Guía Cereza
Publicado hace 6 horas Categoría: Sexo con maduras 22 Vistas
Compartir en:
Madura apasionada

Sandra estaba de rodillas sobre el sofá, en cuatro, el culo alzado como un altar pagano listo para ser profanado. A sus 58 años, esas nalgas eran un prodigio vivo: carne densa, tibia, ligeramente húmeda por el sudor que ya empezaba a perlar la piel y a deslizarse en finas gotas por la curva interna de los glúteos. El aire olía a ella: una mezcla densa de sudor maduro, perfume viejo que se había adherido a la piel durante el día y ese aroma almizclado, casi animal, que sube desde entre las piernas cuando una mujer lleva horas conteniendo el deseo.

Deslicé los leggings hacia abajo con lentitud deliberada, sintiendo cómo la tela elástica se resistía antes de ceder, dejando a la vista ese hilo dental negro tan fino que parecía una línea dibujada con tinta sobre carne. El tejido se había hundido profundamente entre las nalgas, marcando una sombra oscura que desaparecía en el pliegue. Al rozar con los dedos, la piel respondió con un leve temblor; el roce dejó rastros rosados que se encendían al instante, como si la carne estuviera pidiendo más presión.

Le arranqué el leggins de golpe y mi voz salió grave, entrecortada por la saliva que se me acumulaba en la boca:

—Sandra… abre más esas piernas gordas, separa todo. Quiero ver cómo tiembla esa carne. Tu culo es una puta obra maestra: pesado, caliente, sudado… el volumen me aplasta el pecho. No puedo creer que hoy vaya a hundirme entero en este abismo.

Ella soltó un gemido ronco, la voz vibrando de vergüenza y excitación:

—Me haces sentir tan expuesta, Luis… el aire ya me roza el ano y me eriza la piel. ¿Tan desbordante estoy que te dejas sin aliento?

—Eres el pecado con curvas, Sandra. Todo hombre que te ha visto caminar ha imaginado esto: estas nalgas chocando contra sus caderas, este culo sudado aplastándole la cara. A mis 38 años sigo sintiendo que me arde la polla solo de olerte. Quiero ser tu adicto eterno, tu dueño en cada agujero.

—Amor… ¿no te repugnan mis estrías plateadas, mi vientre que se mueve al respirar, el sudor que me corre por la espalda?

—Cada estría es una huella de placer vivido. Me vuelven loco. Desde que era un adolescente me corría oliendo tu ropa interior que encontraba en la lavandería, imaginando este olor exacto: sudor salado, coño maduro, piel caliente después de un día entero.

Sandra jadeó, el sonido húmedo y profundo:

—¿Tanto tiempo guardándote eso? ¿Por qué no me lo dijiste, mi niño?

—Temía que te alejaras… o que el olor te delatara y todo se acabara. Pero ahora ya no hay escapatoria.

Ella arqueó la espalda hasta que la columna crujió levemente, separó más las piernas hasta que los muslos temblaron por el esfuerzo, y con ambas manos abrió sus nalgas con fuerza brutal. El ano se expuso: oscuro, fruncido, latiendo con cada latido del corazón, rodeado de pliegues húmedos de sudor que brillaban como miel oscura. El olor me golpeó como una ola: sudor espeso acumulado todo el día, un toque ácido y dulce del coño que chorreaba más abajo, calor humano puro que me hizo gemir contra su carne.

—Ven… cómete este culo maduro y sudado. Sé que has soñado con meter la nariz aquí, con saborear el sudor que se acumula en los pliegues. Quiero tu lengua hasta el fondo, quiero que me limpies el día entero.

Inhalé profundo, el aroma me llenó los pulmones y me endureció hasta doler: salado, almizclado, con un fondo terroso y prohibido que me hizo salivar sin control. Lamí primero despacio, la lengua plana recorriendo el perímetro del ano, sintiendo cómo los pliegues se contraían y se abrían con cada pasada, dejando un regusto salado en la punta. Metí la lengua y resistió un segundo, caliente y aterciopelado, antes de ceder; el interior era más suave, más apretado, con un sabor más intenso, casi metálico. Enterré toda la cara: nariz aplastada contra el perineo empapado, boca abierta succionando el agujero entero con fuerza, el sonido de succión húmeda llenando la habitación.

