Compartir en:
Sucedió en la fila de aquella cafetería que ambos frecuentamos. Había mucha gente, el ruido de las máquinas de café y el murmullo de conversaciones triviales llenaban el aire. Yo estaba de espaladas, sintiendo su presencia unos pasos detrás de mí; reconocía su olor, esa mezcla de cuero y madera que me hacía cerrar los ojos en mis fantasías.
De pronto, mi teléfono vibró en mi mano. Un mensaje suyo: << llevas la misma camisa que el chico que está frente a mí. Me gusta cómo te queda, pero me gustaría más quitártela>>. Se me heló la sangre. Él esta allí, mirándome, y finalmente había conectado los cabos. Lentamente, me di la vuelta.
Él no se escondió. Me sostuvo la mirada con una intensidad que me hizo flaquear las piernas. Había un sonrisa mínima, casi imperceptible, en la comisura de sus labios; una mirada de triunfo, de quien acaba de cazar a su presa favorita. A los ojos de los demás, éramos dos hombres esperando su turno, dos desconocidos que coincidían en un local. Pero entre nosotros, el aire estaba saturado de una verdad eléctrica.
Él dio un paso al frente, acortando la distancia permitida entre extraños. Pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
--Es un gusto ponerle rostro a tantas palabras-- dijo en voz baja, con ese tono profundo que solo yo sabía lo que era capaz de pedir en la intimidad.
El miedo a que su hogar se viniera abajo seguía ahí, pero al verlo tan decidido, tan seguro de que el riesgo valía la pena, mi resistencia se desintegró. Ya no era solo atracción; era el hambre de se pacto de "hermanitos de leche", la urgencia de compartir lo que él guardaba bajo esa fachada de hombre de familia.
--El gusto es mío--respondí, sosteniéndole el desafío--. Pero aquí hay demasiada gente..
--Entonces sígueme--sentenció él, dándose la vuelta sin mirar atrás, sabiendo perfectamente que, tras mese de huir, yo no tenía más opción que ir tras él.






