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No recuerdo la primera vez que me masturbé, por qué sé que lo he hecho tan constantemente durante toda la vida. Así que he tenido tanto tiempo y ocasiones para experimentar.
La manera que siempre usaba y uso para liberarme era frotandome contra distintas superficies; en la esquina del colchón de mi cama o con una almohada entre las piernas. No hay mejor sensación que dejar que mi vulva y caderas decidan el ritmo, dejar que mi ropa interior se empape por completo y moverme como un animal en celo hasta que alcance el orgasmo, que siempre es tan delicioso, fuerte y satisfactorio.
Mis mejores orgasmos siempre han sido de esta forma, me sentía extraña y rara por tocarme así y no como lo muestran en el porno o en el imaginario que se tiene sobre la masturbación femenina. Así que entre varias búsquedas en internet, descubrí que era muy común, que hay mujeres que se masturban y frotan contra tantas superficies que no son convencionales y el ver tantas opciones solo alimento mis ganas de experimentar.
Así que probé con las esquinas de las mesas, una de esas ocasiones fue en el baño de mi casa, frotándome contra la esquina de la mesa del lavamanos, la sensación era tan fuerte que me miraba a mi misma en el espejo, gimiendo, rodando los ojos y sosteniendome de dónde podía mientras mi cuerpo se liberaba y llegaba a su placer máximo. Recuerdo el temblor en las piernas, mi rostro sonrojado y como trataba de recuperar mi respiración mientras daba un paso atrás y sentía mi ropa interior completamente mojada, goteando sobre la mesa y escurriendo entre mis piernas.
Luego me metí a la ducha para relajarme de tal intenso momento. Es algo que aún hago, además de frotarme contra uno de los brazos del sofá o en la silla del escritorio de mi habitación. No hay mejor momento que ese, entre mi cuerpo, la superficie que haya elegido y yo.






