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El centro comercial brillaba con luces artificiales mientras caminaba entre la multitud de compradores. yo de relax, pero siempre con mi actitud, pero hoy, como cada semana, estaba aquí para algo más que cerrar tratos. Como empresario de éxito, tenía todo lo que el dinero podía comprar, pero mi verdadero placer residía en el control, en la dominación, en el arte del shibari y el BDSM que había perfeccionado durante años en el mundo swinger. Con mis cuarenta y cinco años, había aprendido que el poder verdadero no se ejercía en la junta directiva, sino en la intimidad, donde una mujer podía convertirse en mi obra de arte.
La reunión había sido casual, como siempre. Cuatro hombres y cinco mujeres, amigos de amigos, compartiendo una cena en el restaurante más exclusivo del centro comercial. Entre risas y conversaciones triviales, noté cómo Laura, una mujer de treinta y pocos años con una melena rubia que caía en ondas perfectas, me observaba con curiosidad. Sus ojos azules, inteligentes y penetrantes, no se perdían detalle de mis gestos, de cómo dirigía la conversación, de cómo mi voz firme hacía que todos escucharan con atención. No era la primera vez que una mujer sospechaba de mis inclinaciones, pero Laura parecía más perspicaz que las demás.
Terminamos de comer y, como siempre, me excusé para ir al baño a lavarme las manos. El baño de hombres estaba vacío, iluminado por luces frías que reflejaban las baldosas blancas. Mientras el agua caliente corría sobre mis manos, sentí una presencia detrás de mí. No me sorprendí cuando vi el reflejo de Laura en el espejo. Sus ojos brillaban con una mezcla de nerviosismo y determinación.
«Pablo,» dijo, su voz suave pero firme. «Tengo que hablar contigo.»
Me giré lentamente, secándome las manos con una toalla de papel. «Laura, qué sorpresa. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?»
Ella dio un paso adelante, acercándose tanto que pude oler su perfume, una mezcla de jazmín y algo más, algo más oscuro. «He estado observándote toda la noche. La forma en que hablas, en que miras a las mujeres… No es normal.»
Arqueé una ceja, permitiéndome una sonrisa. «¿Y qué es normal, Laura? ¿Qué esperabas encontrar en un hombre como yo?»
Ella tragó saliva, pero no retrocedió. «Creo que sé lo que te gusta. Creo que te gusta… dominar.»
La palabra quedó flotando en el aire entre nosotros, cargada de significado. Asentí lentamente, sin romper el contacto visual. «¿Y qué si es así? ¿Qué esperas hacer al respecto?»
Antes de que pudiera responder, dio un paso más y me besó. Sus labios eran suaves pero insistentes, y su lengua se deslizó dentro de mi boca con una audacia que me sorprendió. Mis manos, que habían estado relajadas a mis lados, se levantaron automáticamente para agarrar sus caderas, pero luego me detuve. No era así como quería que esto fuera.
Me aparté suavemente, manteniendo mis manos en sus caderas pero sin apretar. «Laura, si quieres jugar, vamos a hacerlo a mi manera.»
Ella asintió, sus ojos brillando con excitación. «Sí, Pablo. A tu manera.»
La giré y la empujé suavemente contra el lavabo, mi cuerpo presionando contra el suyo. Con una mano, le levanté el vestido hasta la cintura, revelando un par de bragas de encaje negro que apenas cubrían su trasero. «¿Te gusta que te miren, Laura? ¿Te gusta que sepan que eres mía?»
«Sí, Pablo,» susurró, su voz temblorosa pero emocionada.
Desabroché mis pantalones y saqué mi pene, ya duro y listo para ella. «Mira lo que me haces, Laura. Mírame.»
Ella se volvió y sus ojos se abrieron al ver mi erección. «Es… es enorme.»
«Lo sé,» dije, mi voz baja y dominante. «Y vas a hacerme venir con tus manos. Pero no antes de que te hayas tocado para mí. Quiero verte correrte primero.»
Ella asintió, sus manos temblorosas mientras se deslizaban dentro de sus bragas. Sus dedos comenzaron a moverse, acariciando su clítoris mientras gemía suavemente. La observé, disfrutando de la vista de su placer, de cómo sus ojos se cerraban y su respiración se aceleraba.
«Más rápido, Laura,» ordené. «Quiero que te corras para mí. Quiero verte perder el control.»
Sus dedos se movieron más rápido, más fuerte, y sus gemidos se convirtieron en gritos ahogados. «Oh Dios, Pablo… no puedo… no puedo parar…»
«Sí que puedes,» dije, mi voz firme. «Vas a venir para mí. Ahora.»
Con un grito ahogado, su cuerpo se tensó y luego se relajó, su orgasmo recorriendo su cuerpo. Sus fluidos mojaron sus dedos y sus bragas, y eso era exactamente lo que quería.
«Muy bien, Laura,» dije, mi voz baja y peligrosa. «Ahora, mastúrbame. Usa tus dedos mojados para hacerme venir.»
Ella obedeció, sus manos temblorosas mientras envolvían mi pene. Sus dedos, resbaladizos con sus propios fluidos, se deslizaron sobre mi piel, aumentando la fricción y el placer. Gemí, mis caderas moviéndose al ritmo de sus caricias.
«Más rápido, Laura,» ordené. «Quiero sentir cómo te corres otra vez mientras me vienes en la mano.»
Sus dedos se movieron más rápido, más fuerte, y sentí cómo mi orgasmo se acercaba. Con un gruñido, me vine, mi semen caliente y espeso cubriendo sus manos y mi pene. Pero no había terminado.
«Mastúrbate otra vez, Laura,» dije, mi voz firme. «Usa mi semen para hacerlo. Quiero verte correrte mientras te vienes con mi semen.»
Ella obedeció, sus dedos resbaladizos con mi semen mientras se acariciaba el clítoris. Sus gemidos se convirtieron en gritos mientras otro orgasmo la recorría, su cuerpo temblando de placer.
Cuando terminó, nos miramos en el espejo, nuestros rostros enrojecidos y nuestras respiraciones agitadas. «Vamos a la zona de comidas,» dije, abrochándome los pantalones. «Y luego nos despedimos. Espero saber de ti la próxima semana.»
Ella asintió, una sonrisa satisfecha en su rostro. «Sí, Pablo. La próxima semana.»
Salimos del baño y nos mezclamos con la multitud del centro comercial, como si nada hubiera pasado. Pero ambos sabíamos que algo había cambiado. Laura había probado un poco de mi mundo, y ahora quería más. La próxima semana, le mostraría exactamente de lo que era capaz.







