Guía Cereza
Publicado hace 7 horas Categoría: Transexuales 21 Vistas
Compartir en:

La habitación del hotel era de esas que no presumen demasiado: luz ámbar tenue, sábanas blancas impecables y un aroma leve a vainilla artificial que intentaba disfrazar el olor a limpio industrial. Habías llegado diez minutos antes de la hora acordada, nervioso como adolescente, aunque a tus 35 años ya deberías estar curado de espanto. Pero no. Esto era distinto.

Ella entró sin hacer ruido. Tacones negros de aguja fina, medias veladas color humo, un vestido negro ajustado que terminaba a medio muslo. Cabello largo, castaño oscuro con reflejos caoba, recogido en una coleta alta que dejaba ver un cuello perfecto. Maquillaje impecable, labios rojo sangre, ojos delineados que te miraron una sola vez y ya supieron exactamente quién eras y qué querías.

—Hola, guapo —dijo con esa voz ronca-suave que algunas mujeres tienen y que a otras les cuesta trabajo imitar.

Te levantaste por instinto. Ella sonrió de lado, dejó el pequeño bolso sobre la cómoda y se acercó despacio. Olía a perfume caro y a algo más cálido, más humano. Te rozó el pecho con las yemas de los dedos mientras te miraba a los ojos.

—No muerdo… a menos que me lo pidas —susurró.

Te besó primero con suavidad, probando. Luego más profundo, lengua lenta, segura. Sus manos bajaron por tu camisa desabrochando botones sin prisa. Cuando llegó a tu cinturón ya estabas duro como piedra.

Se arrodilló con elegancia felina. Te bajó los pantalones y los bóxers de un solo movimiento. Tu erección saltó libre y ella la miró como si fuera una obra de arte que acababa de descubrir.

—Qué rico te ves así… —murmuró antes de lamer desde la base hasta la punta con una lentitud criminal.

La mamada fue devastadora. No era solo técnica (aunque la tenía de sobra), era devoción. Te miraba a los ojos mientras te tragaba hasta el fondo, las mejillas hundidas, un gemido vibrando en su garganta cada vez que llegabas al límite. Sus manos acariciaban tus muslos, subían a tus huevos, los masajeaban con la presión justa. Te tenía al borde en menos de cuatro minutos y lo sabía.

—Todavía no —dijo apartándose con un pop húmedo—. Quiero que me sientas primero.

Se puso de pie. Se giró dándote la espalda. Lentamente levantó el vestido. No llevaba bragas. Solo las medias y un liguero negro. Y ahí estaba: su polla, perfecta, gruesa, ligeramente curvada hacia arriba, ya completamente dura y brillando con una gota de líquido preseminal en la punta. No era monstruosa, pero era hermosa. Rosada oscura, venas marcadas, cabeza gorda y brillante. El tipo de verga que uno no espera encontrar bajo un vestido tan femenino y que, precisamente por eso, te dejó sin aire.

Te miró por encima del hombro.

—¿Te gusta lo que ves?

No contestaste con palabras. Te acercaste, te arrodillaste detrás de ella y la probaste. Primero con la lengua alrededor del glande, saboreando esa gota salada-dulce. Luego la tomaste entera en la boca. Ella gimió fuerte, apoyó las manos en la cómoda y empujó hacia atrás con suavidad, follándote la boca con movimientos cortos y controlados.

—Así, cariño… qué rico lo haces…

Después de unos minutos se giró, te levantó del suelo y te empujó con suavidad sobre la cama. Se subió encima tuyo a horcajadas, pero sin penetrarte todavía. Solo frotó su polla dura contra la tuya, piel contra piel, resbaladiza de saliva y precum. El contraste era obsceno y perfecto: sus curvas suaves, sus tetas pequeñas pero firmes bajo el vestido, su cintura estrecha y esa verga gruesa rozándote sin parar.

—¿Quieres que te folle? —preguntó mordiéndote el lóbulo de la oreja.

—Sí… por favor.

Se lubricó con un movimiento rápido (ya traía el frasco en la mesita), se puso un condón con dedos hábiles y te levantó las piernas. Te miró a los ojos mientras entraba despacio. Centímetro a centímetro. Gruesa, caliente, invadiendo. Cuando estuvo completamente dentro soltó un suspiro largo y empezó a moverse.

Primero lento, profundo. Luego más rápido. El sonido de sus caderas chocando contra tus nalgas llenaba la habitación junto con tus gemidos y los de ella. Te masturbaba al mismo tiempo con una mano experta mientras te follaba con fuerza contenida. Cada embestida llegaba justo al punto que te hacía ver estrellas.

—Te voy a hacer correrte así… sin que te toques… —susurró.

Y lo hizo.

El orgasmo te atravesó como corriente eléctrica. Te corriste sobre tu abdomen en chorros gruesos mientras ella seguía moviéndose dentro de ti, exprimiéndote hasta la última gota. Solo entonces aceleró, gruñó bajito y se vino dentro del condón con un estremecimiento largo, apretando los dientes, los ojos cerrados de placer.

Se quedó dentro unos segundos más, respirando agitada, antes de salir con cuidado. Se quitó el condón, lo anudó y lo dejó a un lado. Luego se acostó a tu lado, todavía con el vestido levantado, su polla semiblanda descansando sobre su muslo.

Te acarició el pecho con las uñas largas.

—¿Quieres repetir en una hora? —preguntó con una sonrisa pícara—. Porque yo sí tengo ganas de probarte de otras formas…

Solo atinaste a asentir, todavía temblando.

Ella rio bajito y te dio un beso suave en los labios.

—Buen chico. Descansa un poquito… que la noche apenas empieza.

Publica tu Experiencia

🍒 Pregunta Cereza

¿Usarías una app que te muestre moteles cercanos de forma rápida y discreta? ¡Cuéntanos qué piensas en la sección comentarios!

Nuestros Productos

Vestido

MAPALE $ 97,900

Sweet Alice

CEREZA LINGERIE $ 214,900

Office Lover

CEREZA LINGERIE $ 97,900