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Siempre he entendido el masaje no solo como una técnica, sino como un lenguaje sagrado. Tras mi paso por los exclusivos spas de Bogotá, comprendí que mis manos tenían el poder de silenciar el ruido del mundo para devolverle a alguien la conciencia de su propio ser. Sin embargo, con Paula, el intercambio superó cualquier protocolo. Ella no buscaba solo relajación; buscaba una reconexión absoluta.
Paula, con su presencia serena y su cuerpo esbelto, se convirtió en el lienzo donde el deseo y la espiritualidad comenzaron a entrelazarse. Lo que empezó como sesiones profesionales a domicilio, pronto se transformó en una atmósfera cargada de magnetismo. Yo podía sentir su energía mutar bajo mis palmas; su respiración ya no era solo un proceso biológico, sino un susurro del alma pidiendo ser liberada.
El Despertar de los SentidosEn nuestra tercera sesión, la desnudez dejó de ser un tabú para convertirse en una necesidad de libertad. Cuando ella me propuso explorar el terreno de lo erótico, entendí que no me estaba pidiendo un simple servicio, sino una guía hacia su propio éxtasis. Acepté bajo un pacto de mutua discreción, sabiendo que entraríamos en un territorio donde la mente se rinde para que el espíritu hable.
Comencé el ritual con una lentitud casi litúrgica. Mis manos, impregnadas en aceites esenciales, iniciaron un recorrido que buscaba alinear su energía. Cada caricia alrededor de sus pezones y su vientre no era solo estímulo, era una invitación a que su mente soltara el control. El roce en sus muslos y su ingle fue despertando una vibración interna que parecía emanar desde su centro mismo.
La Comunión TotalCuando mis dedos finalmente exploraron su humedad, ya no había distinción entre nosotros. Al iniciar el masaje en su zona más íntima, mi objetivo no era solo la fricción, sino la sincronización. Jugué con la anticipación, entrando y saliendo con una delicadeza que la hacía suspirar nombres olvidados. Al encontrar su punto G, el ritmo se volvió constante, como un mantra físico.
En ese instante, la magia ocurrió: Paula dejó de ser solo un cuerpo para convertirse en pura energía. Sentí cómo sus músculos se tensaban no por dolor, sino por una acumulación de placer que conectaba su mente, cuerpo y alma en un solo haz de luz.
El orgasmo no fue una simple respuesta física; fue una explosión catártica. Sus contracciones se expandieron como ondas en un estanque, culminando en una liberación total que inundó mis manos y su espíritu. En ese chorro de vida y ese suspiro profundo de satisfacción, Paula no solo encontró el clímax, sino una paz absoluta, una rendición total donde el tiempo se detuvo y solo existió la plenitud del ser.






