Guía Cereza
Publicado hace 1 día Categoría: Hetero: General 62 Vistas
Compartir en:

Era uno de esos fines de semana en los que el clima, indeciso y caprichoso, marca el ritmo del día. Una mañana borrosa pero cálida, un mediodía con sol que se desvanecía entre nubes pesadas, y una noche fría, estrellada, en la que el viento eriza la piel y despierta ese deseo instintivo de sentir otro cuerpo cerca, otro calor que abrace y despierte.

Llevábamos días aplazando ese encuentro, esa cita que prometía ser algo más que un helado compartido. Y cuando por fin nuestras agendas coinciden, quiero que sea especial, que quede grabado en tu memoria desde el primer instante. Te pido que te prepares, que te pongas ese vestido negro que solo he visto en fotos, el mismo que te hizo ver tan elegante en aquella fiesta. Te aviso que sobre las ocho de la noche pasaré por ti.

Yo también me preparo, quizás mejor que nunca. Cuido mi barba con precisión, acomodo mi cabello con calma. Elijo un pantalón azul oscuro, una camisa de manga larga color azul cielo, dejando dos botones desabrochados para insinuar sin decir. Ajusto la correa que combina con mis zapatos y me pongo el blazer café que tanto te gusta. Finalmente, el toque final: esa loción cuyo efecto en ti conozco de antemano… y que ya imagino despertando algo más que una sonrisa cuando me veas llegar.

Cuando llego a tu edificio, el reloj marca las ocho con un leve suspiro. Bajo del carro con calma, más para contener mis propios nervios que por protocolo. Ajusto el blazer y avanzo hacia la entrada, sintiendo cómo el aire frío de la noche se mezcla con el calor ligero de mi perfume.

Y entonces apareces.

La puerta del lobby se abre y, durante un segundo, el mundo parece detenerse. Tu figura se recorta contra la iluminación cálida del interior, y todo en ti habla de un magnetismo que no necesita presentarse.

Tu rostro irradia esa belleza cálida que ya conocía por fotos, pero en persona… es abrumadora. Tus ojos, grandes y oscuros, me encuentran con una intensidad que me atraviesa; perfectamente delineados, brillan como si guardaran un deseo escondido. Tus párpados sombreados añaden ese toque de misterio que hace imposible apartar la mirada. Tu sonrisa, apenas ahí, curva tus labios de manera tan sutil que lo único que provoca es querer acercarse más.

Tu cabello cae en ondas suaves que enmarcan tu rostro con una feminidad casi peligrosa. Bajo la luz del exterior, el brillo dorado de las mechas crea un halo casi hipnótico. Y luego la cadena fina sobre tu cuello… ese detalle pequeño que roba la mirada sin pedir permiso.

Pero es tu atuendo lo que me obliga a respirar hondo. Ese vestido negro de encaje abraza tus curvas con una precisión casi intencional, y el escote pronunciado insinúa más de lo que permite ver. La tela juega con la luz, dejando que ciertas sombras revelen apenas el contorno de tu silueta. No es lo que muestras… es lo que haces imaginar.

La joyería dorada se mueve contigo, discreta pero tentadora, y en tu postura relajada hay una mezcla de confianza, dulzura y una sensualidad que se siente, literalmente, en el aire.

—Te ves… —mi voz se quiebra apenas antes de que pueda cerrarse la frase— impresionante.

Tu sonrisa se amplía un par de milímetros. Minúscula. Letal.

Te acerco mi brazo para acompañarte hacia el carro y, cuando tu mano roza la mía, tu piel tibia despierta algo inmediato, casi eléctrico. Ese primer contacto sutil deja una vibración que sube por mi brazo y se instala en el centro del pecho, como un recordatorio de lo que ambos hemos estado conteniendo desde hace días.

Mientras te abro la puerta del carro, tu perfume se mezcla con el mío. Dulce, profundo… y peligrosamente cercano. Te inclinas ligeramente para entrar y el encaje negro se curva de una manera que me obliga a apartar la mirada solo para no dejar que mis pensamientos se adelanten demasiado.

Pero ya es tarde: la tensión está ahí. Marcando su propio ritmo entre nosotros.

Cuando cierro la puerta y rodeo el carro para subir, me sorprendo sonriendo sin querer. No sé si fue tu mirada, tu voz o el simple hecho de tenerte por fin frente a mí… pero algo en esta noche ya dejó claro que el deseo no va a esperar al final.

Va caminando con nosotros, desde el primer segundo.

Cuando cierro mi puerta y me siento a tu lado, el aire se llena de una electricidad suave, como si la noche se hubiese dado cuenta de lo que está a punto de ocurrir.

Enciendo el motor, pero tardo un segundo más de lo necesario en mirar hacia adelante. Siento tu mirada sobre mí… y cuando giro apenas el rostro para confirmarlo, nuestros ojos se encuentran. El contacto es directo, intenso, sin escapatoria.

No es una mirada casual.

Ni inocente.

Se sostiene un segundo largo, demasiado largo para dos personas que se supone solo iban a cenar. Tú alzas una ceja, apenas, pero lo suficiente para encender un pensamiento que arde lento.

Yo también me sorprendo mirándote más de lo debido. Cada vez que mis ojos se deslizan hacia ti, tú me descubres justo cuando intento disimularlo. Y lejos de apartarte, sostienes la mirada como si te gustara ese juego silencioso de atraparme en el acto.

