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Pablo era un chico con el que tenía cierta intimidad y confianza. Nos conocimos en Twitter. Ambos encontramos en esa red el espacio para compartir nuestras fantasías, fetiches, experiencias... Todo era de manera virtual.
Es posible que tras el anonimato que te da una pantalla, seas más atrevido, más desinhibido para hablar de esas cosas que moralmente no están bien vistas. Muchos meses de charla, le compartía mis hazañas como chica furtiva, él me leía, se excitaba con mis osadías, me pedía detalles! Eran conversaciones sin un rostro, porque no nos conocíamos; a veces surgía algo de sexting, pero solo imágenes sugestivas y muchas explícitas.
No recuerdo quién propuso una cita para conocernos personalmente, pero se dio. Él no es de esos hombres que irradian perversión a simple vista; al contrario, se ve como alguien demasiado serio, demasiado conservador; pero te sorprende cuando descubres su mundo de perversiones ocultas... Llegó primero, vestía algo formal, estaba en su hora de almuerzo, y ustedes no saben lo que produce en mí el saber que se está siendo irreverente. Nos presentamos con un saludo de manos, ambos nerviosos evidentemente (¡qué ricos son esos nervios!). Pasamos a la mesa; me gustan las gomitas, así que me entregó un paquetito, seguido de un: "Recordé que te gustan". Ese detalle me pareció muy tierno. Mientras esperábamos que llegara nuestro pedido, hablamos de su trabajo, de los afanes que tuvimos por cumplir esa cita. Rápidamente los temas subieron de tono; esas charlas que teníamos antes por chat, ahora las escuchábamos de la voz de cada uno.
No sé, pero el hecho de estar en un ambiente que se supone no es erótico, y sabernos excitados por nuestra plática, me resulta tremendamente morboso.
No hubo caricias (aunque en mi mente me imaginaba pasándole la mano así por encima de su pantalón, y que él alzara mi falda y se diera cuenta de mi humedad); ese rato del almuerzo se nos fue en confidencias, pero esta vez fue más especial porque pude ver sus ojos, sus gestos, sentir tácitamente cuán excitado estaba. Cuarenta minutos y ya nos tuvimos que despedir. Nos dimos un beso, y yo, fiel a ese exhibicionismo que me gusta, de despedida me alcé la falda y le mostré mis nalgas. Risas de picardía, y un: "Qué rico vos".
Así fue como esta amistad se afianzó, y ya nuestras charlas fueron más íntimas. Él me propuso hacer un tipo de trueque; al principio me negué porque para mí el sexo y cualquier interacción de este tipo ha de ser por gusto, no porque haya otro interés; pero él me explicó que precisamente ese intercambio hacía parte de su gusto, algo como un fetiche. Entendí la dinámica: él proponía, yo accedía, y eso incluía una compensación. Nunca sabes que disfrutas de algo hasta que llega esa persona que te enseña el camino de sus fantasías, de sus deseos, de sus perversiones, y descubres que tú también disfrutas de ello.







