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Trabajo desde casa hace años. La rutina es siempre la misma: reuniones en la mañana, almuerzo, y después me acuesto un rato a ver televisión mientras el cuerpo descansa. Es mi momento. El problema es que el cuerpo también tiene sus propios planes, y casi siempre termino con una erección que no pedí. No es porno, no es nada en particular. Es simplemente estar ahí, quieto, con la mente vagando.
Cuando Camila llegó a trabajar a la casa, no pensé nada. Tenía 27 años, menudita, nada del otro mundo si me preguntan. Pero tenía algo. Una forma de mirarme cuando yo hablaba, como si cada palabra que yo dijera fuera importante. Se reía de cualquier comentario mío, bajaba la mirada, se sonrojaba fácil.
Y era atenta. Demasiado.
"¿Le provoca un cafecito?" "¿Una aromática?" "¿Ya almorzó bien?"
Al principio no le paré bolas. Pero empecé a notarlo. Cada vez que yo salía del estudio, ahí estaba ella. Cada vez que me sentaba en la sala, aparecía con algo. Siempre buscando excusas para estar cerca.
Yo siempre he sido muy sexual, pero no desesperado. No soy de esos que andan buscando donde no deben. Sin embargo, la combinación de tenerla ahí todos los días, de verla agacharse a limpiar, de sentir su mirada cuando creía que no me daba cuenta... me empezó a subir ideas a la cabeza.
Tengo un número de WhatsApp que uso para ciertas cosas. Un día, sin pensarlo mucho, le escribí. Anónimo. Solo para probar aguas. Cosas sueltas, nada directo. Ella respondía con curiosidad, preguntaba quién era. Yo nunca le decía.
Pero en la casa, todo seguía igual. El café de las 3 de la tarde. La aromática. Las miradas.
Una tarde me preguntó qué quería tomar. Le dije, casi sin pensar: "Lo que yo quiero, usted no puede dármelo."
Se quedó quieta. No dijo nada. Se fue a la cocina.
Volvió con la aromática. Me la entregó y cuando agarré la taza, le sostuve la mano. No la solté. Le acaricié los dedos con el pulgar, despacio. Sentí cómo se le aceleró la respiración. Se puso roja, me miró un segundo que duró una eternidad, y se fue casi corriendo.
Esa noche me escribió al otro número. "¿Por qué hizo eso?"
Le pedí disculpas. Me dijo que no. Que le había gustado. Que había sentido algo raro en el estómago y que no podía dejar de pensar en eso.
Ahí empezó todo.
Pusimos reglas. Nada de sentimientos. Nada de complicaciones. Solo eso que los dos queríamos pero ninguno se atrevía a nombrar.
La primera vez fue en mi cuarto. Ella había entrado a dejar ropa limpia. Yo estaba acostado, con la erección de siempre. No me tapé. La miré. Ella miró. Cerró la puerta despacio.
Se acercó a la cama como si estuviera caminando sobre hielo. Se sentó en el borde. Me miró a los ojos y, sin decir nada, bajó la mirada a mi entrepierna. Estiró la mano, despacio, y me tocó por encima del pantalón.
"¿Puedo?"
Asentí.
Me bajó el pantalón con manos temblorosas. Cuando me vio, se mordió el labio.
"Es muy grueso", susurró.
Y se lo metió a la boca.
No fue experta, pero fue real. Tenía ganas. Ganas de verdad. Me chupaba como si llevara meses pensando en hacerlo. Después me escribió que le encantaba, que no podía dejar de pensar en eso, que quería volver a hacerlo.
Con el tiempo nos volvimos más cómplices. A veces solo era sexo oral, rápido, en la cocina mientras mi esposa no estaba. A veces era más, mucho más. En mi cama, en el estudio, donde el momento lo permitiera. Siempre terminábamos haciendo el amor de verdad, con esa intensidad que solo tiene lo prohibido.
Era tormentoso. Tener el pecado en casa no es fácil. Cada vez que sonaba la puerta, cada vez que mi esposa llegaba, el corazón se me salía. Pero a la vez era liberador. Excitante de una manera que no puedo explicar.
Ella ya no trabaja aquí. La vida siguió, como siempre sigue.
Pero todavía, al medio día, cuando me acuesto a descansar y miro el techo, pienso en esos momentos. En el café de las 3 de la tarde. En su forma de mirarme. En cómo me susurraba que le gustaba.
De vez en cuando le escribo. Me manda videos. Yo le mando los míos.
Algunos secretos no se terminan. Solo cambian de forma.