Durante el trayecto, tu rodilla se acerca peligrosamente a la mía cada vez que tomas una curva imaginaria en el aire con tus dedos. La distancia entre nuestras pieles es tan mínima que el simple roce accidental promete más de lo que cualquiera se atrevería a decir.

Al llegar al lugar, el exterior está iluminado por luces cálidas que parecen flotar en la penumbra. Es un rincón íntimo de la ciudad: mesas de madera oscura, una barra discreta, y al fondo, un cuarteto de jazz deja caer notas suaves que se enredan en la piel como si acariciaran desde lejos.

El ambiente es perfecto: tranquilo, elegante… peligrosamente propicio.

Te acompaño a la mesa, y cuando te ayudo a sentarte, tu perfume asciende como un susurro tibio. Huele a algo que podría perderse entre mis manos.

Nos sirven una copa. La tuya primero. Tus labios se acercan al borde del cristal, y la forma en que los humedeces me obliga a desviar la mirada para no traicionarme demasiado pronto. Aunque sé que lo notas. Cada detalle en tus ojos indica que disfrutas verme perder la compostura sin que lo admita.

La conversación fluye suave al principio: trabajo, anécdotas, risas discretas. Pero el jazz, lento y grave, va tomando control de nuestras palabras. Y sin darnos cuenta, cada frase termina más cerca del límite, cada comentario parece acariciar una intención oculta.

—Así que… ¿te gusta el riesgo? —preguntas con una sonrisa que no tiene nada de inocente.

—Depende del tipo de riesgo —respondo, inclinándome hacia ti, bajando la voz como si confesara un secreto prohibido—. Algunos valen demasiado la pena como para evitarlos.

Tus dedos juegan con el borde de la copa, subiendo y bajando, siguiendo un ritmo que encendería cualquier imaginación. La luz tenue resalta el encaje de tu vestido, y por un instante la música parece detenerse solo para contemplarte.

—Creo que ambos estamos evitando decir lo que estamos pensando —susurras, mordiéndote apenas el labio inferior.

El comentario cae entre nosotros como una chispa sobre gasolina.

No digo nada. Solo te miro.

Y tú sostienes la mirada como si ya la hubieras estado esperando.

El cuarteto inicia una melodía más profunda, un jazz que invita al cuerpo más que a la mente. Tú te levantas lentamente, sin pedir permiso, y extiendes tu mano hacia mí.

—Ven. Creo que este ritmo se siente mejor… si se baila cerca.

Tomo tu mano. Es suave, cálida.

Te acerco.

Muy cerca.

Nuestros cuerpos se alinean con naturalidad, como si ya se conocieran desde antes. Tu respiración roza mi cuello. La mía se mezcla con tu perfume. Y mientras nos movemos lento entre sombras y música, tus manos se deslizan por mi espalda con una intención clara: comprobar cuánto puedo resistir antes de perder el control.

Y lo peor… o lo mejor… es que no quiero resistir demasiado.

El jazz cambia a un ritmo más profundo, casi carnal, y tú te pegas un poco más, como si la música te empujara suavemente hacia mí. Tus manos suben por mi espalda con una lentitud calculada, y tus dedos se detienen justo en el borde de mi cuello, lo suficiente para sentir mi respiración acelerarse.

Tu cuerpo se mueve contra el mío siguiendo el compás lento del saxofón, y cada vez que giras la cadera, la tela negra de tu vestido roza mi cintura en un gesto que no debería ser tan inocente… pero no lo es. Nada entre nosotros lo es.

Mis manos descansan en tu cintura, pero tú misma las guías hacia un punto un poco más arriba, un poco más cerca, como si quisieras que sintiera exactamente el contorno de tu silueta. Y lo siento. Cada curva. Cada línea. Cada intención escondida.

Tu mirada se pierde un segundo en mis labios, y cuando sube de nuevo a mis ojos, ya no hay vuelta atrás.

No hay advertencias. No hay palabras.

Solo un impulso.

Te acerco la mano a la mejilla, y tú te inclinas apenas, cerrando los ojos un instante que pesa más que cualquier frase. Cuando vuelves a abrirlos, el deseo es tan claro que duele.

Y entonces ocurre.

Nuestros labios se encuentran en un beso que empieza firme, casi urgente, pero que se vuelve profundo al instante. Tus manos se aferran a mi cuello mientras te aprieto contra mí, y el mundo alrededor desaparece. No hay música, no hay restaurante, no hay gente. Solo el calor tibio de tu boca, el ritmo acelerado de nuestras respiraciones, y la sensación de que ese beso podría durar una vida entera.

Es un beso que consume el aire, que exige más, que no pide permiso. Un beso sin final.

Cuando por fin te separas, lo haces apenas unos centímetros, con tus labios aun rozando los míos y esa sonrisa peligrosa encendida en tu rostro.

No hablamos. No es necesario.

Ambos sabemos exactamente qué acaba de cambiar.

Pagamos, salimos, y el frío de la noche nos recibe como un contraste violento después del fuego que dejamos dentro. Caminamos hacia el carro en silencio, pero cada paso junto a ti tiene una tensión física que vibra.

Te abro la puerta. Entras.

Y mientras rodeo el carro para subir, siento tu mirada clavada en mí, como si ese primer beso solo hubiese sido un anticipo… una invitación.

