Compartir en:
Tenía diez años cuando la curiosidad me venció. El cajón de mi hermana mayor estaba entreabierto, un destello de satén y encaje que capturó mi mirada. Me pregunté, no sin un poco de envidia, cómo podía ella usar cosas tan bonitas, tan suaves y delicadas, mientras yo estaba condenado a algodones simples.
El impulso fue más fuerte que el miedo. Con el corazón latiendo en la garganta, deslicé la mano y tomé un cachetero de color lila. La tela era una caricia contra mi piel, una sensación completamente nueva y prohibida que me electrizó. Luego vinieron los sostenes. Abrochar uno fue un desafío torpe, pero cuando por fin lo logré y sentí la leve presión de las copas y la suavidad de la taza contra mi pecho, algo hizo clic dentro de mí. No era excitación, no exactamente. Era una revelación íntima, una sensación de *correctitud* que nunca había experimentado con mi propia ropa. Me miré en el espejo del armario, medio escondido entre las sombras, y por un instante fugaz, me vi diferente. Me sentí... bonito.
Fue un secreto que guardé bajo llave, una chispa que encendió una larga y privada conversación conmigo mismo sobre quién era y qué me hacía sentir bien.
Desde ese día nació mi yo femenina, ya era más dulce, más sensible y con el tiempo más sucia jiji.