Mordí las nalgas con saña, dejando marcas rojas que se hinchaban al instante; lamí desde el coño —donde los jugos ya corrían por los muslos— hasta la base de la espalda en lametones largos, tragándome cada gota de sudor.

—Sandra… este culo me tiene preso. El sabor salado, el olor a sudor de todo el día… me está volviendo loco. Quiero lamerte así hasta que me duela la lengua y siga oliendo a ti mañana.

—Mi amor… tus palabras me hacen gotear más… Siento cómo mi coño palpita solo de oírte.

Se incorporó con un movimiento felino, se arrancó la blusa y el sostén. Las tetas cayeron pesadas, rebotando con un sonido suave y carnoso; pezones oscuros, hinchados, duros como piedras, aureolas inmensas que se arrugaban al contacto con el aire fresco. El vientre suave temblaba con cada respiración agitada; la vagina depilada relucía, los labios mayores abiertos y brillantes, un hilo de fluido claro colgando desde el clítoris hasta el muslo. Me arrodillé y me lancé: lengua plana recorriendo todo el sexo, succionando los labios hinchados que se abrían como pétalos calientes, metiendo la lengua hasta el fondo para beber su miel espesa, dulce con un toque salado que me hacía gemir.

Ella agarró mi pelo con ambas manos, uñas clavándose en el cuero cabelludo, y me aplastó contra su entrepierna, restregándose con desesperación, el sonido de carne húmeda contra mi cara llenando el aire.

—Así, mi bestia… cómete este coño maduro y empapado. Méteme la lengua hasta el útero, bébete todo lo que chorrea. Este coño es tuyo, rómpelo con tu boca hambrienta.

Mientras la devoraba veía sus tetas balancearse pesadas, el vientre ondular con cada contracción, oía sus gemidos roncos mezclados con el chapoteo de su humedad en mi boca. Chupé el clítoris hinchado como si fuera un caramelo vivo, succionando con fuerza hasta que sus muslos temblaron violentamente. De pronto gritó, la voz quebrada:

—¡Métemela ya, Luis! ¡Me corro, necesito tu polla gruesa dentro, ahora!

Aceleré la lengua vibrándola contra el clítoris y ella explotó: un chorro caliente y abundante inundó mi boca, dulce, salado, espeso. Lo acumulé en la lengua, lo tragué gimiendo, y cuando las convulsiones cedieron me levanté y la besé con furia animal, compartiendo su sabor, lamiéndole el cuello sudado, las orejas, la mandíbula, mientras ella jadeaba poseída, el aliento caliente contra mi cara.

Me tiró al sofá de un empujón y se montó encima. Su coño ardiente, apretado y empapado me envolvió de golpe; el calor era abrasador, las paredes internas palpitaban alrededor de mi polla como si quisieran ordeñarme. Su culo pesado subía y bajaba con dificultad, cada embestida hacía que las nalgas chocaran contra mis muslos con un sonido húmedo, carnoso, casi violento. Agarré una teta con las dos manos —pesada, caliente, la piel ligeramente pegajosa de sudor—, succioné el pezón con fuerza, mordiéndolo suave mientras ella giraba las caderas en círculos brutales, el roce de su clítoris contra mi pubis enviando descargas eléctricas.

—Sandra… ponte abajo. Quiero follarte como animal, sentir cómo tiemblas debajo de mí.

—Primero déjame saborearte… quiero tu polla en la garganta hasta que me ahogue.

Se arrodilló, se la metió entera de un golpe; la garganta se contrajo alrededor de la cabeza, lágrimas rodaron por sus mejillas mientras chupaba con hambre voraz, el sonido de succión húmeda y gorgoteos llenando la habitación. Miraba hacia arriba con ojos vidriosos de lujuria.

—Tu polla es mía… tan gruesa, tan caliente, con ese olor a hombre excitado… Cómo me hubiera gustado mamarla hace años, darte mis tetas llenas y tragarme cada gota de tu leche joven.

—Ahora soy tuyo, Sandra. Quiero ser tu hombre para siempre.

—Eres mi marido, mi amante… Te voy a dar tanto placer que nunca podrás mirar a otra. Mi cuerpo maduro te va a arruinar.

