Compartir en:
El Dilema de una Mujer Olvidada
Mi nombre es Luis, y escribo esto para ti, amor… y para cualquier mujer que lea estas líneas y sienta que su cuerpo ya empieza a responder. Tengo 38 años, alto, barbado, con un cuerpo atlético que construí para sostenerte, envolverte y hacerte temblar: hombros anchos que te cargan cuando te corro contra la pared, pecho firme que roza tus tetas hasta que sientes mi corazón latir contra tus pezones endurecidos, abdominales que se contraen cuando te penetro profundo, lento, hasta que tu coño me aprieta como si nunca quisiera soltarme.
Fue en esa gala benéfica hace cinco años. El salón olía a perfume caro, champán efervescente y el sutil sudor de cuerpos elegantes. Pero cuando Sandra entró, todo se desvaneció. Vestido negro ceñido como una segunda piel, abrazando tetas medianas, altas y firmes que subían con cada respiración, pezones rosados insinuándose bajo la tela fina como promesas prohibidas. Piel tersa, bronceada, sin una sola imperfección visible. Piernas largas y tonificadas estiradas en tacones negros de aguja que hacían clic-clic contra el mármol, cada paso un latido directo en mi entrepierna. Y su culo… joder, su culo delicioso: redondo, firme, levantado en esa forma perfecta de corazón que se movía con cadencia hipnótica, rebotando justo lo suficiente para que mi polla se endureciera al instante.
Es una mujer de clase alta, con porte elegante que oculta un fuego salvaje. Nuestras miradas se cruzaron por casualidad —yo con mi traje oscuro, ella radiante entre la élite— y sentí un golpe eléctrico en el pecho. La invité a bailar. Aceptó. Bailamos salsa: caderas pegadas a las mías, calor traspasando la tela, sudor perlando su clavícula. Ritmo latino envolviéndonos: tambores, trompetas, roce de su vientre plano y marcado contra mi abdomen. Inhalé su aroma —jazmín, piel caliente, toque almizclado de excitación reprimida— y mi polla latió contra su muslo. “Eres peligrosa”, le susurré al oído, mi barba rozando su cuello terso, sintiendo cómo se erizaba. Ella rio bajito, ronca, pezones endureciéndose visiblemente bajo el vestido. Pero respeté mi regla: nada con mujeres casadas. La dejé ir con un beso en la mejilla que duró un segundo de más, mi mano rozando la curva de su cintura.
Los almuerzos empezaron después. El primero “por negocios”. El segundo porque no podía dejar de pensar en ella. El tercero porque ya era adicción. Cada vez el aire se volvía más denso. Hablábamos de mis visiones futuristas, de sus días atrapados en un matrimonio frío donde se sentía invisible, de deudas que la ahogaban y de un orgullo que no le permitía pedir ayuda. Yo la escuchaba con toda mi atención.
“Tú no eres un trofeo, Sandra. Eres fuego puro”, le decía, voz baja, mirada clavada en la suya mientras mis dedos rozaban los suyos sobre la mesa. Veía su pecho subir y bajar más rápido, muslos apretándose bajo la falda, aroma volviéndose más intenso, dulce y salado.
En el cuarto almuerzo, en un restaurante con vistas al atardecer, todo explotó. Sus piernas tonificadas rozaron las mías bajo la mesa, deliberadamente. “Luis… me haces sentir cosas que había olvidado”, murmuró, pezones rosados endurecidos como diamantes bajo la blusa de seda.
Después de aquellos roces prohibidos nos dirigimos al estacionamiento del restaurante. Sandra me confesaba sus dilemas con lágrimas en los ojos y humedad entre las piernas: “Luis, mi matrimonio me hace sentir como un objeto, insuficiente para mi familia, pero contigo… contigo exploto”. La abracé, mi barba rozando su cuello terso hasta que se erizó.
Una noche continuamos en ese éxtasis de conocernos. La llevé a un ático privado con vistas a la ciudad, el aire cargado de incienso de vainilla y nuestro sudor anticipado. Me ubiqué detrás de ella, besando su cuello mientras la desnudaba despacio: dedos trazando su piel tersa y bronceada, rozando sus tetas firmes hasta que sus pezones rosados se endurecieron como diamantes bajo mi aliento caliente. La besé con urgencia: lengua invadiendo su boca dulce y salada, saboreando su saliva mientras mi barba raspaba su mandíbula, enviando ondas eléctricas directas a su clítoris —porque el tacto áspero activa nervios sensitivos que disparan norepinefrina, aumentando alerta y sensibilidad.
