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El edificio de apartamentos en el que vivía Alejandra, Ale para sus amigos, no era de los más lujosos, pero tenía su encanto. Las paredes, pintadas de un beige desvaído por el tiempo, guardaban historias entre sus grietas. El olor a café recién hecho y a humedad se mezclaba en los pasillos estrechos, donde la luz de los focos amarillentos apenas lograba disipar las sombras que se arrastraban desde las esquinas. Su apartamento, en el segundo piso, era pequeño pero acogedor: una cocina diminuta con azulejos agrietados, un sofá desgastado frente a un televisor antiguo y una cama individual pegada a la pared, donde las sábanas siempre olían a lavanda barata. Ale no necesitaba más. A sus veintiséis años, el lujo no era una prioridad, no cuando el alquiler consumía casi la mitad de su sueldo como mesera en El Rincón del Diablo, un bar de mala muerte donde los clientes dejaban propinas generosas si les sonreías lo suficiente mientras les servías el trago.
Yamal, su arrendador, vivía justo encima de ella, en el tercer piso. Un hombre que rozaba el metro noventa, con hombros anchos que tensaban cualquier camisa que se pusiera y brazos gruesos, surcados por venas marcadas que serpenteaban hasta sus manos grandes, de dedos largos. Tenía cuarenta y ocho años, pero se movía con la energía de alguien mucho más joven, aunque su barriga, redonda y firme, delataba que no le hacía asco a un buen plato de comida. Su piel, de un negro profundo con destellos cobrizos bajo la luz, contrastaba con las canas plateadas que salpicaban su barba recortada y el cabello corto, casi rapado a los lados. Cada primer día del mes, Ale subía las escaleras con el sobre de dinero en la mano, sudorosa no por el esfuerzo, sino por los sonidos que a veces escapaban del apartamento de Yamal en las noches: gemidos ahogados, risas lascivas, el ritmo constante de una cama golpeando contra la pared, como si el sexo que tuviera lugar arriba fuera tan intenso que amenazara con derribar el edificio.
No era la primera vez que lo escuchaba. De hecho, se había vuelto algo recurrente. Las paredes eran delgadas, el silencio de la noche, cómplice. Ale se quedaba quieta en su cama, con las sábanas arremolinadas entre sus piernas, escuchando cómo las mujeres que Yamal llevaba a su departamento se retorcían de placer, cómo sus voces se quebraban en jadeos entrecortados cuando él, sin duda, las penetraba con esa fuerza que solo un hombre de su complexión podía ejercer. "¡Dios, es enorme!", había gritado una vez una de ellas, y la frase se le había quedado grabada a Ale, repitiéndose en su mente como un eco sucio cada vez que cerraba los ojos. No era solo la intensidad de esos encuentros lo que la perturbaba, sino la curiosidad que le despertaban. ¿Cómo sería estar con un hombre así? ¿Cómo se sentiría ser tomada con esa ferocidad, con esa seguridad que solo la experiencia y el cuerpo de Yamal parecían prometer?
Hacía tres meses que había terminado con su novio, un tipo delgado y nervioso que la follaba como si tuviera miedo de romperla. El sexo con él había sido… bueno, aburrido. Rutinario. Predecible. Un par de embestidas torpes, un orgasmo fingido por cortesía y luego el silencio incómodo mientras él se dormía con la boca entreabierta. Ale no extrañaba eso. Pero extrañaba el contacto, el calor de un cuerpo sobre el suyo, la presión de unas manos que la sujetaran con firmeza. Extrañaba sentir que alguien la deseaba con suficiente intensidad como para hacerla olvidar, aunque fuera por un rato, que su vida era un ciclo interminable de turnos dobles y facturas por pagar.
