Guía Cereza
Publicado hace 1 día Categoría: Tríos 309 Vistas
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La noche de la fiesta de disfraces

Decidí ir disfrazada de gata negra, simple y muy provocativa: solo un antifaz negro que ocultaba la mitad de mi cara y resaltaba mis ojos pintados de kohl, una blusa negra ajustada y semitransparente que dejaba ver mis pezones sin sujetador, y una falda corta de cuero negro que apenas cubría mis muslos. Debajo, un tanga diminuto y medias de red hasta la cintura. Orejas puntiagudas y una cola larga que se movía con cada contoneo. El piercing en mi pezón derecho rozaba la tela con cada paso, y el de mi vagina me mantenía constantemente consciente de lo expuesta que estaba.

La mansión vibraba con música techno, luces estroboscópicas y cuerpos apretados. Bailé sin freno, rozándome con mujeres que me sonreían con complicidad y con hombres mayores que me devoraban con la mirada. El calor y el deseo me tenían la piel ardiendo.

Lo primero pasó en la pista. El vampiro elegante, alto, con canas en las sienes, se pegó a mi espalda. Sus manos grandes agarraron mis caderas bajo la falda de cuero y me guiaron al ritmo. Sentí su erección dura contra mi culo. Subió una mano por debajo de la blusa, pellizcó mi pezón derecho y tiró suavemente del piercing hasta hacerme jadear. La otra mano se coló bajo la falda, apartó el tanga y jugó con el piercing de mi vagina, girándolo, presionando, calentándome hasta dejarme al borde, mojada y temblando de excitación.

De pronto, otras manos empezaron a tocarme: dedos desconocidos rozando mis muslos, alguien apretando mi culo, otra mano intentando subir por la blusa. La multitud se había vuelto más atrevida, más hambrienta. En medio del caos, noté que él ya había bajado la cremallera y tenía el pene fuera, caliente y duro contra mi mano. Lo alcancé a tomar, lo apreté un segundo, sintiendo cómo palpitaba, pero me detuve en seco.

Me giré un poco, lo miré a los ojos y le susurré al oído: «No soy una puta. Si quieres esto, vas a tener que esperar».

Él sonrió lento, sin ofenderse, y respondió con voz ronca: «Ok… lo bueno se hace esperar. Nos vemos más tarde».

Me soltó despacio, guardó su miembro y se mezcló de nuevo entre la gente. Yo, con el cuerpo en llamas y las piernas flojas, decidí apartarme. Necesitaba calmarme, echarme agua fría en la cara, bajar un poco la temperatura antes de que explotara.

Subí al baño del piso de arriba. La puerta de un cubículo estaba entreabierta. Dentro, una pareja: ella de conejita sexy, arrodillada; él de lobo, pantalones bajados. Ella le hacía una mamada lenta y profunda, tragándose esa verga gruesa hasta la garganta, labios brillantes. Me quedé clavada. Me subí al lavamanos, levanté la falda de cuero y abrí las piernas. Empecé a tocarme con cuidado, rozando el piercing de mi vagina que ya palpitaba de todo lo anterior. Cada caricia era una tortura deliciosa. No podía dejar de mirar cómo esa polla entraba y salía de la boca de ella. Pero él… él no dejaba de mirarme a mí: mis pechos subiendo y bajando bajo la blusa semitransparente, el piercing de mi pezón derecho endurecido y visible, mi mano moviéndose rápido entre mis muslos, mi coño mojado abierto para sus ojos. Me calenté aún más, al borde otra vez, mordiéndome el labio hasta casi sangrar, pero no llegué al orgasmo. Él se tensó y se derramó en la boca de ella con un gruñido que casi me hace perder el control.

Bajé temblando, falda arrugada, tanga empapado, blusa pegada al sudor. Seguía ardiendo.

Y entonces los vi. Una pareja que me dejó sin aliento. Él, domador: camisa negra abierta, pecho fuerte, látigo en la cintura y mirada autoritaria. Ella, su leona: body de leopardo, collar ancho con argolla, caminando un paso detrás con gracia sumisa. Me miraron al mismo tiempo. Él sonrió lento, depredador. Ella se lamió los labios.

Me acerqué. Terminamos en un salón oscuro, sofás de terciopelo rojo, luz tenue. “¿Quieres ser nuestra gatita esta noche?”, preguntó él con voz grave que me erizó la piel. Asentí.

Me pusieron de rodillas. Él deslizó el látigo por mi espalda, por debajo de la blusa, tirando del piercing de mi pezón derecho hasta hacerme gemir. Ella me quitó el antifaz y me besó con lengua hambrienta. Me colocaron un collar improvisado con su correa. “Gatea”, ordenó. Lo hice, falda subida, culo al aire.

Me hicieron lamer sus botas mientras ella me azotaba las nalgas. Luego él agarró mi pelo y me guió hasta su polla, dura y venosa. La chupé con devoción mientras ella jugaba con el piercing de mi vagina desde atrás, rozándolo, tirando, calentándome sin piedad. Cambiamos una y otra vez: él follándome por detrás mientras yo lamía el coño dulce de ella; ella sentada en mi cara, ahogándome en su humedad, mientras él me penetraba lento y profundo; los dos besándose sobre mí mientras yo era su juguete perfecto.

Solo me dejaron correrme cuando él lo decidió: enterrado dentro de mí hasta el fondo, mientras ella tiraba al mismo tiempo del piercing de mi pezón y del de mi vagina. El orgasmo me atravesó como un rayo, intenso y largo, dejándome temblando y sin voz.

Al final me quitaron el collar con una caricia suave. “Buena gatita”, murmuró él. Ella me dio un beso largo y dulce.

Salí con los piercings palpitando, la blusa desabrochada, la falda de cuero pegada al sudor… y una sonrisa secreta, pensando en el vampiro y en su promesa de “más tarde”. Perdonen si no coordino la redacción o la ortografía pero lo resumí loas que puede tratare de hacerlo nuevamente un evento a la vez gracias por leerme

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