Guía Cereza
Publicado hace 6 horas Categoría: Fantasías 8 Vistas
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Todo comenzó como una amistad inesperada. Liz y yo éramos polos opuestos: ella, una chica de dieciocho años recién cumplidos, extrovertida, siempre riendo y bailando con esa energía que iluminaba cualquier habitación. Su rostro infantil, con mejillas sonrosadas y ojos brillantes, engañaba a todos, haciéndola parecer una niña eterna. Pero yo sabía la verdad; por dentro, era una mujer madura, inteligente, con un carácter fuerte que no toleraba tonterías. Se daba a respetar con una mirada o una palabra firme. Yo, en cambio, era reservado, introspectivo, de esos que prefieren observar antes de hablar. Vivía en una ciudad a treinta minutos de la suya, y nos conocimos por casualidad en una reunión familiar. Al principio, éramos solo amigos durante un año entero, compartiendo charlas profundas los fines de semana cuando yo llegaba a casa de mi abuela, justo al lado de la de sus padres. Ella me sacaba de mi caparazón con su charla incesante, y yo la equilibraba con mi calma.

Luego vino el noviazgo, otro año de descubrimientos. Al mes de ser novios formales, todo cambió. Recuerdo esa noche cerca del río, en mi carro viejo estacionado en un terreno baldío. Liz era virgen, y el aire estaba cargado de tensión. La besé despacio, mis manos temblando mientras le quitaba la blusa, revelando sus pechos firmes y suaves bajo la luz de la luna. 'Jei, tengo miedo', susurró ella, su voz infantil contrastando con la madurez en sus ojos. Yo la calmé, besando su cuello, bajando por su vientre hasta llegar a su coño virgen, húmedo y caliente. Le lamí los labios hinchados, saboreando su dulzor inocente, mientras ella gemía bajito, arqueando la espalda en el asiento trasero. Cuando la penetré, fue lento, tenso; su coño apretado me envolvió como un guante caliente, y ella se mordió el labio para no gritar. Lágrimas rodaron por sus mejillas, pero me abrazó fuerte, sus uñas clavándose en mi espalda. 'Te amo', murmuró mientras yo empujaba suave, sintiendo cómo su virginidad se rompía en un calor húmedo que nos unió para siempre. Ese momento fue tierno, vulnerable, el inicio de nuestra pasión desatada.

Después de esa primera vez, ya nada fue igual. El siguiente fin de semana, aprovechamos cualquier oportunidad. Sus padres salían, y en su casa, nos devorámos como animales. La tumbaba en el sofá, le arrancaba las bragas y le metía la polla de un solo golpe en el coño, follando rápido y salvaje mientras ella jadeaba contra mi boca. 'Más fuerte, Jei, no pares', me pedía con esa voz ronca que me volvía loco. Sin miedo, nos arriesgamos en la capilla del terreno de su casa, un lugar sagrado que profanábamos con urgencia. Al atardecer, nos escabullimos al cuarto en construcción al frente, polvoriento y oscuro. Allí, Liz me miró con ojos desafiantes y dijo: 'Puedes cogerme por donde quieras'. Me arrodillé detrás de ella, le abrí las nalgas redondas y le lamí el culo apretado, preparándola con saliva y dedos. Cuando le metí la polla por el culo, fue su regalo, lento al principio, sintiendo cómo su esfínter me succionaba. Ella gimió, empujando hacia atrás, su coño goteando excitación por sus muslos.

La segunda vez que me dejó fallarle el culo fue en el carro, en el asiento del copiloto. La acosté, puse sus pies en mis hombros, doblándose como una pretzel. Empecé lento, pero algo se encendió en mí; la excitación era abrumadora. Le embestí duro, mi polla grueso estirando su culo virgen mientras ella gritaba, su voz grave y entrecortada. '¡Jei, duele... pero no pares!', suplicó, sus ojos llenos de lágrimas y lujuria. Con una mano, até sus muñecas con su propio cabello, inmovilizado, mi peso aplastándola contra el asiento. Ahora libre la mano derecha, le di nalgadas fuertes en cada embestida: palmadas que dejaban mi mano ardiendo y sus nalgas marcadas con huellas rojas, que se extendían en un rojo uniforme en minutos. Sus gemidos retumbaban en el carro, gritos salvajes que cualquiera a metros habría oído, testigos de esa cogida brutal y azotada. Fue glorioso, su culo apretando hasta que exploté dentro de ella, llenándola de semen caliente. Pero después, orgullosa como era, no me dejó repetir; 'Eso fue especial, Jei, no lo arruines', dijo con firmeza, aunque su mirada prometía más locuras.

Poco importó; nuestra rutina se volvió un festín de sexo. Al día mínimo, la follaba tres a cinco veces, sin contar las masturbaciones. En el carro, le ordenaba que se tocara el coño mientras yo conducía, sus dedos hundiéndose en su humedad, gimiendo mi nombre hasta correrse con temblores. En casa de mi abuela o de sus padres, si se daba la oportunidad, le metía la mano bajo la falda discretamente, frotando su clítoris hinchado hasta que se mordía la lengua para no gritar su orgasmo. Los fines de semana eran maratones: viernes llegaba, nos alistábamos y volvíamos a mi ciudad al cine. En la sala oscura, le metía los dedos en el coño mientras veíamos la película, o le pedía que se masturbara, su mano moviéndose frenética bajo mi guía. 'Mírame, Liz, hazlo por mí', le susurraba, y ella obedecía, sus ojos fijos en los míos, el aire cargado de su aroma almizclado.

Vivimos juntos un año después, y nos casamos el 21 de diciembre, cuando la ciudad brillaba con luces navideñas, haciendo nuestro aniversario romántico y mágico. Pero la pasión no se apagó; al contrario, se intensificó. En el río, en el cine, en estacionamientos, iglesias o nuestras casas, nos entregábamos sin importar el lugar. Una vez, en la iglesia durante una misa rápida, le abrí las piernas bajo el banco y le comí el coño en silencio, su jugo empapando mi barbilla mientras ella rezaba entre jadeos. O en el cuarto de visitas de mi abuela, la follaba contra la pared, mi polla golpeando su coño con fuerza, sus tetas rebotando mientras me arañaba la espalda. La excitación era tanta que olvidábamos el mundo; solo existíamos nosotros, sudados, jadeantes, unidos en placer crudo y amor profundo. Y aún hoy, un año después de casados, cada mirada promete más...

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🍒 Pregunta Cereza

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