Compartir en:
Últimamente Pablo siempre está en tránsito.
Aeropuertos que se parecen entre sí, husos horarios que nos desacomodan las ganas. A veces creo que viaja tanto para no quedarse, para no tener que explicarse.
No coincidimos para fin de año, así que aprendimos otra forma de estar, él siempre parece tener tiempo para llamar cuando yo no debería tenerlo para contestar. Eso, sospecho, no es casualidad.
—No cuelgues —dice apenas respondo—. Me gusta cómo suenas cuando estás ocupada.
Sus llamadas llegan sin aviso. No pregunta si puedo atender; su nombre ilumina la pantalla como una orden suave, educada e inevitable. Yo sigo con lo mío: conducir, trabajar, caminar. Él no necesita detalles; los imagina mejor de lo que yo podría describirlos.
Habla poco. Entre nosotros la cortesía es un estorbo. Si podemos y queremos, el deseo se enciende solo. Avanzo entre el tráfico y el ruido mientras su voz se instala con una calma que desentona con el caos exterior.
—¿Dónde estás? —pregunta al fin, con voz baja, como si alguien pudiera escucharlo.
—En el carro.
Hace una pausa. —¿Sola?
No respondo enseguida. Giro el volante, miro el semáforo. Él sonríe del otro lado, lo sé. —Sí.
—Bien —dice—. Entonces sigue manejando… pero hazlo despacio.
Sonrío sin querer.
Él siempre ha sido demasiado bueno observando lo que no se ve.
—Respiras distinto cuando manejas —continúa—. Más corto… como si estuvieras conteniéndote.
Me gusta saber que sigue ahí. Usualmente no me pide nada concreto. Nunca lo hace.
—Me imagino tu oficina ahora mismo —añade—. Tan ordenada por fuera… tan poco alineada por dentro.
Aprieto los dedos contra el volante.
Él lo sabe. Siempre lo sabe.
—Pablo… —digo, casi como una advertencia.
—Tranquila —responde—. Solo estoy hablando. Muestra qué llevas puesto —dice después, como quien pregunta la hora.
Le muestro los leggings negros ajustados y la camisa suelta que cae sobre mi cuerpo. Su tono cambia, se vuelve más denso, más crudo.
—Sácate las tetas, perra.
Obedezco en silencio. Él no necesita confirmación, sabe que tengo las manos sobre mi propia piel mientras el resto del mundo cree que solo voy conduciendo.
Antes de llegar al edificio, me ordena cubrirme, pero me prohíbe volver a guardarlas en el sostén. Terminamos la llamada ahí, en el filo de la anticipación.
Entro al lobby sintiendo el roce helado del aire y la tela directamente sobre mis pezones. Me cruzo con Martín en el ascensor. Él está sumergido en una llamada, ignorando que a centímetros de su brazo, estoy yo, semidesnuda bajo mi ropa formal, excitada por una voz que viaja desde otro continente. Esa indiferencia de los demás me vuelve loca; soy una bomba de tiempo caminando por la alfombra de la empresa.
Siento vibrar mi celular, y entra un texto de él.
Al entrar a mi oficina, el celular vibra. Un texto: “¿Ya estás sola?”.
“Sí”, respondo.
“Perfecto. Me gusta imaginarte ahí”.
Inmediatamente, entra la llamada.
—Tan correcta por fuera… tan consciente de que esta llamada no es inocente.
—Pablo…
—Shhh —interrumpe—. Déjame hablar a mí un momento.
Bloqueo la puerta con el pestillo. El silencio aprieta. Reviso el calendario: nadie me interrumpirá en los próximos veinte minutos.
Hace otra pausa. Más lenta.
—Quiero que sigas escuchándome mientras trabajas —continúa—. Que hagas exactamente lo que tenías planeado… sabiendo que yo estoy aquí.
Comienzo a bajar mis manos una a mis tetas y la otra debajo de mi mesa, estoy muy mojada, y Pablo sabe que me pone así.
— Estás ganosa, puta
— Siempre
— Necesito una puta como tú aquí
— Y yo tu verga para sacarte toda la leche...
— Estás muy puta hoy. Me gusta llenarte esa garganta. Eso es... —dice, como si pudiera verlo—. No cambies el ritmo. Me gusta así. Dime cuando quieras que pare o no me digas nada. Ambas cosas funcionan para mí.
— No quisiera parar.. quisiera que estuvieras aquí apoyando mis tetas sobre la mesa, tirando de mi cabello mientras me dices lo puta que soy.
—Eso pensaba. Por eso te llamo cuando menos lo esperas, perra. Ahora sigue. Pero más despacio. Como si alguien pudiera entrar en cualquier momento.
El contraste me eriza la piel.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de esto? Que para el mundo esto es solo una llamada de oficina. Pero tú y yo sabemos que no lo es. Empieza a gemir para mí… y pide permiso antes de correrte.
—Pablo… por favor… déjame terminar—. Mis pezones están erectos contra la madera del escritorio, mi cara arde y mi clítoris palpita en un estallido inminente.
—Hazlo —autoriza con una frialdad que me hace arder.
Me quiebro contra la mesa, ahogando un gemido mientras mi cuerpo se sacude en un orgasmo violento y solitario. Pablo escucha cada espasmo, cada rastro de mi rendición.
—Bien —dice él, con una calma aterradora—. Ahora límpiate, arréglate la ropa y vuelve a ser la mujer seria que todos creen que eres. Pero que cada vez que alguien te hable hoy en esa oficina, recuerdes que hace un momento suplicabas por mi verga.
Cuelga sin esperar respuesta. No hay despedida.
Me quedo inmóvil, con el corazón golpeando las costillas y la respiración rota. Me abrocho la camisa con dedos torpes y me miro en el reflejo de los cristales de la oficina: mi rostro encendido, labios hinchados y los ojos todavía nublados.
Salgo al pasillo y saludo a un colega con mi mejor máscara profesional, pero por dentro estoy vibrando. Pablo tiene razón: no es alivio lo que siento. Es el peso de su voz, un eco oscuro que me recorre las piernas cada vez que doy un paso. Nadie afuera lo sospecha, pero él acaba de follarme a miles de kilómetros de distancia.






