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Hola, buenos días, aquella madrugada empezó con algo tan simple como un “¿y si nos tomamos un café?”. Pero desde el primer segundo yo sabía que ese café no era inocente. Con ese hombre nunca lo ha sido. Su voz gruesa, su mirada fija y ese aire de macho imposible me encendían más que cualquier trago o caricia.
Nos encontramos afuera de la clínica Bucaramanga , lo sé un lugar poco sexual pero el único que encontramos abierto cerca a mi casa a esa hora, llegamos ahí, después de un corto recorrido en su imponente camioneta TXL, con dos tazas de café de un puesto callejero que jamás me hubieran provocado en otras circunstancias. Pero con él, hasta un sorbo amargo sabía a pecado. Hablaba poco, siempre firme, siempre seguro, y en cada silencio yo me descubría deseando que me rompiera la calma, que me tomara ahí mismo, sin pedir permiso.
No pasó nada esa primera vez, aunque los dos lo quisimos. Pero desde ese café empezó todo: años de encuentros a destiempo, de cogidas que no tienen comparación. Él sabe cómo llevarme al límite, cómo ponerme de rodillas sin una palabra, cómo hacerme gritar como si el mundo se acabara. En sus manos no soy más que puro instinto, puro fuego.
Han pasado más de nueve años desde aquella madrugada, y todavía cada vez que me escribe “¿y si nos tomamos un café?”, yo sé lo que realmente significa: deseo desbordado, sexo crudo, la promesa de volver a perderme en ese hombre imposible que me tiene marcada para siempre.