En cuanto cierro la puerta, el silencio entre nosotros es espeso, cargado. Te miro, tú me miras, y las respiraciones se sincronizan de forma inconsciente. Tu rodilla toca la mía… y esta vez no es un accidente. La mantienes ahí. Firme. Intencional.

Arranco el carro.

El camino hacia mi casa es un viaje lento, no porque la distancia lo exija, sino porque cada semáforo, cada curva, cada sombra que pasa se convierte en una excusa para mirarte de reojo. Y tú me miras de vuelta, sosteniendo la mirada con una mezcla de inocencia fingida y deseo imposible de disimular.

Tu mano, con una suavidad calculada, se posa sobre mi pierna. No sube. No baja. Pero la colocas en un punto exacto que me obliga a apretar el volante para no perder el control del auto… o de la noche.

Cuando llegamos a mi edificio, ahí sí no hay prisa.

Apago el motor. No nos movemos.

El silencio está al borde de romperse por el deseo.

—¿Subimos? —pregunto apenas, con la voz baja, casi ronca.

Asientes sin hablar.

Tu mirada responde por ti.

Al entrar al edificio, tu mano roza la mía… y luego la tomas con decisión. Tus dedos entrelazados con los míos dicen más que cualquier frase que pudieras susurrar. Caminas a mi lado con un paso lento, seguro, como si cada metro hacia el ascensor intensificara la tensión.

La puerta se cierra detrás de nosotros.

El ascensor sube.

El aire es caliente. O somos nosotros.

No nos tocamos.

Pero el deseo se siente.

Fuerte. Exacto.

Como un pulso que late entre los dos.

Cuando la puerta se abre y caminamos hacia mi apartamento, cada paso es una promesa. Cada respiración, un anticipo. Cada mirada, una invitación silenciosa.

Al abrir la puerta de mi casa, no te suelto la mano.

Y tú, en un gesto suave pero lleno de intención, das un paso hacia mí.

La noche se vuelve íntima en un solo movimiento.

Y lo que empezó como una cita… ya es una historia escrita por el deseo.

Apenas la puerta se cierra detrás de nosotros, el silencio se quiebra con un impulso inevitable.

Te acerco.

O te acercas tú.

No logro distinguirlo, porque ocurre todo al mismo tiempo.

Nuestros labios vuelven a encontrarse en un beso que absorbe el aire, que no entiende de pausas ni de prudencia. Es profundo, urgente, de esos que hacen olvidar dónde estamos parados. Tus manos buscan mi cuello; las mías, tu cintura. Y de pronto, la intensidad nos quita el equilibrio.

Retrocedemos unos pasos sin dejar de besarnos, riendo entre respiraciones entrecortadas mientras buscamos apoyo en la pared más cercana. Cuando tu espalda la toca, te aprieto contra mí, y el contacto es tan directo que por un instante siento cómo tu respiración se mezcla con la mía, caliente, desordenada.

Tus dedos empiezan a deslizarse por los botones de mi camisa, uno a uno, con una calma peligrosa que contrasta con el ritmo acelerado de nuestro beso. No me quito de tu boca… pero sí me dejo llevar. La tela se afloja, cae apenas, y la piel que queda expuesta recibe el roce de tus manos con una intención que me enciende por dentro.

Yo respondo igual.

Mis dedos siguen las líneas de tu vestido, rozando encaje, bordeando tus curvas, recorriendo tus hombros mientras tus labios se abren un poco más para invitarme a seguir.

El vestido cede bajo una caricia lenta, y cuando cae lo suficiente para revelar la lencería que llevas debajo, todo en mí se detiene un segundo. No por sorpresa… sino por deseo.

Es un conjunto oscuro, delicado, perfectamente elegido. El encaje se adhiere a tu piel como si también quisiera participar en esta tensión que nos envuelve. Los ligueros descienden en líneas que acompañan tus piernas y hacen que mi mirada se pierda sin remedio en cada detalle.

Mi camisa ya está abierta, mi blazer olvidado en el suelo, y la sensación de tu cuerpo tan cerca del mío hace que cada respiración se vuelva más profunda. Pero no hay prisa, no todavía.

La noche se siente larga.

Y tú…

tú estás ahí, frente a mí, con esa mezcla de dulzura y deseo que hace imposible mirar a otro lugar.

Nuestras frentes se tocan mientras recuperamos un poco de aire, solo para perderlo de nuevo cuando tus dedos viajan lentamente por mi abdomen hasta la cinturilla de mi pantalón. Lo desabrochas con una suavidad que contrasta con la intensidad del beso siguiente.

El pantalón cae.

Quedo frente a ti en la mínima barrera que la noche aún permite: bóxeres negros, sencillos, pero que ahora se sienten como un límite frágil ante lo que ambos estamos deseando sin decir.

Mi mano se posa en tu cintura, sube por tu espalda, sigue la curva de tus omóplatos y vuelve a tu mejilla. Te acerco de nuevo.

Otro beso.

Más lento, más profundo, más consciente.

El tipo de beso que no busca quitar el aire… sino entregarlo.

Sin palabras, nos separamos apenas lo necesario para mirarnos.

Tu pecho sube y baja.

El mío responde al mismo ritmo.

La tensión entre nuestros cuerpos ya no es una insinuación.

