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A tus 35 años ya sabías que el matrimonio era una jaula cómoda: sexo rutinario los viernes si había suerte, conversaciones sobre facturas y turnos de los niños. Pero el hambre no se iba. Una noche de insomnio abriste Locanto desde el celular del trabajo, pusiste el anuncio más directo que se te ocurrió:
“Hombre casado, 35, busca mujer 20-30 para encuentros discretos y sin complicaciones. Solo sexo puro, sin dramas. Apartamento propio disponible. Fotos reales al privado.”
Lo publicaste con una foto de torso sin cara, pantalón ajustado marcando bulto. En menos de una hora llegó el mensaje:
“23, me encanta lo prohibido. Me mojo solo de pensar en un hombre casado que me usa como quiere. ¿Cuándo y dónde? Mándame dirección.”
Se llamaba Sofía (o eso dijo). Fotos: cuerpo de gimnasio pero con curvas suaves, tetas grandes y naturales que desbordaban el top, culo redondo en tanga negra, labios carnosos pintados de rojo, ojos verdes que miraban directo a cámara como si ya supieran que ibas a follarla.
Quedaron para el jueves a las 19:30. Le dijiste que llegara sin bragas y con falda corta. Ella contestó con un emoji de diablita y un “Ya estoy mojada pensando en eso”.
Llegó puntual. Tocó el timbre una vez, corto. Abriste con el corazón en la garganta. Vestido gris plisado que apenas le cubría el culo, botas altas negras, cabello castaño suelto y húmedo como si acabara de salir de la ducha. Olía a vainilla y a excitación fresca.
No hubo saludos incómodos. Cerraste la puerta y la empujaste contra la pared del pasillo. La besaste con violencia contenida, lengua invadiendo, mordiendo su labio inferior hasta que gimió. Tus manos subieron por sus muslos: piel suave, caliente, sin nada debajo. Metiste dos dedos directo en su coño. Estaba empapada, resbaladiza, hinchado de deseo. Ella jadeó contra tu boca.
—Llevo todo el día tocándome pensando en ti… —susurró—. Quería llegar ya abierta para que me rompieras.
La levantaste en brazos (era liviana, 1.65 máximo), piernas alrededor de tu cintura. Caminaste hasta el sofá del living sin encender luces grandes, solo la lámpara de pie que dejaba sombras largas. La tiraste boca arriba, le subiste la falda hasta la cintura. Su coño era perfecto: labios gruesos, rosados, clítoris hinchado asomando, un pequeño triángulo de vello recortado. Olía a sexo puro, salado y dulce.
Te arrodillaste entre sus piernas y la devoraste. Lengua plana recorriendo de abajo arriba, succionando el clítoris con fuerza, metiendo la lengua dentro mientras le apretabas las tetas por encima del vestido. Ella se retorcía, agarrándote el pelo, empujándote más adentro.
—Chúpame más fuerte… así… joder… me voy a correr en tu boca…
Y se corrió rápido, temblando, chorros calientes mojándote la barbilla y el cuello de la camisa. No paraste. Seguiste lamiendo hasta que se retorció de sensibilidad, suplicando “para… para… o me muero”.
Te pusiste de pie. Ella se incorporó de rodillas en el sofá, te bajó el cierre con dientes ansiosos. Sacó tu polla dura, venosa, ya goteando. La miró como si fuera un trofeo.
—Qué rica verga de casado… —murmuró antes de tragársela entera.
Te chupó con hambre desesperada: garganta profunda, saliva chorreando, mano masajeando tus huevos mientras la otra se metía entre sus piernas para seguir masturbándose. Te miraba a los ojos todo el tiempo, lágrimas de esfuerzo corriéndole por las mejillas, pero sin parar.
Cuando sentiste que ibas a explotar la sacaste de tu boca de un tirón.
—No todavía. Quiero follarte primero.
La pusiste a cuatro patas sobre el sofá, culo en pompa, falda arrugada en la cintura. Escupiste en tu mano, lubricaste tu glande y la penetraste de una embestida lenta pero profunda. Ella gritó, mezcla de dolor y placer.
—Estás tan apretada… joder…
Empezaste a bombear con fuerza. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran, que su culo se enrojeciera por los choques. Le agarraste el pelo como rienda, tirando hacia atrás para arquearle la espalda. Con la otra mano le azotaste las nalgas hasta dejar marcas rojas.
—¿Te gusta que te folle como puta mientras mi mujer está en casa? —gruñiste.
—S-sí… me encanta… úsame… córrete dentro… quiero sentirte…
Aceleraste. El sofá crujía, sus gemidos se volvieron gritos ahogados. Le metiste un dedo en el culo mientras la follabas, preparándola. Ella empujaba hacia atrás, buscando más.
—Quiero tu polla en el culo… por favor…
Saliste de su coño, apuntaste al ano apretado y empujaste despacio. Ella se tensó, respiró hondo, luego se relajó y te dejó entrar. Centímetro a centímetro hasta que estuviste enterrado hasta los huevos en su culo caliente y estrecho.
—Joder… qué rico… —gimió ella.
Empezaste a follarla anal con ritmo creciente. Ella se masturbaba furiosamente el clítoris. El orgasmo la atravesó otra vez, contracciones que te apretaban como un puño. Eso te llevó al límite.
—Voy a correrme… ¿dónde quieres?
—Dentro… lléname el culo…
Te corriste con un rugido, descargando chorros calientes dentro de ella. Sentiste cada pulso, cada espasmo tuyo reflejado en sus gemidos. Te quedaste dentro hasta que empezaste a ablandarte, saliendo despacio con un chorro de semen blanco goteando de su ano abierto.
Ella se giró, se arrodilló y te limpió la polla con la lengua, saboreando la mezcla de lubricante, su culo y tu semen. Te miró con ojos brillantes.
—Esto no termina aquí, casado… —dijo lamiéndose los labios—. La próxima vez traigo juguetes… y quiero que me hagas gritar tu nombre mientras tu esposa duerme en la pieza de al lado.
Te besó profundo, dejándote el sabor de los dos en la boca.
Luego se arregló la falda, te guiñó un ojo y salió por la puerta como si nada hubiera pasado.
Tú te quedaste sentado en el sofá, todavía jadeando, con el olor de ella en la piel y la certeza de que esto acababa de empezar.






