En mi trayectoria como masajista, he aprendido que el deseo es una energía que rara vez se queda contenida. Todo comenzó con un mensaje de WhatsApp: un esposo solicitaba un "masaje relajante" para su mujer por su aniversario. Pero el tono cambió pronto. Me confesó una fantasía que ambos compartían en la intimidad, nacida de una experiencia previa donde el roce accidental de un masajista la había encendido. Esta vez, él quería que yo fuera el catalizador de ese fuego, con una condición implícita: él quería ser testigo del placer de su esposa a manos de un extraño.
El plan era perfecto. No la recibiría desnuda para no levantar sospechas; usaría el kit profesional de lencería desechable. La seducción no vendría de lo evidente, sino de la técnica.
El Escenario del DeseoLlegué al apartamento y el esposo me recibió con una cordialidad ensayada, una máscara de normalidad que ocultaba una excitación febril. Me instalé en la habitación principal. Ella, una mujer trigueña de belleza compacta, cintura esculpida y curvas que el material traslúcido del kit apenas lograba contener, se recostó en la camilla.
Empecé con la calma de un experto. Mis manos recorrieron sus extremidades, ganando su confianza, rompiendo sus defensas. Mientras avanzaba hacia el centro de su cuerpo, la habitación comenzó a cargarse de una electricidad pesada. Al rozar los límites de sus senos y la parte alta de sus muslos, noté que su respiración se volvía errática. Sus elogios sobre la "magia" de mis manos eran, en realidad, gemidos disfrazados de palabras.
Fue entonces cuando lo vi. Por la pequeña rendija de la puerta, los ojos del esposo estaban clavados en nosotros. Me levantó el pulgar en una señal de aprobación silenciosa. El juego había comenzado.
La Entrega Absoluta—Tienes mucha tensión acumulada en el pecho —le dije con voz firme pero suave—. Voy a trabajar la zona para liberarla.
Ella asintió, entregada. Al manipular sus senos con movimientos circulares, el sujetador desechable cedió "accidentalmente". No hubo reproche, solo un suspiro de alivio. Mis dedos jugaron con la frontera de sus pezones hasta que la tensión fue insoportable. Fue ella quien rompió la última barrera: tomó mi mano y la guio directamente hacia su intimidad.
Con un gesto de complicidad robada, la desnudé por completo. Ella me pidió silencio con la mirada, ignorando que, a pocos metros, su esposo devoraba cada detalle del encuentro.
El Clímax que Conecta MundosMi mano se sumergió en su humedad, explorando los labios mayores antes de centrarme en el clítoris. Cuando mis dedos índice y anular penetraron su calidez, el sonido rítmico de la lubricación llenó el silencio de la habitación, un eco que seguramente hacía vibrar al esposo tras la puerta.
Al localizar ese punto rugoso y sagrado en su pared vaginal, inicié una estimulación constante y profunda. El cuerpo de ella se convirtió en un sismo de placer. Su mente se desconectó del mundo, su cuerpo se arqueó buscando más y su alma pareció expandirse en cada espasmo. El orgasmo no fue una simple respuesta física; fue una catarsis volcánica. Un chorro de néctar caliente inundó mi mano mientras un grito ahogado marcaba el final de la sesión más intensa de su vida.
Miré hacia la puerta por última vez. Él no se había movido ni un centímetro.
Hoy, siete meses después, las sesiones son quincenales. El secreto se ha convertido en su combustible sexual y yo, en el arquitecto de esos encuentros donde la mente, el cuerpo y el morbo se funden en una sola experiencia trascendental.