Es una invitación silenciosa…

a seguir donde la respiración, el tacto y la sombra nos lleven.

Tu respiración sigue temblando contra mi boca cuando mis manos toman suavemente tu cintura, esta vez con un poco más de firmeza. No dices nada, pero la manera en que tus dedos se aferran a mis hombros me da permiso para ser más directo.

Me inclino hacia ti, rozando tus labios con los míos una última vez antes de separar nuestras bocas. Te observo. Tus ojos brillan como si la noche se hubiera encendido dentro de ellos. Y justo en ese instante, te tomo por detrás de las piernas y te elevo con un movimiento decidido.

Tu pequeño sobresalto se mezcla con una sonrisa que delata que te encanta que lo haga así.

Te sostengo contra mí, tu cuerpo envuelto en esa mezcla de encaje y piel cálida, mientras avanzo por el pasillo. Nuestra ropa queda abandonada en la sala, caída donde la dejamos, como testigos mudos de lo que empezó ahí… y de lo que continúa ahora.

Tus brazos alrededor de mi cuello se aferran con más fuerza cuando giro para entrar a la habitación principal. La penumbra es suave, íntima, perfecta para esta tensión que no necesita luz para hablar.

Al llegar a la orilla de la cama, te sostengo un segundo más… solo para sentir tu respiración acelerarse contra mi oído. Luego, con un gesto firme pero cuidado, te dejo caer suavemente sobre las sábanas. Tu cuerpo se hunde en ellas con una mezcla de sorpresa y deseo contenido.

Me inclino sobre ti, apoyando una mano junto a tu cabeza. Con la otra recorro lentamente tu costado, siguiendo la forma de tu silueta. No toco donde no debo… pero paso lo suficientemente cerca como para que tu piel responda con un estremecimiento que puedo sentir desde aquí.

Desciendo primero hacia tu cuello.

Lento.

Muy lento.

Mis labios rozan tu piel con un beso que apenas toca… pero que enciende. Tu respiración se corta y tu espalda se arquea apenas cuando el calor de mi boca y la caricia de mi aliento se encuentran en el punto exacto que te eriza sin remedio.

Sigo subiendo hacia tu mandíbula, dejando un rastro de sensaciones que te obliga a cerrar los ojos. Tu mano busca mi nuca, pero yo la atrapo, entrelazando tus dedos con los míos, guiándolos hacia la cama en un gesto suave, firme, dominante.

Me detengo justo ante tus labios.

Nuestros rostros están tan cerca que tu respiración entra en mi boca.

Y entonces, te beso otra vez.

No es un beso suave.

Es profundo, decidido, lleno de esa tensión que los dos veníamos acumulando. Tus dedos se aferran a mis hombros, mis labios reclaman los tuyos, y cuando te suelto por apenas un instante, lo hago solo para morder con delicadeza tu labio inferior.

Tu leve gemido ahogado se mezcla con la manera en que tus piernas se tensan un segundo.

No hace falta más.

Regreso a tu boca, sellando el beso con un control claro… y una intención imposible de disimular.

La noche, ahora sí, pertenece por completo a nosotros.

Tu respiración sigue temblando contra mi boca cuando mis manos descienden lentamente por tus brazos, guiándolos hacia arriba, sobre tu cabeza. No te ato, no hace falta; la manera en que tus dedos se entrelazan entre las sábanas me dice que ya entendiste la intención.

Me inclino sobre ti, mi sombra cubriendo tu cuerpo, imponiendo una presencia que se siente más física que visual.

No te mueves.

No hablas.

Solo esperas.

Mi mano baja por tu costado, marcando un recorrido firme, reclamando cada curva como si estuviera haciendo un mapa de tu cuerpo. Tu piel responde inmediata, erizándose bajo mi toque, como si me hubiera estado esperando desde antes de entrar por esa puerta.

Me acerco a tu cuello.

Primero no lo beso.

Solo dejo mi aliento rozarlo, suave, caliente, lento.

Y tu espalda se arquea apenas, buscando el contacto que intencionalmente te niego unos segundos más.

Cuando al fin mis labios tocan tu piel, lo hago con una firmeza que no deja dudas: no es un beso dulce. Es un beso que marca territorio. Tus manos se tensan sobre la tela, tus rodillas se doblan un segundo, y tu respiración se corta justo antes de escapar en un suspiro que no intentas ocultar.

Mis labios avanzan hacia tu clavícula, siguiendo un ritmo lento que no corresponde con la intensidad de la tensión en tu cuerpo. Cada beso es una provocación, cada roce una orden silenciosa. Mi boca baja por tu pecho, sin prisa, dejando pausas que te obligan a anticipar el siguiente contacto.

Subo otra vez, recorriendo el camino inverso, más despacio, más cerca, más controlado, hasta volver a tu rostro. Mi mano toma tu mentón y lo eleva. Nuestros ojos se encuentran, y la forma en que me miras —entregada, expectante— encierra más deseo que cualquier palabra.

Me inclino sobre ti.

Muy cerca.

Tan cerca que tu respiración se mezcla con la mía.

—Así —susurro, con voz baja y grave—. Quiero sentir cómo respondes solo con esto.

Mis labios vuelven a los tuyos en un beso más profundo, más dominante, más decidido. No te doy oportunidad de pensar ni de huir del impulso. Tus manos, aunque libres, se quedan donde las dejé, como si mi voz hubiera sido suficiente para mantenerte ahí.

