Guía Cereza
Publicado hace 8 horas Categoría: Hetero: Infidelidad 28 Vistas
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Siete días exactos después de esa primera descarga brutal en el sofá, la abstinencia en casa se había vuelto insoportable. Mi esposa seguía en piloto automático: llegaba a las 20:30 con cara de funeral, dejaba las bolsas del supermercado en la cocina, cenaba mirando reels en el celular, se duchaba y se metía a la cama con el “buenas noches” más seco del mundo. Ni un beso de verdad, ni un roce accidental. Yo me quedaba despierto hasta las dos de la mañana, verga dura bajo las sábanas, masturbándome en silencio pensando en Sofía: en cómo su coño chorreaba cuando la penetré por primera vez, en el calor estrecho de su culo cuando me corrí dentro, en la forma en que tragó cada gota sin derramar nada y me miró como si yo fuera el único hombre que la había hecho sentir viva en meses.

El lunes por la noche, mientras mi mujer roncaba a mi lado, me llegó el primer audio de Sofía. Lo abrí con auriculares, volumen bajo.

“Papi casado… no sabes cuánto extraño esa verga tuya. Llevo toda la semana tocándome tres veces al día pensando en cómo me partiste el culo la última vez. Mi ano todavía se acuerda del grosor, de cómo me dejaste abierta y goteando tu leche. Estoy tan caliente que me mojo solo con oler mi propia excitación. ¿Cuándo me vuelves a usar? Traigo sorpresa esta vez… algo que te va a volver loco. Quiero que me hagas gritar más fuerte que la vez pasada. Quiero que descargues todo lo que tu mujer no te deja soltar desde hace meses. Dime día y hora, que ya estoy contando las horas.”

Respondí casi al instante, con la verga ya palpitando en el bóxer:

“Jueves 19:30. Misma dirección. Ven preparada para que te rompa de verdad. Sin bragas, falda corta, y trae lo que quieras. Pero esta vez no te vas tan rápido… quiero más tiempo para usarte.”

Contestó con un audio de risa ronca y jadeante: “Perfecto. Prepárate, casado. Voy a hacer que te corras tantas veces que mañana camines raro.”

El jueves llegó y yo estaba hecho un manojo de nervios y deseo desde las 17:00. Me duché dos veces, me afeité el pene para que todo quedara limpio y suave (pensando en que ella me chuparía mejor así), me puse un bóxer negro ajustado y una camiseta gris sencilla. Dejé el living a media luz: solo la lámpara de pie y una vela de vainilla que había comprado esa misma tarde para disimular un poco el olor a sexo que sabía que iba a quedar impregnado. Puse música suave en el fondo, algo de R&B lento, para que no hubiera silencio incómodo.

A las 19:27 timbró. Abrí la puerta y ahí estaba ella, más puta y más irresistible que nunca. Falda vaquera cortísima, de esas que se suben solas al caminar, dejando ver el inicio del culo. Crop top blanco ceñido, sin sostén, pezones duros marcándose contra la tela fina. Botas negras hasta la rodilla, cabello castaño suelto con ondas naturales, labios rojo sangre brillante, ojos verdes delineados que me escanearon de arriba abajo como si ya estuvieran midiendo dónde iba a correrme primero. En la mano llevaba una bolsita negra de tela, pequeña pero prometedora.

Entró sin esperar invitación, cerró la puerta con el hombro y me empujó contra la pared del pasillo. Esta vez fue ella quien tomó el control inicial.

—“Te extrañé tanto, casado… mi coño no para de mojar desde que me fui la otra vez. Siento que mi cuerpo te reclama.”

Me besó con lengua profunda, mordiendo mi labio inferior hasta que sentí el sabor metálico de la sangre. Metió la mano dentro de mis pantalones, agarró mi verga dura y la apretó con fuerza.

—“Ya está así de parada… qué rico. Se nota que llevas días acumulando. Vamos al sofá, pero hoy mando yo un rato. Quiero que me mires mientras te torturo un poco antes de dejarte descargar.”

La seguí al living. Se sentó en el borde del sofá, abrió las piernas sin pudor y se levantó la falda. Sin bragas, como siempre. Su coño estaba hinchado, labios gruesos y rosados abiertos por la excitación, clítoris rojo y erecto asomando, un hilo de humedad bajando por el interior del muslo. Sacó de la bolsita un plug anal negro mediano, con base ancha y una piedrita rosa brillante en el extremo. Lo sostuvo frente a mí.

—“Primero lubrícame esto… con tu lengua. Quiero sentir tu saliva antes de que me lo metas.”

Me arrodillé entre sus piernas como un devoto. Empecé lamiendo su coño despacio: lengua plana recorriendo de abajo arriba, saboreando cada gota salada-dulce, succionando el clítoris con fuerza hasta que ella arqueó la espalda y soltó un gemido largo. Luego bajé la lengua al ano. Lo rodeé en círculos lentos, lo humedecí bien, metí la punta dentro, empujando suave para abrirla. Ella gemía bajito, agarrándome el pelo con ambas manos.

