Compartir en:
Hola. Esto pasó hace un par de años; de antemano, perdón por la ortografía.
Yo estaba —y aún estoy— en una relación seria, pero siempre tuve esa fascinación por las mujeres maduras: sus curvas, su experiencia… ya saben, gallina vieja hace buen caldo.
Todo empezó en un día normal en Popayán. Yo trabajaba en un centro comercial del norte, cerca de la entrada de la ciudad. Con mi pareja la relación se había vuelto rutinaria y sentía que en el sexo faltaba algo. Un día, hablando con un compañero de trabajo, salió el tema y me contó que en Facebook había una parte llamada Parejas, donde había conocido a algunas chicas. La curiosidad mató al gato, así que decidí crearme una cuenta.
Al principio, las chicas jóvenes no me atraían, hasta que subí el rango de edad a 40 años. Ahí todo fue diferente. Fue entonces cuando me topé con una dama llamada Claudia. Hicimos match enseguida y la conversación empezó a fluir. Yo era un poco tímido, pero cada día se volvía más picante.
Cuando reuní el valor para decirle que quería verla en persona, me contó que trabajaba en zona rural del Cauca como profesora, pero que el fin de semana estaría en la ciudad. Así que quedamos un sábado por la tarde, cerca del parque Benito Juárez. No pensé que la conversación fuera tan amena, pero cuando llegamos al parque ya era de noche. Nos sentamos en el banco más apartado y no pude resistirme: la besé.
—Qué rico —me dijo—, he esperado toda la tarde este beso.
—Ya no podía aguantarme —le respondí—, te ves muy linda.
—Quiero probar otra cosa.
Al principio no entendí, hasta que acercó sus manos a mi pantalón. Me puse nervioso, pero poco a poco bajó la bragueta y me hizo sentir algo que nunca había vivido. No aguanté mucho. Cuando terminamos, nos miramos, reímos y miramos alrededor: un grupo de personas se acercaba.
—¿Mañana qué haces? —me preguntó—. Tengo una reunión familiar ahora y llegaré tarde.
—Te escribo y me dices.
—Entonces así quedamos.
La acompañé cerca de su casa. Nos despedimos con un beso largo, eterno y delicioso.
Al día siguiente, domingo, le escribí como a la una de la tarde. Me respondió que nos viéramos en cuarenta minutos en un motel; tenía muchas ganas de verme. Yo, que era bastante novato en ese tema, tuve que llamar a un amigo, quien me dijo que en el barrio Bolívar había residencias muy baratas (no me juzguen, apenas conocía estos lugares). Le escribí que nos viéramos en la bomba de Al frente, cerca de una residencia que me habían recomendado.
Cuando llegó, me dijo:
—Qué lindo.
—Con ganas de besarte.
Me tomó de la mano y me llevó hacia adentro. Pedimos la habitación. No había mucho que destacar: un televisor, una cama que se veía limpia y un baño. Al cerrar la puerta, se sentó en el borde de la cama y, sin mediar palabra, empezó a desvestirme y chuparmela, lleno de babas todo mi miembro. Yo tuve que detenerla un momento porque ya estaba a punto de perder el control. Sus ojos brillaban de deseo.
Cuando la desvestí, abrió las piernas y me dejé llevar por el momento y me tiré a comerme su concha tenía un poco de pelo y estaba un poco sudada pero eso me puso más caliente. Ella gemía pidiendo más, hasta que se entregó por completo.
—Quiero que me cojas duro —dijo entre gemidos.
No me hice rogar. El ritmo, sus caricias y sus gritos me llevaron al límite. Luego me pidió que cambiáramos de posición, y sin pensarlo me dejé guiar se puso en cuatro y que se la metiera por el chiquito al correrme y sacarla tenía trosos de mierda. Fue una experiencia nueva para mí, intensa y sin miedo. Al final, nos miramos, exhaustos, y sonreímos.
Nos metimos al baño, nos limpiamos y aún tuvimos otra ronda más. Cuando terminamos, nos vestimos, salimos y nos despedimos. Pero dentro de mí había despertado algo nuevo. Hubo más encuentros, todos igual de intensos, y así se abrió para mí el mundo de las mujeres maduras… y de qué forma.
Perdón por algunos errores. Es mi primer relato y un recuerdo que nunca se me podrá olvidar. Muchas gracias; espero que les guste.