Siguió mamando hasta que sentí el orgasmo subir; entonces metió dos dedos gruesos en mi culo, moviéndolos con maestría, presionando justo donde más duele de placer.

—¿Te gusta que te folle el culo, amor? Quiero sentir cómo tiemblas y te contraes para mí.

—Haz lo que quieras… soy tu fantasía viva. Fóllame, cómeme, rómpeme.

Me volteó con fuerza y se lanzó a mi culo: lengua profunda, caliente, succionando con furia, metiendo dedos mientras lamía y gemía, el aliento caliente contra mi piel sudada.

—Este culito sudado me enloquece… sucio, caliente, con tu olor fuerte de hombre. Quiero limpiártelo todos los días con mi lengua hasta que huelas solo a mí.

Estaba al borde. Ella sacó los dedos, los chupó con deleite y susurró:

—Antes de follarme… siéntate en mi cara. Quiero ahogarme en tu culo sudado.

Me puse en cuclillas sobre su rostro. Ella abrió mis nalgas con ambas manos, uñas clavándose, y se restregó la nariz, la boca, la lengua, succionando mi ano con desesperación, inhalando profundo mientras gemía. Yo giraba las caderas, frotándome contra su cara, el sonido húmedo y obsceno mezclándose con sus jadeos.

—Al sofá… piernas al hombro. Quiero destrozarte el coño y luego el culo.

La penetré de un golpe, bombeando con furia mientras le chupaba los pies: dedo gordo en la boca, sabor salado de sudor y piel, lamiendo la planta entera, metiéndome todos los dedos mientras la follaba sin piedad, el sonido de carne chocando resonando.

—Rómpeme, Luis… rómpeme la cuca a tu puta madura. Siento cómo me palpita todo… ¡me vengo!

Paré justo antes, me bajé y me bebí su chorro en la boca: caliente, abundante, dulce-salado, tragando mientras ella gritaba y temblaba. Luego la volteé, lamí su ano empapado de saliva y sudor, y le metí la polla despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el anillo se abría y me apretaba como un puño ardiente.

—Así… suavecito… ahora rómpeme el culo, amor. Destrozámelo hasta que no pueda sentarme.

Aceleré, nalgueando fuerte, las marcas rojas apareciendo al instante, el choque de nalgas un ritmo hipnótico y violento. Su ano me ordeñaba con cada embestida.

—¿Te gusta que te rompa el culo así? ¿Te gusta ser mi puta madura abierta y sudada?

—Mi culo es tuyo… méteme la mano si quieres, rómpeme entera, haz que me duela de placer.

Saqué la polla, se la metí en la boca para que la limpiara con lengua ansiosa y le ordené:

—Méteme los dedos en el culo… muévelos fuerte, hazme correrme dentro de tu garganta.

Sus dedos gruesos me llenaron, bombeando rápido, presionando justo donde explota todo. Grité:

—Abre la boca… ¡me vengo!

Eyaculé en chorros gruesos, calientes, abundantes; ella tragó gimiendo, sacando la lengua para lamer cada gota que quedaba, el sabor salado y espeso llenándole la boca.

—Mi lechita… toda mía… bota más, papito, quiero

tragármelo todo. Nos derrumbamos exhaustos, piel contra piel pegajosa de sudor y fluidos. Succione su pezón, lamiendo el sabor salado de la aureola, mientras ella me acariciaba el pelo con dedos temblorosos.

—Sandra… eres mi obsesión absoluta. Te quiero con locura salvaje.

—Mi hombre… ahora eres mi todo. Cumpliré cada fantasía tuya, por más sucia, por más oscura. Orgías con culonas maduras, lo que sea… pero siempre volverás a oler mi sudor, a saborear mi culo, a correrme en la boca.

Este incendio con Sandra marcó mi vida para siempre. Fuimos amantes durante años intensos. Aunque ya no está en este plano, su olor, su sabor, el peso de su carne sobre mí… siguen vivos en cada célula. Y seguiré contando cada detalle sensorial de lo que vivimos.

ummmmm leo tus commentarios mi rica madura espero estés aquí….

Publica tu Experiencia

🍒 Pregunta Cereza

¿Usarías una app que te muestre moteles cercanos de forma rápida y discreta? ¡Cuéntanos qué piensas en la sección comentarios!