—“Así… méteme la lengua en el culo… prepáramelo bien… quiero sentirlo lleno mientras me follas el coño…”

Cuando el ano estuvo bien mojado y relajado, tomé el plug, lo apoyé en la entrada y empujé despacio. Entró con un pop suave y audible.

Sofía soltó un gemido profundo, temblando entero.

—“Joder… se siente tan lleno… tan rico… ahora fóllame el coño con esto puesto. Quiero que sientas cómo te aprieto más.”

La puse boca arriba en el sofá, le abrí las piernas hasta que casi tocaron sus hombros. Apunté mi verga y la penetré de una embestida lenta pero profunda. El plug hacía que su coño estuviera más estrecho, más caliente, más apretado. Cada movimiento rozaba el plug contra mi verga a través de la pared delgada. Era una sensación obscena, brutal, adictiva.

—“Siente cómo te exprimo… cómo te aprieto con el culo lleno… estás más grueso que la otra vez…”

Empecé a bombear con fuerza creciente. Sus tetas rebotaban bajo el crop top. Le subí la tela y me metí un pezón en la boca, chupando con fuerza, mordiendo suave mientras la follaba. Ella gritaba sin control, las uñas clavadas en mi espalda.

—“Más fuerte… rómpeme… descárgate en mí… quiero tu leche de casado hambriento… meses sin coger y todo para mí…”

Aceleré hasta que el sofá crujía como si fuera a romperse. Le metí tres dedos en la boca, ella los chupaba como si fueran otra verga, saliva chorreando por su barbilla. Luego saqué el plug de un tirón lento y deliberado. Su ano quedó abierto, rosado, pulsante, invitándome.

—“Ahora el culo… métemela toda… quiero sentir cómo me llenas otra vez… quiero que me dejes goteando tu semen por horas.”

Me salí del coño empapado, apunté al ano dilatado y empujé hasta el fondo de un solo movimiento. Gritó fuerte, mezcla de placer y ardor delicioso. Empecé a follarla anal con ritmo salvaje, profundo, sin piedad. El plug estaba tirado a un lado, todavía caliente y brillante de saliva y lubricante natural.

Ella se masturbaba el clítoris con dos dedos, rápida, desesperada, el otro mano pellizcándose los pezones.

—“Me voy a correr… me corro con tu verga en el culo… joder… sí… sí…”

Se corrió temblando entero, contracciones fuertes que me apretaban como un puño vivo. Chorros calientes salpicaron mi abdomen y el sofá.

Eso me llevó al borde.

—“Voy a correrme… ¿dónde quieres esta vez?”

—“En mi boca… quiero tragarme toda tu leche acumulada… quiero saborear meses de abstinencia…”

Salí de su culo, me puse de pie. Ella se arrodilló rápido en el suelo, abrió la boca grande y sacó la lengua plana. La agarré del pelo con ambas manos y me la metí hasta la garganta. Dos, tres, cuatro embestidas profundas y exploté. Chorros espesos y calientes le llenaron la boca, la garganta. Tragó todo sin derramar una gota, gimiendo de placer, mirándome a los ojos mientras las lágrimas de esfuerzo le corrían por las mejillas.

Cuando terminé, me limpió la verga con la lengua lenta, saboreando cada resto de semen, saliva y su propio culo. Luego se levantó, se limpió los labios con el dorso de la mano y sonrió con malicia.

—“No hemos terminado, casado. Traje más cosas.”

Sacó de la bolsita unas esposas de cuero suave y un vibrador bala pequeño pero potente. Me miró con ojos brillantes.

—“La próxima ronda: me atas las manos a la espalda, me pones el vibrador en el clítoris y me follas la boca hasta que te corras otra vez. Después me atas al sofá y me haces correrme con el vibrador mientras me penetras el culo de nuevo. Quiero que me dejes exhausta… quiero que descargues hasta que no quede nada más en tus bolas.”

Me besó profundo, dejándome el sabor de mi propio semen mezclado con su saliva.

Pasamos las siguientes dos horas en eso: esposas, vibrador zumbando contra su clítoris mientras yo le follaba la boca hasta correrme en su garganta otra vez; luego la até boca abajo al sofá, vibrador pegado con cinta, y la follé anal lento y profundo hasta que se corrió tres veces más, gritando mi nombre entre sollozos de placer. Al final, cuando ya no podía más, la desaté, la abracé sudorosa y temblorosa, y nos quedamos en silencio un rato, respirando agitados.

Se arregló la falda lo mejor que pudo, guardó los juguetes en la bolsita, me dio un beso suave en los labios y susurró:

—“No vayas a follar a tu esposa, te quiero solo para mí."

Salió por la puerta con una sonrisa satisfecha.

Yo me quedé tirado en el sofá destrozado, verga sensible, el living oliendo a sexo crudo y vainilla quemada, y la certeza de que la ausencia en casa ya no era un problema. Era una excusa perfecta para seguir viéndola. Y para que la próxima vez fuera aún más larga, más sucia, más adictiva.

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