Mi boca baja de nuevo por tu cuello, por tu hombro, por la línea que divide tu pecho, deteniéndose justo donde tu respiración se vuelve más rápida. Mis manos la siguen, reclamando, explorando, guiando, mientras cada beso marca un punto de calor que se extiende por tu piel.

Y sin necesidad de decirlo, sabes exactamente lo que viene después.

La noche ya no es un escenario.

Es una rendición.

Una que tú estás ofreciendo…

y yo estoy dispuesto a tomar.

Tu espalda aún está hundida en la cama cuando apoyo una mano firme sobre tu cintura, deteniéndote justo cuando intentas incorporarte. No te lo digo con palabras. Te lo digo con el peso de mi palma, con la seguridad de mi gesto.

—No te muevas —susurro, apenas audible.

Tu cuerpo obedece al instante.

Tu respiración se acelera, no por miedo… sino por la entrega.

Esa entrega que yo controlo.

Me inclino sobre ti, mi sombra devorando la tuya, mi presencia cubriendo cada centímetro sin tocar más de lo necesario. Mi mano sube lenta por tu abdomen, marcando un camino que no pide permiso. Se desliza hacia tu pecho, pero no llega… se desvía en el último segundo hacia tu clavícula, provocando un suspiro que se te escapa sin poder evitarlo.

—Eso… —murmuro junto a tu oído— así te quiero.

Mis labios buscan tu cuello con una firmeza que no deja dudas. No son besos suaves. Son marcados, decididos, del tipo que deja la piel caliente y la respiración cortada. Te beso justo en el punto donde tu pulso late más rápido, y tu espalda reacciona de inmediato, arqueándose contra mi pecho.

Mis dedos bajan por tu costado, rozando el encaje que aún llevas puesto. Lo tomo entre mis dedos y lo deslizo lentamente hacia abajo, no para quitarlo, sino para recordarte que lo hago cuando yo decida, no antes.

Vuelvo a tu rostro.

Tomo tu mentón con firmeza y te obligo suavemente a mirarme a los ojos.

Es una orden silenciosa.

—No bajes la mirada —exijo, con la voz más grave.

Y no la bajas.

Tus pupilas tiemblan apenas, tus labios se entreabren, tu respiración intenta seguir el ritmo que yo marco… pero no puedes.

Y me encanta.

Inclino mi cabeza y te beso de golpe, sin aviso, profundo, dueño. Tu mano sube hacia mi nuca, pero la atrapo en el aire, guiándola sobre tu cabeza. La sujeto contra las sábanas, no con fuerza, sino con control. Tu jadeo contenido me indica que entendiste el mensaje.

Tú te entregas.

Yo decido el ritmo.

Desciendo otra vez por tu cuello, tu hombro, la curva suave donde la lencería abraza tu piel. Mis labios avanzan en una línea lenta, peligrosa, dibujando un recorrido que te deja temblando justo antes de llegar demasiado lejos. Y me detengo ahí, rozando apenas, respirando contra tu piel, sintiendo cómo tu cuerpo reacciona sin que yo tenga que tocar más.

—Te quiero así —susurro sobre tu clavícula— viviendo cada segundo… al ritmo que yo marque.

Mi mano sube por tu muslo, bordeando la liga, rozando el encaje sin apartarlo. Sigo el camino con la yema de los dedos, lento pero firme, hasta llegar a tu cintura. La tomo con ambas manos y te giro apenas, lo suficiente para que sientas mi dominio, para que tu cuerpo entienda que yo llevo el control de cada movimiento.

Vuelvo a subir por tu torso, dejando un rastro de besos más lentos, más profundos, más intencionales. Cuando llego a tu boca, no la beso enseguida; dejo que tu respiración choque con la mía un segundo más.

Luego te beso fuerte, profundo.

Y cierro ese beso con la mordida que sé que esperabas… firme, calculada, deliciosa.

Tus piernas se tensan.

Tus dedos se aferran a las sábanas.

Tu pecho sube y baja como si el aire escaseara.

La noche apenas empieza.

Y tú…

estás completamente bajo mi ritmo.

Tu respiración aún está temblando cuando tomo tu mentón entre mis dedos. No con fuerza, sino con esa firmeza que no pide permiso porque sabe que ya lo tiene.

—Mírame —ordeno en un tono bajo.

Lo haces al instante.

Esa entrega silenciosa me atraviesa de un modo que casi duele.

Me inclino, rozo tus labios sin besarlos del todo. Tu cuerpo quiere adelantarse al contacto, pero te detengo presionando apenas tu cintura contra el colchón.

—No te muevas… todavía.

Tus pupilas se dilatan. Tu pecho sube y baja con un ritmo que ya no controlas.

Y yo sí.

Desciendo por tu cuello con una mezcla de precisión y provocación, marcando un recorrido que te obliga a mantener la mirada fija en mí. Cada beso es más lento, más intencional que el anterior. Siento el estremecimiento que recorre tu piel bajo mi boca… y sonrío contra ella.

Mis manos bajan por tu torso, siguiendo las líneas de tu cuerpo como si las reclamara. Sigo hacia tu cintura y la tomo con ambas manos, guiándote, posicionándote sin una sola palabra más.

—Así —susurro, muy cerca de tu oído—. Exactamente así te quiero.

