Guía Cereza
Publicado hace 6 horas Categoría: Bisexuales 23 Vistas
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El sol de Cali aún ardía en el asfalto cuando el reloj marcó las 11am de la mañana del jueves 7 de mayo, 2026, Para mí, un hombre de 52 años, ese jueves prometía ser diferente. Mi esposa, ajena a mis pequeñas fantasías, mientras yo me deleitaba en la discreción de unas tangas de seda, un placer solitario que me transportaba lejos de la rutina. La cita con Carmen, mi amiga de 62 años, se había esfumado. Me dejó plantado, dejándome con la miel en los labios y el deseo insatisfecho de un encuentro íntimo y oral, algo a lo que ella me invita para que disfruta de su rica y jugosa vagina.

La frustración me impulsó hacia el centro de Cali, buscando consuelo en los rincones más oscuros. Los cines XXX del sótano, con su aire viciado y su promesa de transgresión, me atrajeron como un imán. En la penumbra, entre las siluetas de unas quince personas, observé un espectáculo inesperado: dos hombres se besaban apasionadamente, sus manos entrelazadas en un juego íntimo. Yo, un voyeur accidental, sentía cómo la excitación me recorría.

Me acomodé en una butaca, dispuesto a perderme en las pantallas que proyectaban imágenes explícitas. A mi lado, una pareja gay compartía besos intensos y caricias a la vista de todos, ajenos al resto del mundo. La atmósfera era densa, cargada de deseo latente. Entonces, un señor mayor se sentó a mi lado. Sentí su pierna rozando la mía, un contacto deliberado que me hizo contener la respiración. Me quedé inmóvil, una mezcla de sorpresa y creciente anhelo.

Sus dedos, cálidos y firmes, acariciaron mi pierna por encima de la sudadera. Susurró una pregunta al oído: "¿Quieres chupar o que te chupe?". Mi voz se negó a salir, pero mi cuerpo respondía con una urgencia cada vez mayor. Mi placer residía en dar, en chupar. Sus caricias se volvieron más audaces, explorando mi trasero. Allí, bajo la tela, descubrió las tangas. "Qué rico", murmuró, su voz ronca de excitación. "¿Quieres ir a un cuarto?".

Hasta ese momento, había sido un espectador mudo, un observador pasivo de mis propios deseos. Pero algo en su mirada, en su audacia, me impulsó a ceder. Tomó mi mano y la guió hacia su entrepierna. Ante mis ojos, su pene se reveló, erecto y vibrante. Era un hombre agradable, y su miembro, sorprendentemente, me pareció atractivo. Fingí reticencia, pero mis manos obedecieron a mi instinto. Lo agarré, lo acaricié, mi excitación alcanzando niveles insospechados. Él, al verme actuar, exclamó: "Qué rico".

A pesar de la presencia de la pareja gay y la curiosidad potencial de otros, nos movimos hacia una cabina pequeña. Él me hizo señas, y yo, vencido por la "arrechera", lo seguí. Hacía tiempo que anhelaba probar un pene, mi experiencia limitada a la de mi esposa y sus dedos. Esta era mi oportunidad.

La puerta se cerró, y él se pegó a mí. Se desnudó, revelando un cuerpo atlético y un pene en plena erección. Me quitó la camiseta, me besó los pezones y me bajó los pantalones. Con una nalga, me golpeó suavemente: "Qué rica estás, puta. Se te ven lindas las tangas". Luego, la pregunta que sellaría mi destino esa noche: "¿Quieres que te penetre?". Dije que sí.

Se puso el condón con una destreza que me aceleró el pulso. "¿Quieres chupar?", preguntó. Obediente, me arrodillé y le di placer. "Qué rico, chupa puta", jadeó. Era la tercera vez que disfrutaba de un pene, pero la intensidad era abrumadora.

Me puse de pie y me indicó que me girara. Aplicó lubricante y me susurró: "Tranquila, yo te hago suave". Me incliné sobre una silla, ofreciéndole mi entrada. Al principio, la penetración fue dolorosa, pero él me guió con paciencia. "Relájate", insistió, y poco a poco, el dolor se transformó en un placer intenso. Mi cuerpo se arqueó, mi trasero apretado y vibrante. "Qué rico culo apretadito", exclamó. "Así es como se le da a una mujer, para que veas cómo se siente".

En ese momento, era suyo. Me invitó a masturbarme, pero no quería llegar al clímax tan rápido. Quería saborear cada instante de esa experiencia, de ese pene. Me trataba como a su puta, y yo me dejaba llevar. La excitación era tal que la banca sobre la que me apoyaba golpeaba contra la pared de triplex de la cabina, abriéndola ligeramente. El aire frío entró, trayendo consigo una brisa refrescante. "De pronto entra alguien", advirtió. "Si es celoso, ¿no le gusta compartir?".

De repente, la puerta se abrió por completo. Un hombre se asomó, sacó su pene y comenzó a masturbarse. Luego llegó otro, y otro más. Uno de ellos observó la escena, yo en cuatro, mientras el hombre que me penetraba continuaba con un ritmo vigoroso. La excitación me embargaba, la vergüenza desvanecida. Me sentía como una puta barata, mi anheló cumplido.

Otro hombre agradable se acercó, ofreciéndome su pene. Inicialmente, me resistí, pero el que me penetraba me animó: "Chúpate lo, puta, disfruta". Me hizo tragar ese miembro, y la escena se transformó en una fantasía de porno hecha realidad. El hombre que me penetraba se acercó al nuevo y preguntó si quería cogerme. Yo no estaba preparado para dos. Me negaron, y me dijeron que para tener buen culo, necesitaba compartir.

El hombre que me penetraba no aguantó más y se corrió, retirándose a un lado. Me levanté, moviéndome sobre el otro pene, disfrutando de la intensidad. Ya solos, lo empujé contra la pared, sintiendo la fricción, el placer. Me masturbé, vine dentro de mí, con ese pene aún dentro. El dolor había desaparecido, reemplazado por una profunda satisfacción. Anhelaba repetir la experiencia, pero con mejores condiciones y un hombre de confianza que quisiera explorar mi "culito de putica".

Al terminar, se despidió con una nalgada. Me vestí, me lavé y salí a la calle, sintiéndome renovado. La vergüenza del inicio se había disipado. En esos cines, entendí, no juzgan, solo disfrutan.

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🍒 Pregunta Cereza

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