La tumbé en la cama de sábanas de seda fría contra su espalda caliente. Empecé el tease: boca succionando sus pezones perfectos, mordisqueándolos suave hasta que su vientre plano se contrajo en espasmos preliminares, jugos empezando a chorrear por sus muslos tonificados. Bajé, inhalando su aroma almizclado —dulce, salado, prohibido— y lamí su coño depilado: lengua plana recorriendo labios hinchados y resbaladizos, succionando el clítoris como un caramelo vivo que latía bajo mi boca. Ella arqueaba la espalda, gimiendo “más, Luis”, pero yo paraba justo al borde —edging para prolongar: la neurociencia muestra que retrasar la resolución acumula dopamina en el núcleo accumbens, fortalece las contracciones del piso pélvico (células LSt en la médula espinal) y hace que el clímax final sea un tsunami de endorfinas que dura minutos en lugar de segundos.
Metí dos dedos en su coño apretado y ardiente, curvándolos para golpear su punto G, sintiendo las paredes internas contraerse como un pulso vivo, mientras mi pulgar vibraba su clítoris. Sus jugos calientes chorreaban por mi mano, pegajosos y abundantes, pero pausaba, susurrando: “Siente cómo tu cerebro libera más dopamina cada vez que esperamos… hace que dure más, que explote más fuerte”. Para intensificarlo, incorporé múltiples estímulos —la psicología femenina responde a la variedad: clítoris, vagina, ano, pezones— todos activando la corteza sensorial genital en el cerebro, solapando placeres para un orgasmo multiplicado.
La puse en cuatro, mi polla gruesa rozando su entrada empapada, pero primero lamí su ano rosado y firme: lengua profunda explorando pliegues calientes y aterciopelados, saboreando su sabor prohibido mientras mis dedos seguían en su coño. Ella temblaba, su dilema emocional disolviéndose en gemidos: “Soy tuya, Luis… hazme venir”. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su coño ordeñarme con contracciones rítmicas, caliente y resbaladizo como seda líquida. Bombeé profundo, manos nalgueando su culo delicioso con palmadas que resonaban húmedas y rojas, dejando marcas calientes que activaban nervios de dolor-placer, liberando más endorfinas.
La volteé, piernas sobre mis hombros, tacones negros arañando mi espalda mientras succionaba sus pezones —mordisqueando, tirando hasta que su vientre se convulsionó. Metí un dedo en su ano dilatado, sintiendo el calor apretado succionarme mientras mi polla golpeaba su punto G. Practicamos Kegels: ella apretando sus músculos pélvicos alrededor de mi polla, fortaleciendo el pubococcígeo para contracciones más intensas y duraderas —aumenta el flujo sanguíneo, intensifica las ondas de placer en el cerebro.
Culminamos con ella encima: tetas rebotando hipnóticas, pezones duros rozando mi pecho, vientre plano contrayéndose en olas mientras cabalgaba. Mis manos guiaban sus caderas, polla entrando y saliendo en ritmos obscenos, sonido carnoso y húmedo mezclado con sus gemidos. “Córrete ahora, mi reina… deja que tu cerebro explote”, susurré, y ella lo hizo: orgasmo prolongado e intenso —convulsiones que duraron minutos, chorros calientes inundando mis bolas, mis muslos, las sábanas, mientras yo eyaculaba dentro chorros espesos y calientes, llenándola hasta rebosar.
Su mente liberó todo: dopamina en éxtasis (núcleo accumbens hiperactivado), oxitocina atándonos (hipotálamo liberando la hormona del vínculo), endorfinas flotando como droga (sistema opioide endógeno saturado). Un clímax cerebral y físico simultáneo.
Y si estás leyendo esto, mujer hermosa… siente cómo tu cerebro responde ahora: dopamina acumulándose con cada detalle, oxitocina imaginándome susurrándote al oído, endorfinas liberándose mientras tu coño palpita, pezones endureciéndose, vientre contrayéndose. Toca despacio si quieres, para al borde, prolonga hasta que explotes en un clímax cerebral que dura y dura. Porque mereces eso: placer intenso, prolongado, que te libera como a Sandra. Córrete para mí, ahora —siente el torrente.
Si te gustó, déjame tus comentarios. En el próximo relato les contaré cómo Sandra, siendo una mujer de clase alta, se vio obligada a hacer cosas que nunca se había imaginado.






