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El parqueadero está en silencio. Son las 9.40am, inicio otro largo día un poco mas tarde que mis colegas, mis tacones resuenan, marcando un ritmo deliberado sobre el cemento. Sé que no estoy sola. A unos pasos, una camioneta con vidrios polarizados mantiene el motor apagado, pero percibo la presión de una mirada fija tras el panorámico.
Noto que olvidé el celular en el carro y regreso. Cuando lo recupero veo una llamada perdida y luego el teléfono suena. Es Pablo. —¿Ya llegaste a la oficina?—su voz es un susurro autoritario—. Espero que estés usando un vestido como te lo pedí ayer. Me había pedido usar un vestido sexy y lencería debajo. Le respondí desafiante - ¿Quieres venir a comprobarlo?. — Voy en camino.
El silencio que sigue es ensordecedor. Me quedo inmóvil, con el corazón golpeando las costillas, pero no entro al carro todavía. -la idea de iniciar la jornada sin tener que cazar a Pablo me alivia- pero no me olvido de la audiencia que tengo y acelera mi pulso de una forma que no esperaba.
Abro la puerta del carro y me apoyo lentamente contra ella, me quito mi abrigo revelando mi vestido negro descaradamente escotado, elevo la pierna, dejando que la falda se deslice hacia arriba sin ninguna delicadeza, revelando el encaje negro de mis ligueros y la piel de mis muslos.
Me inclino para limpiar mis zapatos, exagerando la curva de mi espalda con movimientos sugerentes, permitiendo que el extraño se divierta con la vista de mi lencería. Decidí que no era suficiente, así que comencé a ajustar los broches de mis medias, y el mirón enciende su vehículo, tal vez pensaba que iba a parar, pero continué haciendo lo mismo con mi otra pierna, exponiendo un poco mi ropa interior de encaje en un ángulo que no dejaba lugar a la imaginación.
Finalmente, entro a mi vehículo, mientras miro fijamente a mi observador, acomodo mi escote de manera descarada, dejando que la tela ceda un poco más de lo debido. El mirón inicia su marcha, al salir pasa junto a mi, baja la velocidad, pero no puedo verlo, sin embargo sostengo mi mirada a su ventana. Siento el peso del deseo por Pablo y el rastro de esa mirada desconocida, un eco oscuro que me recorre las piernas mientras espero. Nadie en la oficina lo sospechará, pero aquí abajo, bajo la vigilancia de un extraño, he dejado que mi verdadera naturaleza respire. La humedad de mi propia piel bajo el encaje me recuerda soy una mujer que ha sido encendida por el peligro y necesita que alguien más termine lo que el mirón empezó.
Pablo caminaba hacia mí, con esa expresión de superioridad tranquila que siempre tiene... pero algo en su rostro cambia cuando sus ojos se encuentran con los míos. —Llegas tarde —le digo —¿Qué te ha pasado en el camino? —. Sus ojos me examinan, descienden por mi cuello, recorren el desorden de mi escote y se detienen en mis piernas, donde la falda, mal acomodada a propósito, revela el borde del encaje negro. —Me estaban mirando, Pablo —susurro, mientras lo invito a entrar al carro —. Un extraño. Desde otro vehículo. Me vio organizar mis medias y mi escote antes de que llegaras. Su mandíbula se tensa, su respiración se vuelve pesada, el mismo ritmo que la mía. Sus manos viajan directas a mi cintura, apretando con una posesividad que me arranca un suspiro.
—¿Te vio? —repite él, su voz ahora es un gruñido bajo, una mezcla de celos y deseo puramente animal. —Me vio ajustarme las medias... y me vio desear que fueras tú el que estuviera aquí—le digo, pegando mi cuerpo al suyo, sintiendo el calor que emana de su pecho.
Pablo no espera más. Sus manos bajan con violencia hacia mis muslos, me presiona contra él, mientras sus labios buscan mi cuello con una urgencia que me termina de encender. El fuego de sus manos me hace olvidar definitivamente la oficina, el silencio del parqueadero y al mirón. Ahora solo existe el peso de su cuerpo sobre el mío y el instante que apenas comienza a arder.







