piel de su miembro retraída por lo que el glande estaba expuesto.
-…”Sofía, quiero agradecerle que no haya regañado a Mariela ni a mí por lo que estábamos haciendo” - me dijo en voz baja.
-…”Qué va, ustedes son jóvenes y hacen bien en disfrutar” -respondí tratando que no me temblara la voz -… “No te preocupes”. Continúe.
-…”De verdad quiero agradecerle” -insistió él, dando un paso hacia mí-
-… “No todas las madres son tan comprensivas como usted”.
Me causó gracia que me tratara de usted y se lo dije.
-…”Me haces sentir más vieja” -le reproché con una media sonrisa.
-…”Le debo el respeto que usted se merece” -dijo él, que seguía serio.
-…”En todo caso”-agregué poniéndome seria yo también- …”quizá no sea correcto que estés hablándome aquí frente a mí totalmente desnudo. Quizá podrías cubrirte un poco”...
-… “No pensé que sería problema” -respondió- …”En todo caso, usted también está prácticamente desnuda”.
Recordé entonces que sólo llevaba puesta la camiseta, y de entre mis piernas subía el olor de mis jugos.
-…¿Acaso escucharon algo? -pregunté.
-“La verdad, yo la escuché. Debió ser muy rico, aunque algo solitario ¿no cree?”
Matías estaba muy junto a mí, su voz era un susurro, y me ponía nerviosa. No podía evitar que mi vista se dirigiera hacia el péndulo que le colgaba entre las piernas.
-…”¿Quieres un poco de jugo?” -pregunté para salir de la incómoda situación.
Giré hacia la mesa, dándole la espalda. Juro que pude sentir los ojos de Matías incrustado sobre mi trasero desnudo. Serví un poco de jugo y cuando volví a girar de frente a él rocé accidentalmente su pene con mis caderas. Ya no estaba tan flojo, lo tenía a medias erecto.
El novio de mi hija bebió del vaso mirándome a los ojos y avanzó un poco más hacia mí, hasta el punto que su verga quedó suavemente apoyada en mi vientre. Parecía que sabía cuánto la deseaba, porque la verdad es esa: deseaba tocársela, mamarla y que me la metiera bien profunda.
-…”Quizá no debería estar tan sola Sofía” -me dijo, y sentí su tibio aliento- …”Una mujer como usted no merece estar sola”.
Me apoyó su mano en la concha y rápidamente introdujo un dedo. Yo estaba tan mojada que se deslizó sin problemas. Se me escapó un gemido.
-..”No.... Mariela...”-traté de decir.
-…”Mariela duerme, no se preocupe” –respondió él en mi oído-
-…”No haremos nada malo, sólo quiero ayudarla en este momento”.
Matías se pegó contra mí, me dio un beso muy profundo en la boca y metió otro dedo más en mi vagina. Por instinto separé un poco mis piernas. En ese momento no me cuestioné nada, sólo quería gozar.
El novio de mi hija me masturbó maravillosamente, mi vagina estaba completamente inundada por mis jugos y no tardaría en sentir otro orgasmo. Comenzó a acelerar las penetraciones, metiendo sus dedos más al fondo tocando la pared final de mi conducto… ya no aguante más, y solté un pequeño gritito de gozo al llegarme el orgasmo, como la vez anterior hubiera querido gritar y aullar de gozo. Él ahogó mis gemidos apretando más sus labios contra los míos y llenándome la boca con su lengua.
Fue en ese momento que al sacar sus dedos de mi vagina comenzó a brotar cantidad de fluidos que bajaban por mis piernas. Se me aflojaron las piernas y hubiera caído, pero él me cargó en sus brazos y así me llevó hasta mi dormitorio. Me depositó suavemente sobre mi cama boca arriba, me tomó por los tobillos y me hizo flexionar las piernas de tal manera que mis rodillas quedaron contra mis tetas.
Él se quedó de rodillas, erguido frente ante mí. Lo veía enorme. En esa posición frotó su verga todo a lo largo de mi raja. Me temblaba el cuerpo de la excitación y moví un poco mis caderas, dándole a entender que deseaba que me penetrara. Pero él se hizo desear un poco más. Manteniendo mis piernas flexionadas, apoyó las manos en mis muslos y me abrió. Toda mi concha quedaba expuesta para él.
Matías tomó su larga verga en la mano y me dio unos golpecitos en el clítoris que lo sentía hinchado y palpitante. Luego apoyó la cabeza en la entrada de mi vagina y se quedó quieto. Loca de excitación estiré mis brazos, lo aferré de las caderas y lo empujé contra mí.
La penetración fue total, profunda, y me arrancó un gemido. El novio de mi hija tenía una herramienta formidable entre sus piernas y acababa de clavármela toda. Se movió lentamente, sacándola toda y volviéndola a meter. Me arranqué la camiseta y comencé a masajearme las tetas, a pellizcarme los pezones, a retorcerlos.
Entonces Matías tomó mis piernas otra vez y las puso sobre sus hombros. Mi cadera quedó en el aire, él se hizo hacia delante, completamente estirado en la cama, y su rostro quedó a centímetros del mío. Su verga estaba completamente plantada dentro de mí y me hacía un poco de daño cuando la punta topaba en el fondo de mi vagina.
Matías me bombeaba sin clemencia pese a mis quejidos. Mis piernas en sus hombros, mis brazos sujetados por sus manos, impedían que yo controlara siquiera un poco la situación. Sólo podía limitarme a recibirlo una y otra vez.
-…”Sienta Sofía”-me decía cada vez que entraba a fondo- …”Sienta mi carne dentro suyo. Sienta” -y me volvía a clavar profundamente- …”sienta, usted es una mujer que merece sentir. Sienta. Sienta como se llena su concha con mi verga adentro”.
Sus embestidas eran cada vez más rudas y potentes, y yo sentía dolor a cada empujón, pero también un placer increíble. Tenía el rostro de Matías sobre mí, pegado al mío, y le caía una gota de sudor por la nariz.
En un momento dado giré un poco la vista y vi -o creí ver- que en la oscuridad mi hija Mariela estaba también en el dormitorio, apoyada contra una pared, con una de sus manos entre sus piernas. Mi hija estaba viendo cómo su novio se cogía a su madre, y se excitaba con eso como yo me había calentado antes viéndola a ella.
Sus dedos tenían vida propia deslizándose por su abertura vaginal y, mientras yo engullía la verga de su novio, entretanto ella disfrutaba de un orgasmo, pues escuchaba sus gemidos. Todo eso fue demasiado para mí y exploté en un largo y placentero orgasmo. Matías se quedó quieto, con su verga profundamente metida en mí, la cabeza apoyada contra mi útero, y en esa situación largó una densa y abundante descarga.
-…”Sienta Sofía”-gimió- …”sienta que la estoy llenando”.
Quedé desvanecida después de vivir eso tan intenso. Cuando desperté, sola en la cama, el sol estaba alto ya. Por un instante pensé que todo había sido un sueño pero no, ahí estaba yo desnuda, con las piernas aún algo abiertas y la concha pegoteada por mis jugos y la abundante eyaculación de Matías.
Los chicos no estaban. Tomé una ducha y me sorprendí porque aún escurría semen de mi vagina.
continuará