Me incorporo un poco, sin dejar de tocarte, sin dejar de marcar el ritmo. Con una mano, tomo tu muñeca y la llevo sobre tu cabeza. Con la otra, deslizo mis dedos por tu abdomen, lento, calculado, haciendo que tu respiración vuelva a quebrarse.

—No bajes los brazos —ordeno con voz firme, casi un susurro ronco.

Tus dedos se enroscan en la tela de la almohada, obedientes.

Me inclino sobre ti, bajando otra vez. Mis labios encuentras tu clavícula, tu hombro, la curva donde la tensión se acumula. Cada beso es profundo. Cada pausa es dominante. Cada respiración contra tu piel hace que arquees la espalda buscando más.

Mi boca sigue descendiendo, dejando un rastro de calor que te obliga a cerrar los ojos.

—No.

Ábrelos.

Tu mirada se encuentra con la mía, vulnerable, entregada, esperando.

Sostengo tu cadera con firmeza, guiando la postura exacta que quiero. Tu cuerpo responde, temblando suave bajo mis manos. Me acerco a tus labios otra vez y los reclamo con un beso lento, profundo, casi castigador. Cuando te muerdo el labio inferior, tu respiración se rompe de nuevo.

—Muy bien… así —susurro contra tu boca.

Tus piernas se tensan, tus manos se aferran donde pueden, y tu cuerpo entero vibra bajo el control que ejerzo sobre ti.

Me inclino aún más, mi boca bajando, mis manos guiando el ritmo, la presión, la postura, mientras la noche se vuelve más íntima, más caliente, más tuya y mía.

Y en ese instante en que tu respiración se vuelve un temblor y tu cuerpo se arquea buscándome con una urgencia que ninguno de los dos puede ocultar, me inclino sobre ti y dejo que sientas todo el peso, el calor y la firmeza de cada parte de mi cuerpo cubriendo el tuyo.

Tu piel reacciona al contacto; un estremecimiento te atraviesa desde la cintura hasta el cuello, como si cada centímetro estuviera respondiendo a mi presencia. Tus labios se abren apenas dejando escapar un gemido apenas audible, tu pecho sube y baja en un ritmo que ya no intentas contener.

Mi boca recorre tu cuello con una lentitud provocadora, marcando cada punto donde tu pulso se acelera. Mi mano se desliza por tu costado, reclamando cada curva, cada línea, cada tensión acumulada en tu piel. Y cuando mis dedos llegan a tu cintura, te tomo con firmeza, guiándote hacia mí para dejar claro que el ritmo lo marco yo.

En ese momento exacto, cuando te siento entregarte por completo me dejo ir en ti, mi firmeza siente tu humedad y el calor que de ti emana me abraza al recorrer y sentir cada centímetro de tu interior, un gemido unísono y bastante gutural sale de nuestro interior como si el aire existente en ese espacio ahora ocupado tuviera que salir de allí.

Tus brazos rompen las ataduras imaginarias y se aferran a mi espalda, arrastrando tus uñas por mi piel con una intensidad que me hace soltar un sonido bajo, grave, provocado solo por ti. Me miras con una mezcla de vulnerabilidad y deseo absoluto, como si tu cuerpo me estuviera pidiendo algo sin palabras.

Mi mano toma tu mentón con firmeza y te obligo a sostenerme la mirada.

—Así… no te me escapes —susurro sobre tus labios, rozándolos sin besarlos del todo.

Tu respiración se corta, y tu cuerpo responde al comando de inmediato, tensándose bajo mí como si esperara la siguiente orden.

Me muevo lentamente, controlando cada centímetro, cada gesto, cada respiración que compartimos. La habitación entera parece encenderse alrededor del ritmo que marcamos. Siento tu cuerpo vibrar bajo el mío, siguiéndome al borde exacto donde sé que quieres ir.

Y justo cuando tu gemido se mezcla con mi aliento, aumento el ritmo de aquella penetración, tus uñas se entierran más en mi espalda como si aquel cambio de ritmo fuera una sorpresa para ti, pero sigues mi ritmo. Nuestros cuerpos se empiezan a embravecerse en deseo, nuestro sudor se empieza a fusionar, nuestros flujos cada vez mas abundantes permiten estos movimientos desenfrenados, este elixir de pasión y deseo.

No aparto mis ojos de los tuyos.

Tu mirada es un hechizo completo.

Nos movemos como si esto ya hubiera ocurrido antes, como si nuestros cuerpos se reconocieran desde mucho antes de esta noche. Cada respiración que compartimos, cada tensión de tus piernas, cada curva de tu espalda arqueándose bajo mis manos… todo fluye con una naturalidad que parece imposible.

Mis labios vuelven a los tuyos en un beso profundo, dominante, reclamándote entera. Cuando muerdo tu labio inferior, tu gemido se ahoga entre nosotros, y tus manos me jalan contra tu cuerpo con una fuerza que deja claro cuánto estabas esperando este momento.

La noche se envuelve a nuestro alrededor, densa, cálida, íntima, mientras el mundo allá afuera desaparece por completo.

La tensión entre nosotros crece con cada movimiento, como una cuerda que se estira más y más sin romperse. Tu respiración se vuelve más rápida, más profunda, más irregular. Cada vez que tu pecho se eleva, tu cuerpo me busca con una necesidad que ya no intentas ocultar.

