Guía Cereza
Publicado hace 9 horas Categoría: Lésbicos 54 Vistas
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Llevaba unas semanas chateando con Luna a través de Tinder. Desde el principio, nuestra conexión fue más carnal que romántica. Nos enviábamos mensajes cargados de insinuaciones, y habíamos tenido un par de sesiones de sexting que me dejaban con el pulso acelerado, y la piel erizada. No era amor, pero nos llevábamos bien, con ese tipo de química que hace que las conversaciones fluyan sin esfuerzo. Era una noche fría de diciembre, en ese limbo extraño entre Navidad y Año Nuevo, donde los días se estiran como si el tiempo hubiera decidido tomarse un respiro. El frío golpeaba fuera de mi ventana mientras yo estaba acurrucada en el sofá, con el teléfono en la mano y hablando con Luna. Compartíamos experiencias de las fiestas: de las cenas familiares interminables, de los regalos absurdos y de cómo el alcohol siempre termina sacando lo mejor o lo peor de la gente. La charla era ligera, pero poco a poco se fue calentando, como siempre pasaba con nosotras. De repente, surgió el tema de dónde vivíamos. Ambas hablamos con cautela, pero dando pequeños detalles, detalles que extrañamente coincidían, hasta que la curiosidad me ganó y me hizo despejar las dudas. Y efectivamente, éramos de ciudades vecinas. Fue una coincidencia que nos tomó por sorpresa, y de ahí pasamos a imaginar cómo sería vernos en persona. Al principio sugerí algo tranquilo, un café, o caminar por el centro, pero ella respondió con un emoji pícaro y con insinuaciones de algo más intenso. Algo que también me gustó. Las horas volaron mientras planeábamos un encuentro casual, sin presiones ni compromisos. Pero la conversación subió de tono rápidamente: recordamos aquellos mensajes calientes de semanas atrás, describiendo situaciones y fantasías que nos hacían reír y excitarnos al mismo tiempo. En un impulso, impulsado por el calor que crecía entre las dos, y Luna me mandó su dirección. "Ven si te atreves", escribió, seguido de un guiño. Y no lo pensé dos veces. Me puse un abrigo sobre mi ropa, agarré las llaves de mi coche y salí a la noche helada. El trayecto fue relativamente corto, pero cada semáforo en rojo me hacía tener los dedos inquietos en el volante al llegar a su ciudad, con el corazón latiéndome fuerte en el pecho y en el fondo de mi mente cuestionándome lo que estaba haciendo, y lo peligroso que era, pero a su vez tenía un plan de emergencia por si acaso. Cuando llegué, le envié un mensaje avisando que estaba afuera de la ubicación que me había dado, era un edificio de apartamentos que se veía habitado pero a su vez la calle era solitaria, algo normal dadas las fechas. Minutos después, vi salir a una mujer de cabello negro y largo, tal como el que se veía en las fotos que me había mandado Luna. Estaba envuelta en un abrigo largo, con el pelo suelto y una sonrisa traviesa que iluminaba su rostro bajo las luces de la calle. Se acercó a mi ventana preguntando por Laura, le asentí, y después abrió la puerta del pasajero y se deslizó adentro sin decir una palabra. Nos saludamos tímidamente, nuestros ojos se encontraron, y eso fue suficiente para dejarnos llevar. Me incliné hacia ella, y nuestros labios se unieron en un beso urgente, hambriento, como si hubiéramos estado esperando este momento durante una eternidad. Apague la luz interior de mi coche mientas sus manos se enredaban en mi pelo, mientras las mías exploraban su espalda debajo el abrigo. El beso se profundizó, nuestras lenguas danzaban con una intensidad que reflejaba todas esas semanas de anticipación. Sin romper el contacto, nos movimos con torpeza entre los asientos. Ella se quitó el abrigo, revelando una camiseta ajustada que acentuaba sus curvas, y yo hice lo mismo, sintiendo el frío del aire contra mi piel expuesta. Sus dedos bajaron por mi cuello, trazando líneas que me erizaban la piel, hasta llegar a mis pechos. Los masajeó con delicadeza al principio, luego con más firmeza, arrancándome un gemido ahogado. Respondí deslizando mi mano bajo su camiseta, sintiendo la calidez de su abdomen y subiendo hasta sus pechos, pellizcando suavemente sus pezones endurecidos. Hasta que la pasión nos empujó a necesitar más espacio. "¿Vamos atrás?", murmuró contra mis labios. Nos contorsionamos para pasar al asiento trasero, riendo un poco por lo ridículo de la situación. Una vez allí, nos despojamos de nuestra ropa, los pantalones, ropa interior y camisetas quedaron entre los rincones del coche. El frío había quedado en el olvido dentro de ese espacio, nuestros cuerpos se presionaron uno contra el otro, piel contra piel, en un enredo de piernas y brazos digno de las mejores fantasías. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando mi clavícula, mientras su mano se aventuraba entre mis muslos, encontrando mi coño y comenzando a acariciarlo con movimientos circulares que me hacían arquear la espalda. Yo no me quedé atrás, mis dedos exploraron sus labios, sintiendo cómo me respondían a cada toque con su respiración agitada. Entre besos y caricias logramos cruzar las piernas, con sus fluidos dejando un rastro a lo largo de mi pantorrilla, hasta que nuestros centros se encontrasen. Comenzamos a movernos en sincronía, frotándonos mutuamente, tomando un ritmo que gradualmente iba en aumento. El coche se empañaba con nuestro aliento, y de vez en cuando un faro de un auto pasando iluminaba el interior, pero no nos importaba. El placer era lo único que existía en ese momento, sus gemidos en mi oído, el calor de su cuerpo contra el mío, la forma en que nos mecíamos juntas y como se sentían sus uñas arañando mi espalda, era una mezcla perfecta que nos conducía hacia el clímax. Llegamos al orgasmo al mismo tiempo, un estallido compartido que nos dejó temblando, con los cuerpos llenos de espasmos y los corazones latiendo desesperadamente. Nos quedamos abrazadas un rato, recuperando el aliento, con sus dedos trazando patrones cariñosos en mi espalda y nuestras manos grabadas en los cristales empañados. Luego, sin palabras innecesarias, se vistió, me dio un beso suave en los labios y salió del coche, desapareciendo en la noche hacia su casa. Conduje de vuelta a la mía en silencio, eran las 2 de la mañana, con el eco de lo que acababa de pasar resonando en mi mente. Había sido intenso, liberador, una desfogue perfecto de esas ganas acumuladas. Sabía que había encontrado una fuente de sexo casual, sin complicaciones ni compromisos de momento. Pero quién sabe, quizás en el futuro, algo más se pudiera desarrollar de todo esto. Por ahora, solo sonreiré al recordar su tacto.

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