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En el calendario de mi memoria, aquel diciembre no huele a pólvora, sino al aroma de una mujer que me doblaba la experiencia y me triplicaba el deseo. Para aquella época yo era un joven de 21 años cuando quede atrapado en la redes de una docente de 38, una mujer de mirada inteligente y una sensualidad que desbordaba la pantalla. Chatear con ella era un ritual de seducción: fotos enviadas con el pulso tembloroso y confesiones que se quedaron en suspenso cuando el silencio nos separo. Hasta que una noche, el teléfono quemo mi mano con su invitacion: quería mi cuerpo en su casa ya mismo.
llegue bajo la vigilancia de los vecinos, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda. Cuando ella abrió, la realidad supero cualquier fantasía. Media 1.65 metros aproximadamente; su cabello negro y largo caía como una cascada sobre sus hombros, enmarcando unos ojos negros, profundos, y unos labios gruesos y carnudos que parecían diseñados para devorar mi inexperiencia.
_Pasa-susurro-. Pero silencio mi hija esta durmiendo.
Esa advertencia fue un balde de agua fría, pero el calor regreso ya estando en su habitación. Bajo la luz tenue, ella se desnudo lentamente. Su piel era de una blancura casi irreal. Al quedar desnuda, mis ojos se anclaron en sus senos: grandes, naturales y, aunque el tiempo y la gravedad los habían marcado, eran la cumbre de la feminidad. Baje la mirada hacia su vientre suave y me encontré con su parte noble y mas intima, una vagina relativamente grande, velluda y muy húmeda hacia frente a mis ojos, ese bello tesoro desprendía un aroma cautivador. Y luego, estaba esa cola perfecta en su imperfección, con una celulitis que me resultaba fascinante al tacto y de una forma inmejorable.
Ella no perdió su tiempo. Se acerco y hundió sus dedos en mi cabello, mientras sus labios carnosos envolvían los míos. El beso sabia a urgencia. Me sentó en la cama y se arrodillo entre mis piernas para despojarme de la ropa con una maestría que me hizo temblar. Cuando finalmente una vez estando desnudo ambos y después de muchas caricias, la penetré, el placer fue un choque eléctrico. Sentir su calor apretando mi juventud fue maravillosamente glorioso, pero mi mente era un campo de batalla. Cada gemido de ella, cada roce de las sabanas, me disparaba la paranoia. Escuchaba ruidos en el pasillo, imaginaba a su Hija despertando o a los vecinos murmurando en la acera, Ella se movía con una cadencia de mujer vivida, subiendo y bajando sobre mi ser, haciendo que su piel blanca brillara productor del sudor. yo intentaba perderme en sus labios y en la textura de su cola bajo mis manos, pero el estrés de ser pillados acelero mi pulso. El miedo pudo mas que el deseo: en apenas unos 6 a 9 minutos, la intensidad y la ansiedad me vencieron. Me vine dentro de ella en una explosión rápida y frustrante, sintiendo que le fallaba a la diosa que tenia frente a mi en aquel momento. Nos quedamos en un silencio sepulcral, roto solo por mi respiración agitada. Me vestí con la rapidez de un fugitivo y salí de su casa sintiendo que dejaba el alma en esa habitación. Nunca volví a verla.
Hoy, la nostalgia es un peso dulce. Me queda el hambre de su experiencia y el deseo de haberla tenido en un lugar mas privado, mas intimo, mas, mas calmado, y sin testigo. Si por alguna carambola del destino lees esto, Haz de saber que aquel joven nunca te olvido. Aun recorro tu piel blanca en mi mente y sigo esperando que el universo nos regale esa revancha, esta vez, con todo el tiempo del mundo para disfrutar de tu perfecta imperfección.