Esa tarde, después de su turno en el bar, se había sentado en la cocina con sus amigas, Laura y Valeria, a tomar unas cervezas frías que sabían a libertad después de ocho horas de servir traguitos a borrachos. El tema, como siempre cuando el alcohol empezaba a hacer efecto, derivó hacia el sexo. Laura, la más desinhibida del grupo, estaba contando con lujo de detalles su última aventura con un tipo que había conocido en Tinder. "Negro, alto, con unos brazos que parecían troncos", dijo, mientras mordisqueaba el borde de su botella. "Y la verga, Dios mío…" Hizo una pausa dramática, mirando a Ale con una sonrisa pícara. "No es lo mismo, mi amor. Los negros tienen algo… diferente. Más gruesos, más largos. Y saben usarla." Valeria se rio, pero Ale sintió cómo el calor le subía por el cuello. No era la primera vez que escuchaba algo así. En el bar, algunas clientas mayores susurraban lo mismo después de un par de copas, como si fuera un secreto que todas conocían pero que solo se atrevían a confesar entre risas cómplices.
—¿Y tú, Ale? —había preguntado Laura, inclinándose hacia ella con los ojos brillantes—. —¿Nunca te has tirado a uno? Con lo que te gusta que te den duro…
Ale había negado con la cabeza, sintiendo cómo el peso de esa admisión se le instalaba en el estómago. No. Nunca. Su ex era blanco, como ella, como casi todos los hombres con los que había estado. Pero ahora, con el recuerdo de los gemidos de las mujeres de Yamal frescos en su mente y las palabras de Laura resonando como una provocación, no podía evitar imaginarse cómo sería. ¿Dolería al principio? ¿O ese dolor se mezclaría con un placer tan intenso que la dejaría sin aliento? Se imaginó a Yamal sobre ella, esos brazos musculosos sujetándola mientras la penetraba con lentitud al principio, estirándola, preparándola, hasta que el ritmo se volviera salvaje, hasta que ella gritara como esas mujeres, sin importarle quién pudiera escucharla.
Esa noche, mientras se desvestía frente al espejo del baño, Ale no pudo evitar mirar su propio cuerpo con una mezcla de frustración y deseo. Sus senos, redondos y firmes, cabían perfectamente en sus manos; los pezones, oscuros y duros, se erizaban con solo rozarlos. Deslizó los dedos hacia abajo, sobre el vello rizado de su pubis, y sintió el calor húmedo entre sus piernas. Se tocó, imaginando que eran las manos de Yamal las que la exploraban, gruesas y ásperas, separando sus labios con dedos expertos antes de hundirse en ella. Gemió en silencio, arqueando la espalda mientras sus dedos se movían en círculos sobre su clítoris, cada vez más rápido, cada vez con más presión. En su mente, era Yamal quien la penetraba, quien la llenaba hasta el límite, quien la hacía sentir pequeña y frágil bajo su cuerpo enorme. El orgasmo la tomó por sorpresa, sacudiéndola con una intensidad que la dejó jadeando, con las piernas temblorosas y el sexo palpitante, como si de verdad acabara de ser follada contra la pared.
Cuando por fin se acostó, el silencio del apartamento se sintió más pesado que nunca. Arriba, Yamal dormía, probablemente solo, después de haber saciado su apetito con alguna mujer afortunada. Ale se preguntó cómo sería acostarse con él. No como una de sus conquistas anónimas, sino como su inquilina. Como la chica que le pagaba el alquiler cada mes, puntual, responsable, pero que ahora lo miraba con otros ojos cada vez que le entregaba el sobre con el dinero. ¿Se atrevería a cruzar esa línea? ¿O sería solo otro de esos pensamientos sucios que se desvanecían con la luz del día?
Mientras el ventilador de techo giraba perezoso sobre ella, Ale cerró los ojos y dejó que la fantasía la arrastrara de nuevo. Esta vez, no era solo el sexo lo que imaginaba, sino el poder. El poder de un hombre que sabía exactamente lo que quería y cómo tomarlo. Un hombre que no preguntaría, que no dudaría, que simplemente la doblaría sobre el escritorio de su oficina, le levantaría la falda y la follaría hasta que olvidara su propio nombre. Y lo peor—o lo mejor—era que, en el fondo, ella quería que pasara. Quería que Yamal la mirara con esos ojos oscuros llenos de lujuria, que la llamara a su apartamento bajo cualquier pretexto y que, cuando estuviera a solas con él, todo el juego de la inocente inquilina y el arrendador estricto se desvaneciera en un segundo.
Porque al final, el dinero no era lo único que Ale estaba dispuesta a pagar.
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