Mis manos sostienen tus caderas con la firmeza exacta para guiar tu ritmo, para marcarte el camino. Y tú respondes, arqueando la espalda, aferrándote a mí con una urgencia que me enciende todavía más. Cada exhalación tuya es un llamado, cada temblor un aviso de que estás llegando a un punto donde ya no hay retorno.

Tu mirada, fija en la mía, empieza a quebrarse por momentos; tus párpados tiemblan, pero los mantienes abiertos porque te lo pedí, porque sabes que quiero verte así, entregándote segundo a segundo.

Tu cuerpo vibra bajo mis manos, un estremecimiento suave al principio, luego más fuerte, más marcado, como pequeñas descargas que suben por tu abdomen hasta tu pecho. Tus dedos se hunden en mi espalda, tus piernas se tensan alrededor de mí, y tu voz… tu voz se convierte en un gemido que rompes contra mi oído sin poder contenerlo.

Yo bajo el ritmo solo un instante, lo justo para que tu respiración se suspenda en el aire, atrapada, suspendida…

y luego vuelvo a marcarlo más firme, más profundo en intención, más decidido en control.

Siento cómo tu cuerpo se adapta al mío con una precisión casi instintiva, como si supiera exactamente qué hacer para seguir ese ritmo que compartimos. Tu temblor crece, se acumula, se concentra en un punto que atraviesa todo tu cuerpo. Tus uñas recorren mi espalda y tus labios se abren sin sonido, buscando aire, buscando control, buscando algo que ya no puedes contener.

—Mírame —te ordeno en voz baja, grave.

Y lo haces.

Tu cuerpo entero tiembla en mis manos, tu respiración se quiebra y se acelera al mismo tiempo, y en un segundo perfecto, inevitable, sagrado…

todo en ti se contrae, se expande, se entrega.

El clímax nace lento, profundo, recorriendo tu pecho, tu abdomen, tu espalda, como una ola que sube desde dentro y te llena por completo. Tu voz rompe el aire entre nosotros y tu cuerpo vibra bajo el mío en una secuencia de estremecimientos que no necesitas describir; se sienten, se viven, se respiran.

Yo te sostengo firme mientras atraviesas ese momento, manteniendo tu cuerpo contra el mío, guiándote a través de cada pulso, cada temblor, cada segundo que tu piel me revela sin palabras.

Y cuando la ola termina de recorrer tu cuerpo, te queda un suspiro que se escapa de tus labios contra los míos, tembloroso, agotado, perfecto.

Aunque mi ritmo disminuye, no me detengo.

Te sostengo con firmeza, guiando cada movimiento con una precisión que hace que tu respiración vuelva a quebrarse, que la tensión regrese a tu cuerpo como una ola nueva, inesperada, inevitable.

Siento cómo te aferras a mí otra vez, cómo tu espalda se arquea buscando ese punto donde ya no puedes controlar nada. Tus manos recorren mi piel con una urgencia distinta, más intensa, más entregada. Tu voz, temblorosa, se mezcla con la mía mientras tu cuerpo empieza a vibrar de nuevo, cediendo a esa segunda oleada que te toma por sorpresa.

Tus piernas se tensan, tu pecho se levanta en un suspiro entrecortado, y cuando tus ojos se encuentran con los míos, lo veo todo: el temblor, la entrega, el momento exacto en que alcanzas otro clímax, más profundo, más desnudo, más tuyo.

Yo te sostengo, te guío, te acompaño dentro de esa tensión que te atraviesa y que se derrama por completo en mi pecho, en mis manos, en la forma en que te abrazo sin permitir que te escapes del instante.

Y es justo ahí, en esa mezcla perfecta de tu temblor y mi control, donde lo inevitable me alcanza a mí también, profundo, intenso, irresistible, aumentando el ritmo del sube y baja de mi pecho, temblando y con un gemido que recorre el límite entre el placer y una exclamación gutural me dejo ir llenando cada parte de tu interior, vaciando en ti aquel deseo acumulado, marcando internamente tu cuerpo con el mío. Caigo contigo en un mismo pulso, en un mismo temblor, en un mismo silencio que lo llena todo.

Cuando la intensidad finalmente baja, no me separo de ti. Te guío hacia mi pecho con una mano firme en tu cintura, lo justo para mantenerte cerca sin pretender posesiones que no existen. Tu cuerpo cae contra el mío en un movimiento natural, casi inevitable, como si los dos necesitáramos ese minuto para recuperar el aliento.

Tu respiración aún es irregular y se mezcla con la mía en el silencio tibio de la habitación. Sientes mi pecho subir y bajar bajo tu mejilla, y aunque no hay romanticismo en el gesto, sí hay algo claro: ninguno de los dos quiere moverse todavía.

Mis dedos recorren tu espalda en una línea lenta, sin urgencias, sin intención de volver a encender nada por ahora, solo marcando tu piel como un recordatorio tranquilo de lo que pasó. No digo nada; no hace falta. La calma después de lo que compartimos ya habla lo suficiente.

Tú tampoco buscas palabras. Te acomodas un poco más contra mí, como quien encuentra una posición cómoda más que un abrazo. Pero tu mano en mi costado, ligera pero presente, deja claro que no quieres distancia todavía.

