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Soy un hombre de 52 años, casado, con un gusto particular por usar ropa interior femenina. El pasado jueves 7 de mayo, mi tarde tomó un rumbo inesperado cuando una amiga de 62 años, con quien suelo tener encuentros, de sexo oral me gusta chuparle el gallito canoso y sabroso pues me dejó plantado. Ante la frustración de no poder concretar ese encuentro, decidí ir al centro de Cali, específicamente a los cines para adultos del sótano.
Al entrar, había unas 15 personas. El ambiente estaba cargado de erotismo: a un lado, dos hombres se besaban; cerca de donde me senté, una pareja se masturbaba apasionadamente a la vista de todos. Yo observaba como voyeur, sintiendo cómo crecía mi excitación.
Pronto, un señor se sentó a mi lado y empezó a rozar su pierna con la mía. Me quedé quieto, permitiendo el contacto. Luego puso su mano sobre mi pierna y comenzó a sobarme por encima de la sudadera. Me preguntó si quería chupar o que me chuparan; aunque no dije nada, mi deseo de explorar era evidente.
Cuando me tocó por detrás, notó que llevaba puestas mis tangas de mujer. "Qué rico", me susurró, invitándome a una cabina privada. Aunque siempre había sido un hombre reservado y hasta ese momento no había pasado de juegos con mi mujer o experiencias mínimas, la curiosidad y la "arrechera" me ganaron.
Al entrar y cerrar la puerta, él se desnudó; era un tipo atlético y ya estaba listo. Me quitó la camiseta, me besó y, al bajarme el pantalón, se deleitó con mi ropa interior. "Qué rica estás, puta, se te ven lindas las tangas", me decía mientras me nalgueaba. Me ofreció penetrarme y yo, sintiéndome más audaz que nunca, acepté.
Me arrodillé para prepararlo y luego, tras aplicar lubricante, me dispuse a recibirlo. Aunque sentí dolor al principio, le pedí que fuera suave. Él me tranquilizaba llamándome "tranquila", lo que alimentaba mi fantasía. Poco a poco, el dolor se transformó en un placer intenso. Me sentía como su "puta", disfrutando de cada movimiento.
La intensidad fue tal que, con el movimiento, la puerta de la cabina se entreabrió. No me importó. Al contrario, la situación se volvió más pública:
- Apareció un primer mirón que comenzó a masturbarse frente a nosotros.
- Luego llegó otro hombre que, al verme en cuatro, se acercó y me ofreció su pene.
- Animado por quien me penetraba, terminé practicándole sexo oral al recién llegado mientras seguía siendo poseído por el primero. Era una escena digna de una película porno, una fantasía cumplida.
A pesar de que me propusieron un trío formal (un "menage"), sentí que no estaba preparado para tanto en ese momento. Quien me penetraba llegó a su clímax fuera de mí, pero yo no quería detenerme. Me moví sobre él, aprovechando los últimos minutos, hasta que yo también me vine con el pene aún adentro. La sensación fue placentera y superior a cualquier cosa que hubiera probado antes.
Al terminar, me vestí y salí del lugar con una mezcla de pena y satisfacción. Me di cuenta de que en ese submundo nadie juzga; todos están ahí para disfrutar. Ahora, solo me queda el deseo de repetir la experiencia, quizás en mejores condiciones, con alguien de confianza que quiera disfrutar de este lado mío que acabo de descubrir por completo. me escriben mail -pcardona@yahoo.com






