Guía Cereza
Publicado hace 6 horas Categoría: Fantasías 10 Vistas
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Era viernes por la tarde, y como siempre, el ritual se repetía con una precisión que nos excitaba a ambos. Llegué a casa de mis suegros, el motor del carro aún caliente del trayecto, y allí estaba Liz esperándome en la puerta, radiante bajo la luz del atardecer. Se había vestido tal como le gustaba a mí, siguiendo esas conversaciones íntimas que teníamos después de follar, abrazados y sudados, donde le contaba mis gustos más profundos. Llevaba un vestido de verano ligero, cortito, que apenas le cubría los muslos, con un escote enorme que dejaba ver el valle entre sus tetas firmes. Nada de ropa interior, por supuesto; se lo había pedido una vez, y desde entonces, cuando salíamos solos, obedecía con esa mezcla de orgullo y sumisión que me volvía loco. Su rostro infantil sonreía juguetón, pero sus ojos maduros me decían que estaba lista para complacerme, para entregarse a mis deseos sin reservas.

'Subamos, amor', le dije, abriendo la puerta del copiloto. Ella se acomodó, cruzando las piernas con gracia, el vestido subiéndose lo justo para que viera el brillo de su coño depilado, liso como la seda, tal como le había pedido después de esa primera vez que le comí el coño con vello. 'Estás preciosa, Liz. Justo como me gusta'. Ella se rio bajito, su voz alegre llenando el carro mientras arrancaba.

Apenas salimos del barrio, mi mano derecha dejó el volante y se posó en su rodilla. 'Tócate, nena. Quiero oírte mientras conduzco'. No era una orden dura, pero ella sabía que era lo que necesitaba. Sus dedos bajaron de inmediato, deslizándose bajo el vestido, hundiéndose en su coño ya húmedo. 'Jei... ya estoy mojada solo de verte llegar', murmuró, su voz ronca mientras empezaba a frotar su clítoris hinchado. El carro avanzaba por la carretera, y sus gemidos suaves me distraían deliciosamente, haciendo que mi polla se endureciera contra los pantalones. La veía de reojo: mejillas sonrosadas, labios entreabiertos, mordiéndose el inferior para contener los jadeos. Sus dedos se movían más rápido, metiéndose y saliendo de su coño con un sonido chapoteando que llenaba el aire. 'Más fuerte, amor. Haz que te corras antes del cine'. Ella obedeció, arqueando la espalda contra el asiento, sus tetas subiendo y bajando con cada respiración agitada. '¡Ah, Jei... me encanta cuando me lo pides así!', gimió, y pronto su cuerpo se tensó, un orgasmo rápido la sacudió, sus jugos empapando sus dedos mientras jadeaba mi nombre.

Llegamos al cine con ella aún temblando, el aroma de su excitación flotando en el carro como un perfume prohibido. Compramos boletos para una película cualquiera; no importaba la trama, solo la oscuridad de la sala. Nos sentamos en la parte de atrás, casi solos al principio, y mi mano no tardó en subir por su muslo desnudo. 'Abre las piernas, Liz', susurré, y ella lo hizo, el vestido arremangado hasta la cintura. Mis dedos encontraron su coño resbaladizo, frotando los labios hinchados y metiéndose dentro, sintiendo cómo palpitaba aún por el orgasmo anterior. Ella se mordió el labio fuerte, conteniendo un gemido cuando introduje dos dedos y empecé a bombear, mi pulgar en su clítoris. La película empezó, pero nosotros estábamos en nuestro propio mundo: sus caderas se movían contra mi mano, sus ojos fijos en la pantalla para disimular, pero su respiración entrecortada la delataba. 'No pares... me vas a hacer correrme aquí', susurró, tapándose la boca con la otra mano cuando un gemido se le escapó. Alrededor, unas pocas personas, pero el riesgo nos encendía más; la veía morderse el labio hasta casi sangrar, su coño apretándome los dedos en un segundo orgasmo silencioso, jugos chorreando por mi palma.

Salimos del cine con ella caminando inestable, riendo nerviosa mientras nos dirigíamos al carro. 'Eres un demonio, Jei. Me dejas hecha un desastre'. La besé contra la puerta del vehículo, mi polla dura presionando su vientre. 'Aún no hemos terminado, amor. Vamos a casa, pero primero...'. Giré el carro hacia el camino de terracería que conocíamos tan bien, ese sendero polvoriento entre árboles que nos ocultaba lo justo. Estacioné entre los troncos, el motor apagado dejando solo el sonido de nuestras respiraciones. 'Bájate los tirantes', le ordené, y ella lo hizo, dejando sus tetas al aire fresco de la noche. La saqué del carro y la apoyé contra el capó caliente, levantándose el vestido para exponer su culo redondo. 'Fóllame, Jei. Rápido, como siempre'. Le abrí las nalgas y le metí la polla en el coño de un empujón, sintiendo cómo me succionaba ansiosa. La embestía duro, mis caderas chocando contra su carne, sus gemidos retumbando en la quietud. Cambiamos posiciones: ella encima en el asiento trasero, cabalgando con furia, sus tetas rebotando; luego de lado, mi mano en su clítoris mientras la penetraba profundo. '¡Sí, así! Más fuerte!', gritaba, olvidando el mundo.

Recordé esas noches tempranas en este mismo lugar, cuando los policías nos sorprendían. La primera vez, estábamos desnudos en pleno descontrol, mi polla enterrada en su coño mientras ella gemía alto, y de repente, luces de patrulla iluminaron el carro. '¡Salgan con las manos arriba!', gritaron. Nos vestimos a toda prisa, riendo nerviosos, y al mostrar mi licencia, el oficial reconoció que era sobrino del comandante. 'Mucho cuidado, jovenes', nos dijeron, pero no nos multaron. Pasó un par de veces más: una iniciando el polvo, otra con Liz chupando la polla en el asiento. Siempre lo mismo: luces, revisión, y se iban con una advertencia. Después de un mes, solo veíamos la patrulla pasar de largo, reconociendo mi carro. Eso no nos detuvo; al contrario, el miedo se convirtió en adrenalina, follando con más urgencia, sus gritos más salvajes sabiendo que podrían volver.

Una noche, después de una cogida así, abrazados en el asiento, le conté más de mis morbos. 'Me excita verte tocarte, Liz. Tus gestos, tus gemidos... es morboso'. Ella me miró curiosa: '¿Por qué?'. 'Porque es como verte entregarte solo para mí, en público o no'. Le pedí que me platicara sus experiencias cachondas, y ella, con esa madurez suya, confesó: toqueteo con ex novios, manos dentro de su ropa metiendo dedos en su coño; y esa vez con el amigo de un chico, en una casa jugando cartas, cuando su prima se fue a un cuarto y él la besó, manoseándola entera hasta que ella huyó asustada. 'Me excita oírlo, amor. Y verte vestida provocativa, que te miren'. Le dije que tirara sus calzones, que usara tangas diminutas con familia, pero nada con nosotros solos: faldas rabonas, escotes profundos. 'Me pone la polla dura imaginarte sin bragas, expuesta'. Ella sonrió, orgullosa: 'Lo hago por ti, Jei. Pero solo porque me encanta sentirte así de excitado'. Y mientras hablábamos, mi mano bajaba de nuevo a su coño, prometiendo que la noche apenas empezaba...

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🍒 Pregunta Cereza

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