Inclino un poco la cabeza y dejo un beso corto en tu cabello. No es romántico, no pretende serlo. Es más bien un gesto instintivo, un reconocimiento de la intensidad que acabamos de atravesar juntos.

—Quédate así un momento —murmuro, con una voz baja que no ordena… pero tampoco pregunta.

Asientes apenas, tu respiración se suaviza y tu cuerpo se relaja sobre el mío.

No somos pareja.

No somos solo amigos.

Tampoco necesitamos definirlo.

Lo único cierto es que, por ahora, encajamos bien así: tú apoyada en mi pecho, yo sosteniéndote con una mano en tu espalda, en un silencio cómodo que no exige nada, pero lo dice todo.

Cuando tus dedos dibujan un pequeño círculo distraído en mi piel, suelto una exhalación que se mezcla con la tuya. No estoy enamorado. No busco una promesa. Pero tampoco quiero que te muevas todavía.

—Tranquila… —susurro, acariciando tu cintura con un movimiento lento, firme—. No voy a ningún lado.

No cariño.

No frío.

Solo honestidad.

La habitación queda suspendida en ese punto exacto donde la intimidad no pesa, no compromete, pero sí envuelve. Lo suficiente para querer quedarte un poco más. Lo suficiente para que yo te mantenga ahí sin prisa.

La noche no promete nada.

Pero tampoco se cierra.

Se queda abierta… justo en el límite donde mejor nos entendemos.

El silencio se vuelve cada vez más pesado, más cálido, más cómodo. Tus dedos, que hace un rato se aferraban a mi espalda con intensidad, ahora apenas trazan líneas perezosas sobre mi piel. Mi mano descansa en tu cintura, sin apretar, solo recordándote que sigo ahí, que tu peso sobre mi pecho no me incomoda en lo más mínimo.

Las respiraciones se sincronizan sin que lo intentemos.

Tú cambias de posición apenas, buscando un ángulo más cómodo.

Yo ajusto mi brazo para sostenerte mejor.

No hablamos.

No hace falta.

La tensión ya se consumió, la cercanía ahora es simple, natural, agradable sin compromisos.

Poco a poco, el cansancio nos va venciendo.

Primero tu respiración cambia.

Luego la mía.

Y en cuestión de minutos, caemos juntos, dormidos, envueltos en el calor que quedó flotando en la habitación.

La luz entra primero por la cortina entreabierta, filtrándose en rayas cálidas sobre las sábanas. Lo primero que siento es tu pierna cruzada sobre la mía, tu cuerpo enredado con el mío de una forma que ninguno de los dos planeó, pero que tampoco apresuramos a corregir.

Abro los ojos y tú sigues dormida en mi pecho, tu respiración tranquila, tu cabello desordenado sobre mi piel. No hay romanticismo empalagoso en la escena… pero sí hay una comodidad peligrosamente agradable.

Me muevo apenas y tú sueltas un pequeño quejido dormido, acercándote más como reflejo. Sonrío sin querer, no porque signifique algo profundo, sino porque la escena es lo suficientemente íntima como para disfrutarla… y lo suficientemente libre como para no complicarla.

—Buenos días —susurro, con la voz ronca.

No abres los ojos, pero tu sonrisa aparece, lenta, perezosa.

—Mmm… no tan buenos todavía —murmuras contra mi piel, con un tono que tiene más picardía que ternura.

Tu mano sube por mi costado en un gesto suave, casi inocente, pero que dice mucho más de lo que admite. Abres un ojo y me miras desde abajo, desordenada, sin maquillaje, hermosa sin esfuerzo, con esa expresión que mezcla desafío y complicidad.

—Creo que anoche se nos fue un poco la mano —dices, aunque la curva de tu boca deja claro que no te arrepientes de nada.

—Un poco —respondo, deslizando mi mano por tu cintura, marcando suavemente el control que volvió apenas despierto—. Pero podríamos haber ido más lejos.

Esa sonrisa tuya se amplía.

Ninguno de los dos lo dice, pero los dos lo pensamos.

La vibra es la misma:

cercanía sin promesas,

comodidad sin etiquetas,

peligrosa química que no pide permiso para repetirse.

Te incorporas despacio, peinándote el cabello con los dedos mientras te sientas al borde de la cama. Yo te observo sin prisa.

Volteas y me miras con esa media sonrisa que ya conozco demasiado bien.

—Debería irme… —dices.

No suena a excusa.

Tampoco a despedida.

—Cuando quieras —respondo.

Tomas tu ropa con tranquilidad, sin esconderte, sin pretender nada. Antes de salir del cuarto, te giras una última vez:

—Esto… no fue la última vez.

Lo dejamos en pausa, ¿sí?

Asiento una sola vez.

Tú sonríes.

Y te vas a la ducha.

La puerta se cierra y la habitación queda con ese aroma tuyo que se mezcla con el mío.

La historia no termina aquí.

Apenas quedó en espera.

Y ambos lo sabemos.

Publica tu Experiencia

🍒 Pregunta Cereza

¿Usarías una app que te muestre moteles cercanos de forma rápida y discreta? ¡Cuéntanos qué piensas en la sección comentarios!

Nuestros Productos

Babydoll

MAPALE $ 79,900

Body Aisha

CEREZA LINGERIE $ 75,900

Enterizo

MAPALE $ 128,900

Set Zoe

CEREZA LINGERIE $ 95,900