Guía Cereza
Publicado hace 6 horas Categoría: Hetero: General 23 Vistas
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Esa tarde me quedé en mi cuarto estudiando, o al menos intentándolo, porque la verdad la cabeza me daba vueltas pensando en lo que había pasado esa mañana en el cuarto de ropas. Dos veces en menos de doce horas. Sin planearlo, sin decir una sola palabra de más. Solo cuerpos hablando por sí solos.

Lo que no sabía en ese momento es que eso que había empezado casi por accidente una noche de cervezas y película, se iba a convertir en algo tan natural como desayunar. Y casi tan frecuente.

La dinámica se instaló sola, sin que ninguno de los dos la propusiera ni la nombrara. Mis papás salían temprano, mi hermano dormía hasta el mediodía los fines de semana, y la prima y yo nos íbamos encontrando en esos espacios vacíos de la casa con la misma inevitabilidad con que el agua encuentra su camino cuesta abajo. Una mirada en la cocina, un roce en el pasillo, y en cuestión de minutos ya estábamos enredados en algún rincón discreto de ese apartamento que de repente se había vuelto nuestro territorio secreto.

Dos veces al día era lo normal. Tres no era raro.

Pero el momento que más recuerdo, el que se me quedó grabado con más nitidez, era el de las mañanas antes de salir para la universidad. Yo me levantaba, me duchaba, me vestía, y en ese hueco de tiempo entre el desayuno y salir a coger el bus, la encontraba en la cocina o en el pasillo y bastaba una mirada para saber si había tiempo o no. Si había tiempo, nos íbamos al cuarto de ropas o a cualquier rincón disponible y yo me la follaba rápido pero sabroso, con esa urgencia deliciosa de quien sabe que tiene diez minutos y los quiere aprovechar todos. Si no había tiempo, ella simplemente me llevaba a un rincón, me bajaba el cierre, y me hacía una mamadita rápida que me dejaba tranquilo, relajado y con una sonrisa de oreja a oreja durante todo el trayecto a la universidad. Yo llegaba a clase sereno, concentrado, sin la ansiedad hormonal típica de un man de veinte años, y mis compañeros no sabían por qué yo siempre parecía tan calmado a primera hora de la mañana.

Salía a estudiar con el sabor de sus tetas todavía en la boca.

Porque había algo que fue cambiando con el paso de las semanas y que yo miraba con una mezcla de asombro y deseo puro: el embarazo le estaba transformando el cuerpo de una manera que a mí me tenía completamente loco. El abdomen todavía no se le notaba mucho, pero las tetas, esas tetas que desde la primera noche me habían parecido su mejor secreto, estaban creciendo. Semana a semana se iban poniendo más grandes, más pesadas, más llenas, más redondas. Pasaron de ser unas tetas bonitas y firmes a convertirse en algo que yo no sabía cómo describir en ese momento y que ahora, veinte años después, sigo recordando con una claridad perturbadora.

Eran gordas. Redondas. Calientes al tacto como si tuvieran su propio motor interno. Cuando yo las agarraba con las dos manos sentía su peso y su calor al mismo tiempo, y eso solo ya me ponía duro instantáneamente. El olor era algo que no puedo describir bien con palabras: a mujer joven, a piel caliente, a algo dulce y animal mezclado que me hacía perder la cabeza. Y el sabor de sus pezones, que eran grandes y oscuros y que se ponían duros como dos piedrecitas en el momento en que yo les pasaba la lengua, era algo que yo buscaba con una ansiedad casi enfermiza cada vez que la tenía cerca.

Han pasado veinte años y todavía recuerdo el peso de esas tetas en mis manos. La textura. El calor. El olor. Hay cosas que simplemente no se olvidan.

Y lo que más me gustaba, lo que para mí era el momento cumbre de cada polvo, era cuando la ponía en cuatro patas. Ella apoyada en sus manos, con ese culito respingado apuntando hacia arriba, y yo detrás agarrándole las dos tetas con las manos mientras la penetraba. Sentir su cuca apretada y ardiente envolviéndome mientras tenía esas tetas gordas y calientes colgando en mis palmas, moviéndose al ritmo de cada embestida, era una sensación que yo a mis veinte años no sabía que existía. Me agarraba de ellas como de las riendas de un caballo y le daba hasta que sentía venir el orgasmo lento y profundo, y entonces apretaba más fuerte y me corría adentro de ella con una satisfacción que iba mucho más allá de lo puramente físico.

Porque eso también era parte del juego, correrse adentro sin condón, sin preocupaciones, con la tranquilidad absoluta que da saber que ya está embarazada. Para un man de veinte años que había vivido toda su vida sexual con el terror permanente de un embarazo no deseado, eso era una libertad que yo no había conocido antes y que disfrutaba con una consciencia plena cada vez.

Y esa cuca. Dios mío, esa cuca. Ninguna tenía lo que tenía la prima: una calentura interior que yo nunca había sentido antes ni he vuelto a sentir después. No era el embarazo, porque estuve con otra embarazada tiempo después y no era lo mismo. Era ella. Era su naturaleza. La prima tenía la cuca más ardiente que yo haya conocido en toda mi vida, y eso combinado con lo apretada que era y lo mojada que se ponía hacía que cada vez que la penetraba sintiera que me iba a volver loco.

Y así pasaban los días y las semanas. Yo estudiaba, salía con mis amigos, volvía, y en algún momento encontraba la forma de estar a solas con ella y le daba lo que los dos queríamos. Sin palabras, sin promesas, sin preguntas. Era simplemente carne y piel. Y por el momento, eso me bastaba completamente.

Lo que no sabía es que estaba a punto de llegar algo que iba a cambiar ese equilibrio tan perfecto. Aunque "cambiar" tampoco es la palabra exacta, porque lo que llegó fue lo más bonito que me pasó en esa época. Pero esa es otra historia.

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